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Juan Ángel Gozalo

Plaza Mayor

Juan Ángel Gozalo


Pensamiento único y lenguas

26/12/2021

Inmersión lingüística, en román paladino, es una acción y efecto de introducir o introducirse en un ámbito real o imaginario, en particular en el conocimiento de una lengua determinada. En Cataluña, lo que pretenden sus mandarines secesionistas desde hace años es un ahogamiento del castellano. Es inaceptable que el idioma de Cervantes, en el que se entienden todos los españoles y lo hablan casi seiscientos millones de personas en el mundo, sea perseguido y vejado en nuestro propio país.

Al molt honorable president del Gobierno de la Generalitat, Pere Aragonés, a sus consejeros y a toda esa trama incivil del quimérico procés -que van de demócratas y defensores de los derechos humanos por Europa pero en realidad son unos reaccionarios y totalitarios-, debería caérseles la cara de vergüenza por esa campaña de acoso y derribo contra aquellos catalanes que, como los padres del niño de Canet, se sienten también españoles, aman el catalán y quieren que sus hijos aprendan y dominen además del castellano como lengua española. 

Cataluña, en otro tiempo la puerta por la que España se asomaba a Europa y soplaban esos saludables vientos de modernidad y multiculturalidad, hoy lleva camino de convertirse en irreductible aldea gala y, lo que es peor, en un gueto político ultramontano y en un inicuo gulag idiomático. El catalán y el castellano pueden y deben coexistir en Cataluña, de hecho, lo estaban haciendo hasta ahora con normalidad y sin mayores complicaciones, pero es el pacato secesionismo el que ha creado un serio problema y un grave conflicto político y de convivencia allí donde no lo había. Es gravísimo que los tribunales deban imponer a un gobierno, que presume además de progresista, tolerante y demócrata, el cumplimiento de una sentencia y que, para más inri, desampare a un niño de cinco años y a su familia, ante el acoso y las amenazas sufridas. Claro que tampoco ayuda el silencio cómplice y cobarde de una buena parte de la sociedad catalana, que traga o mira a otro lado ante la vulneración sistemática de derechos y libertades. Más impresentable, si cabe, es la inhibición y la inacción del Ejecutivo de Sánchez  -maniatado rehén de los soberanistas catalanes- ante esta situación.   

La deriva totalitaria de Cataluña es peligrosa. Se empieza por imponer la bandera, la lengua y el pensamiento único, pero como en todas las dictaduras -ejemplos hay en la España franquista, la Alemania nazi, la Italia fascista o la Rusia soviética- no se sabe dónde acaba ante la claudicación, el sometimiento y la resignación de la ciudadanía.