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Esther Alonso

Ser o Tener

Esther Alonso


Símbolos

01/12/2021

Si tuviera que elegir un símbolo que definiera el fenómeno económico de la globalización, sería uno de esos enormes contenedores marítimos de acero que se apilan en los grandes cargueros mercantes que parten desde Asia hacia los puertos de Europa y Estados Unidos, o aquellos otros que esperan su vuelta en los corazones logísticos de las miles de plataformas del interior de ambos continentes, ya sea en Aragón o en Illinois.

El tamaño de los buques de las cadenas de suministro que dominan el transporte marítimo mundial ha ido creciendo al ritmo que lo hace el hambre de productos made in de fuera, hasta tal punto que una nave grande puede transportar hasta 24.000 contenedores de medidas estándar. De hecho, los barcos ya se construyen tan grandes que amenazan las propias infraestructuras marítimas, que no son capaces de adaptarse tan rápido al crecimiento del tráfico de mercancías mundial, como puso de manifiesto el accidente del Ever Given del pasado mes de marzo en el canal de Suez.

La imagen de uno de esos gigantescos barcos repleto de cajas de acero de colores gastados maniobrando en los puertos más importantes del mundo es tan frecuente que hasta cuando las dispara con su cámara un buen fotógrafo, parecen cargados de belleza. 

Si tuviera que elegir un símbolo que definiera el fenómeno social de la globalización, sería una de esas pequeñas embarcaciones recreativas que puede comprarse por unos 300 euros en alguna gran superficie especializada en deportes de aventura, cargadas de personas que han ido soltando el lastre de enfermos o fallecidos durante la travesía, para poder alcanzar las costas de Europa y América.

El tamaño de las pateras de las mafias que operan en los principales corredores marítimos por los que huir del hambre y la violencia no se ha hecho más grande con el aumento de la migración, aunque sí ha crecido el hambre del número de seres humanos que transportan.

La imagen de una de esas pequeñas embarcaciones navegando en la oscuridad, con decenas de ojos cansados intentando divisar la costa, se ha hecho tan habitual que hasta cuando un mal fotógrafo las captura con su objetivo, se advierte que están cargadas de desgracia.