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Un pueblo a pie de página

A.S.R.
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Una biblioteca con más de 12.000 libros para el intercambio es el gran atractivo de Quintanalara, rodeada por un interesante patrimonio natural

La biblioteca de intercambio de libros que ocupa la vieja pobrera y potro de herrar es un buen punto de partida para perderse por sus calles. - Foto: Valdivielso

Con un platillo volante recién aterrizado junto al pozo de los deseos ante el pasmo de los niños que pedalean por las calles, con el último beso de un amor de verano en el columpio del Camino de San Olav o con la aparición de un cadáver en el antiguo cementerio de los niños. Si los de Bilbao nacen donde quieren, un paseo por Quintanalara puede coger el rumbo que dicte la imaginación. Y la literatura. Esta es la bandera de este pueblo de Tierra de Lara, que ha hecho de su biblioteca su gran punto de atracción. Un lugar sin cerraduras, abierto las 24 horas del día los 365 días del año, adscrito al fenómeno Bookcrossing, una red internacional que permite liberar y cazar libros en cualquier lugar del mundo y seguir su viaje a través de internet. 

Hileras de volúmenes, bien prietos y ordenados, se alinean en la antigua pobrera, donde hacían noche quienes se buscaban la vida en los caminos, y potro de herrar. Conviven los aventureros de Verne y los piratas de Salgari, la curiosa niña de Rosa Montero y el joven sochantre de Álvaro Cunqueiro, la sagacidad de la vieja celestina y los luchadores versos de Miguel Hernández. Capitanea esta travesía Marta Moreno González. Recoge los ejemplares que dejan, los ordena y los registra. Más de 12.000 para elegir, hasta 23.000 si se cuentan los almacenados. Por allí han pasado lectores y curiosos de Washington a Rentería; de Hannover a Mecerreyes; de Palma de Mallorca a Vigo. 

Esta biblioteca, que ha atraído a gentes de cien mil raleas y acaparado focos y espacio en los papeles de todo el mundo, se contonea como un buen punto de partida para perderse por el resto de este pequeño pueblo de Tierra de Lara, con apenas una docena de habitantes, silencioso con los rigores del frío y bullicioso con los de los rayos de sol. 

Con el exalcalde, Rubén Heras, como anfitrión, enfilando por la calle de San Antonio, un viejo muro de piedras con verdín llama la atención. El llamado cementerio de los niños podría dictar la mejor historia de terror. Aunque está desacralizado, basta con atravesar su puerta, baja, estrecha y coronada por una cruz, para sugestionarse y sentir un soplido, percibir un roce o escuchar un crujido de huesos.  

Este enigmático camposanto, donde en tiempos no tan lejanos se enterraba a los menores de edad llamados por la parca, ocupa uno de los laterales de la iglesia de San Pantaleón. 

Habrá que rodearla para acceder a este templo cosido a retales, iniciado en época románica y rematado ya en el siglo XIX. Sin tesoros que lleven a los cacos a profanar sus sagradas estancias, sí tiene hechuras para enmarcar una novela a lo Dan Brown. 

Podría girar la trama en torno a la pintura que ocultaba el altar mayor en Semana Santa, cuando se tapaban las imágenes en señal de duelo. En otras localidades lo hacían con simples telas, aquí cubrían todo el ábside con un díptico de madera pintada con la crucifixión de Cristo. O hacer subir a los personajes hasta el coro, amplificar el crujido de su suelo de madera y empujarlos al campanario, donde desde las alturas bien podrían presenciar los arrumacos de un amor secreto, el vil asesinato del párroco o la polvareda de unas tropas enemigas en lontananza.  

El sol deslumbra al salir de la iglesia. Los señores bailan sus calderos hacia las huertas, las señoras empiezan a hacer corrillo en las aceras y los niños vuelan con sus bicicletas o chapotean en las piscinas portátiles que salen como setas en días estivales. La búsqueda de un refrigerio termina en la cantina. Donde antes se aprendían las reglas de multiplicar ahora se chocan las copas. Cerca, el Ayuntamiento, un nuevo edificio construido en la antigua casa de la maestra. Y a unos pasos, el pozo de los deseos (ahora tapado).  

a la vida pirata. El almacén del bar, antaño fragua, se deja envolver por la historia de Los siete infantes de Lara. Quintanalara es una de las paradas de la ruta Murales de leyenda, que narra el cantar a lo largo de varios pueblos de la zona. Rafael Vázquez (Raf-Art) perfila aquí la muerte a los pies de doña Lambra de un criado. La señora le había ordenado agraviar a uno de los infantes tras descubrirle en paños menores y este, herido en su orgullo, se revolvió. 

A escasos metros y también legendario cruza el Camino de San Olav. Esta senda cubre los más de 50 kilómetros que separan la Catedral y la capilla del santo vikingo en Covarrubias. Aquí llega desde Revilla del Campo y sale rumbo a Cubillo del César. 

Sus flechas mueven los pasos hasta el Alto de la Isanueva. Alcanzada la cima, un giro de tacones brinda una vista sin par. A sus pies se desparrama todo el caserío tordo (así se llaman sus oriundos, con orgullo, y una peña que este año cumple los 40), la espadaña de San Pantaleón, el horno de carbón vegetal, tradición recuperada y de nuevo olvidada, el refugio de anfibios y la caseta para las aves, el eterno paisaje de Lara.

La estampa estaxía. Queda fetén en Instagram. Pero aún mejor viste la sorpresa que espera al caminante unos pasos más adelante: ¡Un columpio! Colgado en una encina centenaria, bien amarrado, llama a gritos. Cuentan que lo colocó el actual alcalde, José María Ramos González, para que descansara su enamorada. Cierto o no, sentarse en él es un billete directo a la infancia. Nada existe en ese momento. Siéntate y disfruta de los balanceos y pensamientos que te impulsan a ser lo que eres. Mandatario enamorado... e inspirado. 

Inmersos en el monte, con tiento para no perderse y convertirse en protagonista de un guion de suspense, se llega a uno de los patrimonios que se quieren poner en valor: un menhir que denominan Canthincao (canto hincado). 4.000 años le contemplan. Muy cerca una oportuna piedra que Saturio puso para el descanso de la Pili en su paseo. Las historias románticas también gustan por estos lares. 

No lejos de allí, de vuelta al pueblo, se encuentran los riscos Peña Adobes, un sugerente desfiladero entre Quintanalara, Revilla y Cubillo. Ssssss. Se recomienda no hacer la visita en la época de cría de aves. Ssssss. Las calaveras de cabras colgadas en las ramas, los huesos de viejos esqueletos que afloran en el suelo y las peñonas que dominan el paraje lo convierten en ambientación infalible para una del oeste o de terror juvenil. La literatura, otra vez. La literatura, ya inseparable de este pueblo que ama a los libros.