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"El suicidio se puede prevenir y se hace hablando de vida"

ANGÉLICA GONZÁLEZ
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ENTREVISTA | Jesús Sánchez, psicólogo clínico del Hospital Universitario de Burgos, ha formado parte del grupo de profesionales que han elaborado la Estrategia de Prevención de la Conducta Suicida en Castilla y León

Jesús Sánchez es psicólogo clínico en el Hospital Universitario de Burgos. - Foto: Valdivielso

El pasado mes de diciembre, las consejerías de Educación, Familia y Sanidad presentaron la Estrategia de Prevención de la Conducta Suicida en Castilla y León, un documento que incluye cinco grandes líneas de acción y hasta 71 medidas concretas -tanto para la población general como para los grupos de mayor riesgo- para llevar a cabo hasta 2025. Detrás de este documento se encuentra el trabajo de varios años de un grupo de profesionales entre los que se encuentra el psicólogo clínico del Hospital Universitario de Burgos Jesús Sánchez, que ya había participado en la redacción de un documento anterior que puso más el énfasis en la labor de los profesionales para la detección del riesgo y la coordinación, el denominado Proceso de Prevención y Atención de la Conducta Suicida.

El suicidio es un problema de salud pública que se lleva la vida de unas 30 personas en Burgos todos los años (cifra que multiplica varias veces los fallecidos por accidente de tráfico) pero del que no se habla. Sánchez apuesta por hacerlo pero con garantías y por estudiar el problema de forma minuciosa para abordarlo de la mejor manera porque está convencido de que ese número "se debe y se puede reducir".

¿Cuál es la razón por la que hace un par de años se ve la necesidad de que un grupo de profesionales se ponga a trabajar en una estrategia contra el suicidio?

En 2017 se publica el proceso de prevención y actuación frente a la conducta suicida en el que estuvimos trabajando desde dos años antes. La intención era mejorar, desde el punto de vista sanitario y casi exclusivamente desde el ámbito de la salud mental, aunque también se hablaba de urgencias, nuestra actuación profesional. Ahí se indicaron pautas para que los tiempos de atención fueran más eficaces, entre otras cosas. Un par de años después desde la Consejería de Sanidad se formó un grupo para diseñar la Estrategia que se ha presentado ahora con parte de los profesionales que estuvimos implicados en el anterior trabajo más gente de otros sectores como educación, servicios sociales o emergencias.

¿Qué importancia tiene que se hayan incorporado profesionales de otros ámbitos?

Si hablamos de prevención, que creo que es lo prioritario, hay que hablar de todos los ámbitos y sectores, ya que mucho antes de que una persona llegue a urgencias ha estado un policía en su casa o tiene una determinada problemática social por la que va a algún centro o está en el colegio...

¿A quién va dirigida esta Estrategia de forma concreta?

Tiene diferentes niveles. Incluye una prevención universal, destinada a la población general; otra, selectiva, que habla más de grupos específicos y que tiene que ver con la edad o los aspectos socioeconómicos que se entiende que pueden hacer que una persona tenga una mayor vulnerabilidad, y la prevención indicada, que va a valorar de forma individual a las personas con ciertos rasgos muy claros de riesgo de suicidio como ciertas enfermedades mentales o que hayan tenido intentos de suicidio previos, que es uno de los mayores indicadores. Por otro lado, incluye otros aspectos que me parecen importantísimos: la vigilancia epidemiológica y la investigación, porque no acabamos de tener datos reales, quizás sí de las personas fallecidas pero no de los intentos que acaban viniendo al hospital. En este sentido, quizás podemos intuir nosotros aquí en las consultas que detrás de alguna situación como un accidente de tráfico ha podido haber un intento de suicidio pero no hay datos reales y sin datos reales no se puede actuar. Finalmente, es imprescindible la formación: a los periodistas, a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, a los bomberos, al profesorado...

¿Qué franjas de edad de la población les preocupan más?

En los hombres, entre los 50 y los 60 años. Aunque después de la pandemia, que a nivel global se intuye que ha incrementado los datos, la preocupación se está centrando en la adolescencia. Por eso es tan importante que este problema se ponga cuanto antes sobre la mesa en el ámbito educativo.

¿Por qué los adolescentes estarían en el punto de mira? ¿Son más vulnerables por la propia realidad que rodea a esa edad?

Hablar de porqués en este tema es complicado porque es tremendamente multifactorial. Es verdad que la adolescencia tiene unas características específicas como un mayor vínculo con el grupo social o de iguales y una vida más intensa en todos los ámbitos y la pandemia ha cortado todo eso y los mecanismos de frustración y de malestar emocional se han agrandado.

Entiendo que después de la pandemia esperen que las cifras se muevan en ese sentido. Pero ha citado a los varones entre 50 y 60 años. ¿Qué tiene este grupo, que preocupa a los profesionales?

Insisto en que no es sencillo pero se pueden ver cómo empiezan a veces las limitaciones en la salud y, no pretendo ser irónico, pero las crisis de los 40 quizás se hayan retrasado por la evolución social, económica y tecnológica que nos rodea. Si antes el punto de inflexión vital uno lo vivía con 40 ahora se retrasa porque tenemos una calidad de vida mucho mayor. Son crisis de identidad, situaciones en las que uno empieza a pensar que quizás lo tiene todo pero no tiene nada y le puede acompañar un sentimiento de vacío y de sufrimiento que puede precipitar un suicidio.

En 2020 las cifras de suicidios en Burgos no se movieron con respecto a años anteriores. ¿A qué cree que pudo deberse?

Es una impresión personal: cuando vivimos una situación tensa y con un estresor muy intenso y duradero como está siendo la pandemia, el afrontamiento inicial es mucho más adaptativo de lo que creemos y para ese sopetón que nos descoloca tenemos herramientas. El problema emocional lo da la cronicidad, no la intensidad, es decir, que no fue tanto cuando nos encerraron en los primeros meses como ahora, cuando parece que esto no termina nunca.

Los profesionales sanitarios están especialmente cansados y tensionados. ¿Temen por los suicidios en este colectivo? El verano pasado lo hicieron, al menos que trascendiera, dos médicos residentes.

Preocupa y aquí lo vemos entre el personal que se ha enfrentado directamente a la covid, que ha tenido altos y bajos, pero digo lo mismo, el problema es la cronicidad, que estamos en la sexta ola y parece que esto no se acaba nunca. Ante esta expectativa de todo puede volver -no digo como al principio pero sí con una situación que vuelva a ser estresante- la gente vuelve a estar desbordada y se quejan de ese malestar.

¿Vienen a verle mucho?

Sí, sí vienen, la demanda es permanente en el tiempo.

¿Siempre hay una enfermedad mental detrás de un suicidio?

No tiene por qué. Es verdad que está asociado con algunas de ellas, principalmente las más graves, pero hay muchos casos en los que las personas que se suicidan nunca han tenido una enfermedad mental ni existe ningún indicador de que pueda estar pasando algo.

¿Se dan casos en el que el entorno puede no tener ninguna pista de lo que está ocurriendo dentro de una persona que se suicida?

A veces ocurre y esto nos indica dos cosas: que le puede pasar a cualquiera y que es una realidad en la que todos debemos incidir y sacar a la luz porque es algo que se puede prevenir, sobre lo que se puede intervenir y en lo que todos debemos implicarnos para reducir la prevalencia, que es el objeto de esta Estrategia.

¿Por qué el suicidio soporta aún ese tabú tan enorme?

No lo sé pero lo soporta y es muy grande. Se ve, sobre todo, en la intervención que se hace a posteriori con la familia de alguien que se quita la vida, es como un estigma, una lacra que no se ve ni parecida a cuando un hijo fallece, por ejemplo, por un accidente de tráfico. Creo que tiene una parte cultural vinculada a cosas como que hasta hace bien poco a los suicidas no se les enterraba en el cementerio y ese es otro motivo más para que nos volquemos extraordinariamente en hablar de ello, en investigarlo de forma científica como el problema de salud pública que es.

Esto no será nada bueno para los supervivientes...

En absoluto. Les añade más dolor aún, más culpa... Sienten que si ha habido un problema emocional en la persona que se ha quitado la vida y no lo han detectado, la responsabilidad es totalmente suya y que si ha ocurrido es que no han visto algún indicador al que deberían haber estado atentos pero hay que decir que muchas veces los indicadores se ocultan por parte de la persona.

¿El suicidio es un problema más masculino que femenino?

Con una proporción de uno a tres. Pero existe una paradoja basada en el sexo porque la realidad nos indica que aunque haya más varones que se suicidan son más las mujeres que lo intentan. Un intento de suicidio nunca es una llamada de atención siempre es una realidad que hay que tratar. Es verdad que los métodos de esa intención autolítica en los hombres son a veces más contundentes y agresivos, por lo que lo consiguen más veces mientras que las mujeres suelen optar por intoxicaciones medicamentosas que tienen más posibilidades de reversión, es decir, de encontrar a esa persona y buscar una solución.

¿Se va a trabajar, entonces, con perspectiva de género?

Pues sí y no. Porque esto es un problema universal y global y hay que intervenir sobre todas las personas pero, por otro, sí, porque en las mujeres hay que prevenir esa intención y esa conducta mayoritaria de intento de suicidio y en los hombres, hay que trabajar para reducir esa contundencia y tener en cuenta la forma en la que lo intentan.

¿Qué pasa después de un intento de suicidio? ¿Qué atención recibe esa persona?

El mayor indicador y más claro para saber que una persona puede acabar con su vida es que lo haya intentado previamente, luego estamos ante una situación de gravedad, de necesidad de intervención y nunca se le debe dejar de la mano. ¿Tenemos que mejorar en esto? Seguro, y los profesionales nos tenemos que centrar principalmente en los tiempos de atención.

¿Son suficientes los recursos humanos para hacer frente a esta problemática? Se lo digo porque el déficit de psicólogos, por ejemplo, es importante en esta provincia.

Nunca son suficientes y queriendo hacer más, que es lo que nos proponemos con esta Estrategia, sin duda se necesitan más recursos.

¿Más allá del ámbito regional se va a crear en Burgos alguna red específica o trabajo conjunto para abordar los casos de intento de suicidio?

A expensas de organizar todo de una forma concreta por el cambio de jefatura que ha habido en el servicio de Psiquiatría, es necesario y se tiene que crear un grupo de trabajo, coordinado desde nuestro servicio de salud mental, porque ya la propia Estrategia implica a otros ámbitos como las emergencias, la educación o los servicios sociales y se tiene que constituir un grupo de trabajo, primero con intención formativa, y después, para obtener e integrar datos y conseguir una epidemiología concreta.

¿Cómo se encuentra una persona después de un intento de suicidio, cómo cuenta qué es lo que ha hecho y por qué?

Desde la variabilidad y la individualidad de cada caso, hablaría de dos reacciones bastante generales: una, la culpa, la vergüenza, el 'fíjate lo que les he hecho a mis hijos', todo lo cual no ayuda sino que crea más malestar, y la otra, la poca conciencia sobre lo que ha ocurrido, la banalización e incluso en algunos casos con el argumento de que es su objetivo y que lo van a mantener, dos actitudes peligrosas y con necesidad urgente de intervención y actuación.

Quería volver sobre lo que me ha dicho antes con respecto a que ningún intento de suicidio es una llamada de atención aunque esto a veces se diga...

Nunca debemos caer en las interpretaciones y menos los profesionales. Un intento de suicidio, insisto, nunca es una llamada de atención y debemos saber, no solo los profesionales sino todo el mundo, que es el camino más corto para tener otro intento y quizás conseguirlo. Con esta persona se tiene que trabajar intensamente con estructuras como nuestro hospital de día para que tenga una atención diaria fuera ya del ingreso hospitalario y haciendo hincapié en que hay solución a ese problema. La intervención tiene que ser inmediata, cercana y duradera.

¿Harían falta psicólogos clínicos en Atención Primaria como algunas voces han apuntado?

Sin duda. Sería importante porque cribarían esa realidad de problemas emocionales y de enfermedades mentales, que son las que deben llegar al hospital o a nuestros equipos de salud mental.

¿Hay algún compromiso político sobre incrementar este personal o no se ha hablado de ello?

El aumento del trabajo formativo, preventivo y de intervención tendrá que ir acompañado de más personal, es algo razonable. No hay mucho más que decir, se necesita este aumento sí o sí. Tenemos que trabajar en la conducta suicida de forma específica porque hasta ahora se está tratando como un síntoma más.

A finales del año pasado se conoció el suicidio de la actriz Verónica Forqué y los medios ni lo ocultaron ni utilizaron eufemismos para referirse a ello. ¿Esto es bueno?

Es bueno, es necesario y es sorprendente por ser la primera vez que yo recuerdo que ocurre. Es imprescindible poner el suicidio encima de la mesa, pero ojo, una cosa es que sepa que se ha suicidado y otra, que nos den detalles del método empleado y otras circunstancias.

¿Por qué no se deben dar detalles de un suicidio?

Primero, por la intimidad de la persona y de su familia y porque describir el método solo puede tener un efecto aprendizaje. Y tampoco conviene 'romantizarlo' en el sentido de señalar que la persona haya dejado su fin escrito o que ha decidido libremente la forma en la que iba a terminar con su vida. Se trata de hablar de vida, no de muerte y hay que hacerlo desde el punto de vista de que la sociedad sepa que se trata de un problema que se puede prevenir con más recursos y mecanismos, que es lo que intentamos implementar.

¿Qué le ha parecido el tratamiento que se dio a la noticia?

Pues vi de todo y sentí de todo. En principio, sorpresa, me alegré bastante de que se hablara de ello abiertamente; posteriormente, una decepción por el tratamiento morboso que hicieron algunos medios .

¿Qué deberíamos saber los periodistas para hacer una información responsable?

Sois una parte fundamental porque solo visibilizando el suicidio se va a dar a conocer la realidad de un problema de salud pública de las dimensiones que tiene. Debéis saber que tenéis que hablar de ello, que la noticia se tiene que dar con la naturalidad de cualquier otra pero que debe tener unos límites muy claros.

¿Cree que tendríamos que hacernos eco de cada caso como hacemos con los accidentes de tráfico o de los casos de violencia machista?

Sí. Y se trata de saber cómo hacerlo porque a veces vemos que se publican casos de personas famosas pero cuando ocurre uno en una ciudad no se habla de ello y si no se habla es como si no existiera.

¿Qué opinión le merece que se haya constituido en Burgos un grupo de apoyo a las familias supervivientes de suicidio?

Me parece fenomenal porque las personas que lo conforman no solo lo han vivido directamente sino que tienen conocimientos para manejar situaciones así y pueden ayudar muchísimo. Saben que tienen todo mi apoyo.

Hace cuatro años y con motivo de su participación en la elaboración del documento de Sacyl 'Proceso de Prevención y Atención de la Conducta Suicida' usted dijo en este periódico que los datos de suicidios de Burgos pueden y deben reducirse. ¿Sigue pensando lo mismo?

Con esta Estrategia en la mano es lo que nos tenemos que exigir porque para eso se ha hecho.