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Testigo de la Historia

Angélica González / Burgos
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El franciscano burgalés Luis Valeriano Arroyo participó en el Concilio Vaticano IIcomo vicario de Requena (Perú) y conoció al recientemente canonizado Juan XXIII

Luis Valeriano Arroyo, con Juan XXIII, en los tiempos del inicio del Concilio Vaticano II. - Foto: Archivo Familiar

 
Desde que se puso fecha a la canonización de Juan XXIII, ocurrida el pasado domingo, ha sido raro el día en el que algún medio de comunicación no se haya referido a uno de los hechos que marcaron el pontificado del llamado ‘papa bueno’. Fue él el encargado de convocar el Concilio Vaticano II que supuso una auténtica puesta al día -el famoso aggiornamiento- de la Iglesia Católica y aún hoy, después de 52 años, son muchas las voces que reivindican el espíritu de lo que representó.  
En aquellos días en los que los católicos estaban igual de agitados que la década prodigiosa en la que vivían, un burgalés, natural de Jaramillo Quemado, tuvo la oportunidad de ser testigo de primera mano de los trabajos que se estaban llevando a cabo para que aquel inmenso cambio se operara. Luis Valeriano Arroyo, religioso franciscano, asistió a todas sus sesiones en calidad de padre conciliar debido a que ya entonces había sido nombrado vicario apostólico de Requena (Perú) pues en aquel país latinoamericano desarrolló toda su carrera. Además, encontró la ocasión de fotografiarse con el ahora santo Juan XXIII y, aunque no queda testimonio gráfico, compartió las jornadas con el otro santo, Juan Pablo II, que en los sesenta era aún cardenal.
Todos estos recuerdos ha querido compartirlos con motivo de la santificación de estos dos grandes hombres de Iglesia, la abogada burgalesa Eva María Santa Olalla, a la que le unía una relación familiar (su abuelo era primo hermano del franciscano) y emocional de primera magnitud con Luis Valeriano Arroyo. Son muchos los recuerdos que atesora de él y asegura que para su familia fue «un inimitable ejemplo de vida y un impagable testigo de fe».
También resalta su trayectoria intelectual con obras como Comisarios generales de Indias, Los franciscanos y la fundación de Chiclayo o La Recoleta de Arequipa y con cargos como el de miembro de la Academia de Historia Americana de Washington o de la Academia Mariana Pontificia Internacional de Roma. Arroyo desempeñó, fundamentalmente en Perú pero también en Colombia y en Bolivia, puestos de responsabilidad.
«Monseñor Luis Valeriano Arroyo -recuerda Santa Olalla- irradiaba bondad y ternura y siempre quiso estar cerca de los pobres y se definía como franciscano y misionero, que es lo que fue».