«Yo tengo tres novias: Ojo Guareña, Atapuerca y Lucy»

H.J.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Fortunato Lázaro es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia

Fortu, explorando una de las cavidades de la Cueva del Compresor de la trinchera de Atapuerca. - Foto: Alberto Rodrigo

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 12 de abril. 

En teoría, solo en teoría, se jubiló el año pasado. En la práctica, no para un minuto quieto y es incapaz de dar un paso por los yacimientos o por Ibeas de Juarros sin que le pidan constantemente favores a su paso. Fortunato Lázaro, al que todo el mundo conoce como ‘Fortu’, no se acaba de retirar. «¡Es que no me dejan!», responde bromeando con su proverbial energía. El que fuera responsable de mantenimiento de la Fundación Atapuerca sigue incansable y en plena forma.

No es científico, aunque posee grandes conocimientos de espeleología y lleva varias décadas siendo miembro del Grupo Edelweiss, así que de cuevas sabe un rato. Pero sobre todo sabe cómo hacer que funcionen las cosas. En la sombra, sin el protagonismo que tienen los que acaban apareciendo en las fotos. «Si está Fortu, eso se puede hacer», dicen en la Fundación Atapuerca, en cuya revista recientemente le dedicaron un cariñoso artículo de despedida. Para los futboleros, cuentan que era el Casemiro de las excavaciones. Para los cinéfilos, sería como el mítico personaje que aparece en la película Pulp Fiction para decir: «Soy el señor Lobo, soluciono problemas». Y en ello sigue.

Nacido en la localidad de Arlanzón en 1955, hijo de padres agricultores, vivió en el pueblo hasta los 13 años «con las miserias que se pasaban entonces» y dice que tuvo una infancia muy feliz, en conexión directa con la naturaleza, salvo por un borrón que dejó a muchos de sus coetáneos traumatizados: el maestro. «Se llamaba ‘El Huesca’ y aplicaba a rajatabla aquello de que la letra con sangre entra», explica. Su relato no transmite rencor, pues lo considera hechos de una persona y un tiempo pasados, pero las cosas que cuenta resultan incomprensibles desde la óptica de hoy en día. 

«En la escuela teníamos dos días de cobro que eran los lunes y los jueves. Los lunes nos atizaba por haber estado cogiendo pichones los fines de semana o por cualquier trastada. Los jueves porque era el día de la revista de higiene. Como el patio era de carbonilla, siempre teníamos las uñas y las rodillas negras. Nos pegaba con una regla enorme, nos obligaba a coger un mimbre bueno para luego atizarnos con él y si te descuidabas te pegaba un castañazo por detrás de la cabeza con cualquier excusa. Yo le decía a mi madre que quería ser una niña, y no por cambiar de sexo, sino porque sabíamos que la maestra de ellas no las pegaba». 

De aquella pesadilla logró librarse a finales de los años 60, cuando su familia se mudó a la capital con sus tres hermanos y una hermana (el mayor es actualmente fraile misionero en Brasil). El cambio le pilló a mitad de curso y como no le admitían en ningún colegio de la capital le inscribieron en la academia Valdemoro Ripollés, en la entonces avenida Sanjurjo y hoy avenida del Arlanzón.

Al terminar aquel año se fue a una escuela de Formación Profesional que dependía de los sindicatos verticales y que estaba en la plaza de Castilla, donde ahora se ubica la sede de la FAE. «Allí nos enseñaban oficios e hice una especie de correturno con el que pasé por clases de tornero, telares o electricidad». Duró muy poco, porque ese mismo verano su madre conoció a los dueños de Chocolates Quintanilla y Fortu empezó a trabajar en su fábrica ubicada en la calle de La Paloma con solo 14 años.

En la fábrica de chocolate. Inicialmente entraba para una sustitución veraniega, pero acabó pasando allí 23 años como empleado. «Hacía de todo, estaba en el mostrador pero también en la producción del chocolate. Entonces había tres fábricas distintas en la misma calle Sombrerería. Y también hacíamos suministros para hospitales o colegios». 

Entre medias le tocó hacer la mili en Cerro Muriano, provincia de Córdoba. Y luego en Sevilla, en la rama de Ingenieros. Pero allí, además de sufrir los calores del sur, tuvo que superar un derrame de pleura. «Me declararon inútil temporal, como se decía entonces. Estuve 21 días ingresado. Y al cabo de un año me declararon exento», comenta.

Su siguiente trabajo fue como pintor de coches en un taller especializado, donde estuvo más de una década y que ahora le sirve para afirmar con guasa: «Al menos puedo decir que he pintado algo en la vida». Pero donde verdaderamente disfrutaba era metido en las cuevas, su pasión desde muy joven.

Cuando vinieron a vivir a Burgos, su padre se empleó como portero en un edificio de Reyes Católicos. Allí vivían también otros chavales de su edad y uno de ellos resultó ser el sobrino de uno de los fundadores de Edelweiss. «Les veía cuando volvían de Ojo Guareña con aquellos petates, las barbas, el barro, y se le ponían a uno los dientes largos». Así que en 1974 entró a formar parte del grupo espeleológico. 

«Fuimos a la sede que entonces tenían en el último piso de la Diputación y la primera vez nos dieron con la puerta en las narices. Insistimos tanto que nos mandaron a buscar cuevas a la sierra de Atapuerca. Teníamos que patearnos los 6 kilómetros de largo e íbamos preguntando a los pastores de la zona y a la gente de los pueblos, que eran la mejor fuente de información. Hoy en día ya no queda en el monte nadie a quien preguntar», relata.

La aventura comenzaba nada más salir de Burgos capital porque tenían que coger un tren que les dejaba en Quintanapalla. De ahí empezaban a andar hasta la cantina de Olmos de Atapuerca y allí se apretaban un «chico-chica», consistente en una mezcla de moscatel con orujo, para entrar en calor.

Empezaron investigando en el interior de la Mina Esperanza, recién cerrada, donde todavía quedaban vagonetas pero no encontraron cuevas reseñables, así que subieron un poco más arriba hasta conquistar y descubrir las oquedades de la sierra. Fue a través de aquello como acabó vinculado de por vida a los yacimientos.

«El grupo Edelweiss daba soporte de infraestructura a las investigaciones científicas que ya entonces se hacían tanto en Cueva Mayor como en la Sima de los Huesos». El material de cuerdas o escalas no solo aporta el componente de aventura, sino que es tan necesario para la buena marcha de una excavación como los conocimientos de los arqueólogos y paleontólogos. Fortu empezó a acudir en sus ratos libres y durante los fines de semana, «siempre de forma voluntaria y como apoyo técnico», pero se hizo un imprescindible en el grupo.

A fuerza de echar horas y horas por los yacimientos surgió una fuerte conexión con Eudald Carbonell, uno de los tres codirectores de Atapuerca, a quien además le une un sorprendente parecido que ha provocado más de una vez alguna simpática confusión. Si los dos se ponen botas de campo, pantalón corto y casco de estilo salacot resultan dos gotas de agua.

La relación de amistad entre ambos se queda corta cuando Fortu ensalza al catalán: «Yo a Eudald lo conocí cuando aún era estudiante y lo considero un hermano. Es la parte más práctica de los codirectores y siempre nos hemos sentido muy valorados por su parte». 

Tanto que cuando se pone en marcha la nueva sede de la Fundación Atapuerca en Ibeas de Juarros, en torno al año 2008, surge la oportunidad de tener a un responsable de mantenimiento y es cuando nuestro protagonista puede dedicarse por fin, de forma profesional, a su pasión de apoyar a los científicos que estudian la evolución humana. Fue casi como cumplir un sueño, unir la afición y el trabajo en un «soporte vital para el equipo de investigación».

La Brigada Caimán. Dice que en los yacimientos le ha tocado hacer «Todo lo que te puedas imaginar». Desde albañilería a electricidad, labores de logística, llevar y traer las comidas, material de oficina, suministro de papelería, los equipos tecnológicos y por supuesto el montaje de andamios, además de alguna que otra exposición, dentro y fuera de España.

El momento álgido del año llegaba cada verano con la campaña de excavaciones. La autodenominada ‘Brigada Caimán’, responsable de prepararlo todo en el mes de junio para cuando llegasen los investigadores al mes siguiente, se tiraba dos meses trabajando a destajo. «Aquello no tenía horario, es como un agricultor cuando llega la cosecha. Y más durante los 40 días de la campaña en sí, que son muy intensos pero de los que tienen que obtenerse resultados para tratarlos a lo largo del año». 

Doce campañas le contemplan como currante de la logística, desde 2008 hasta 2020, en las cuales tuvo que resolver miles de problemas. Desde alguien que le pedía una sombrilla del IKEA para protegerse del sol hasta otro que solicitaba una coca cola light o determinado modelo de lapicero para apuntar los hallazgos. Se topó, incluso, con algún vegetariano que no podía comer los bocadillos del rancho general. 

«Y les decía que en el monte había pasto de sobra, que podían comer toda la hierba que quisieran», afirma carcajeándose.

¿Fue buena la relación entre científicos y operarios? En el balance general, Fortu no tiene dudas. «Es cierto que a veces los investigadores están un poco en su mundo, pero nos hemos sentido valorados y a mí en los yacimientos todavía me saludan hasta los pájaros. Tengo mil dimes y diretes en el recuerdo, y siempre procurando hacer bien mi trabajo. No se trata de hacer algo por cumplir, sino de dejarlo lo mejor que puedas, bien sea cortar una piedra para que un apoyo sea más cómodo o colocar un tablón».

Siempre en un segundo plano, él estaba allí cuando llegaban a los yacimientos las visitas ilustres. Vio al entonces príncipe Felipe meterse a explorar en traje y zapatos las cavidades que conducen hacia la Sima de los Huesos, pese a las objeciones que le ponía su personal de protocolo. O a la reina Sofía ayudarse con bastones que él mismo le facilitó para descender hasta Cueva Mayor. «Esas presencias de las más altas autoridades nos volvían locos, pero también nos daban muchas satisfacciones».

Ahora que está jubilado, su vida no ha cambiado en demasía. Sigue participando los fines de semana en la exploración de cuevas y se acerca de vez en cuando a Ibeas de Juarros, donde compra «un pan ecológico buenísimo». Sus amores, básicamente, siguen siendo los mismos de siempre. «Yo he tenido tres novias en mi vida: Atapuerca, Ojo Guareña y Lucy. Esta última es de carne y hueso y vive en Madrid», bromea.

En efecto, ella es su pareja desde hace más de 20 años y además se conocieron en una cueva. Hasta para eso ha sido Fortu un hombre peculiar, como él mismo reconoce: «Yo no conocí a mi novia en una discoteca o en un pub, como casi todo el mundo».

Los cierres perimetrales impiden que se vean tanto como quisieran, así que ahora este hombre inquieto practica una «vida de ermitaño» en su pueblo natal, Arlanzón, aunque dice: «De vez en cuando me recluta Eudald y le echo una mano». No le falta nunca entretenimiento.

Entre una leva y otra, habita la casa de sus abuelos donde tiene una huerta con 40 metros de invernadero y un gran terreno abierto. Allí sueña con seguir explorando las entrañas de la tierra y también su superficie, porque es un gran aficionado a los viajes. Habla especialmente bien de África, de los desiertos de Mauritania o Namibia, de Botswana y Zimbabue. Lo que es seguro es que Fortu no se quedará quieto. Le queda energía para regalar.