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Siempre en la memoria

ANGÉLICA GONZÁLEZ
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La comunidad marista recuerda en la Catedral a los cuatro misioneros asesinados hace 25 años en el Congo, los burgaleses Miguel Ángel Isla, Fernando de la Fuente y Servando Mayor y el vallisoletano Julio Rodríguez

En esta imagen, que es un símbolo para la comunidad marista, aparecen juntos, de izquierda a derecha, Miguel Ángel Isla, Julio Rodríguez, Fernando de la Fuente y Servando Mayor.

Fue un genocidio que espantó al mundo. Las aberraciones cometidas en la guerra de Ruanda han pasado a la historia como uno de los episodios más indignos de la humanidad y, a pesar de haber ocurrido a miles de kilómetros, en la provincia de Burgos siempre se considerará como algo cercano. Porque entre las miles de víctimas de aquel terror que se alargó en el tiempo y sobrepasó las fronteras de aquel país se encuentran tres paisanos: los maristas Miguel Ángel Isla, natural de Villalaín; Fernando de la Fuente, de Burgos capital, y Servando Mayor, de Hornillos del Camino, que no dudaron ni un segundo cuando desde Roma, la Administración General de su orden pidió voluntarios para gestionar una comunidad en el campo de refugiados de Nyamirangwe, en Bugabe (entonces, Zaire; hoy, República Democrática del Congo) al que llegaban miles de personas huyendo de Ruanda a pesar de que allí también se estaba gestando una guerra civil. Los tres fueron asesinados a sangre fría el 31 de octubre de 1996 junto con el vallisoletano Julio Rodríguez y este domingo se les rindió un homenaje con una misa en la capilla de Santa Tecla de la Catedral.

Se trató de un acto organizado por la familia de Miguel Ángel Isla al que acudieron los responsables de las provincias maristas de Compostela, Tomás Briongos, y Mediterránea, Juan Carlos Fuertes. «En este 25 aniversario honramos su memoria y nos acordamos de todas las víctimas de la guerra y la sinrazón», expresaba la comunidad marista en una nota que incluía la reflexión del hermano José María Ferre, que fue el portavoz ante los medios en 1996: «El martirio de nuestros cuatro hermanos es un grito de paz, de compasión, de solidaridad y de fraternidad ante la violencia, la discriminación y el odio que siguen vivos en nuestro mundo». 

También  Ernesto Sánchez Barba, superior general, tuvo unas palabras de recuerdo: «Son hermanos dignos de nuestra admiración y entran en la categoría de los grandes modelos maristas, haciendo parte de tantos otros hermanos que amaron hasta el final en los cinco continentes. Nos asombra y admiramos su fe, esperanza y caridad, su compromiso, su disponibilidad a dejar la comodidad y la seguridad para ser una presencia marista entre un grupo aislado y frágil como lo era ese gran grupo de desplazados».

Agustín Isla -hermano de Miguel Ángel y también marista, ejerce la docencia en Argentina, desde donde ha llegado para esta celebración- recuerda el tesón, producto de su fe, con el que los cuatro quisieron acudir a aquel avispero solo pensando en ayudar a aquellos miles de personas que vivían en condiciones inafrahumanas. Y también su perfil intelectual, que era de hondo calado: «Mi hermano fue un gran estudiante y luego un magnífico profesor; Fernando, un poeta de primer nivel, muy reconocido en Chile, donde pasó buena parte de su vida, y Servando, un experto en lingüística inglesa». En la celebración de hoy se los va a recordar, indicó, «entre la admiración, la alegría y el orgullo por la labor que hicieron». 
Micianos hutus. Fueron unos milicianos hutus los que acabaron a sangre fría con la vida de los maristas, a los que llevaban acosando varios días. Pero los religiosos, en ningún momento, tal y como recordaron después sus familias, dudaron de que su sitio era aquel, junto a tanta gente que lo había perdido todo.

Miguel Ángel Isla le dijo a uno de sus hermanos, preocupado por la situación, que no tenía ningún miedo, que estaba allí por Dios y que, desde luego, no iba a abandonar a aquellas personas a las que había acompañado hasta entonces. Servando Mayor había escrito a los suyos en términos similares días antes de su asesinato: «Es muy duro contemplar todo lo que aquí se ve, pero os aseguro que se siente tanta satisfacción de ver que la gente aprecia tantísimo tu presencia, que no cambiaría este trabajo por ningún otro. Lo que hace falta es que se preocupen porque acaben estas situaciones».

Y justo un día antes de la masacre había contestado a unas preguntas en la Cadena Cope: «Lo que está pasando es demasiado grave. A todos los refugiados de esta región que han abandonado los campos, se está juntando en este momento toda la población de Bukavu, que son otras 500.000 personas que están pasando por delante de nosotros ahora mismo sin saber dónde van por miedo a los ataques».

La primera noticia de su asesinato llegó el 8 de noviembre y no completa. Habían hallado los cadáveres de Isla y Mayor y a De la Fuente se le daba aún por desaparecido, aunque apenas cinco días después los Maristas confirmarían su muerte y la del vallisoletano Julio Rodríguez.

Ante tal ola de violencia, varias religiosas burgalesa de la zona fueron repatriadas. Juliana Garrido, Carmen Santamaría y Milagros Martín Cuesta, todas ellas de la orden de San José de Gerona y trabajadoras de un centro de salud en Rubare (Congo), llegaron a España el domingo 11 de noviembre. Pero hubo quien decidió quedarse: Presentación López Vivar. Y allí siguió hasta que en 2008 su casa voló por los aires por efecto de una bomba que le amputó las dos piernas.