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Lealtad bajo sospecha

Javier M. Faya (SPC)
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El acuerdo de Gobierno de Esquerra y Junts no parece que vaya a poner fin a las malas relaciones entre los republicanos y los herederos de Convergencia, agudizadas después del referéndum ilegal del 1-O

Lealtad bajo sospecha - Foto: ALBERT GEA

«Este acuerdo se basa en la lealtad mutua». Con esta declaración de intenciones quiso el recién elegido jefe de la Generalitat catalana, Pere Aragonès, bendecir el pasado lunes el acuerdo que su partido, ERC, acababa de rubricar con Junts para ser president. Quién sabe si esta frase tan tópica llevaba aparejada una advertencia para su socio, ya que, tirando de hemeroteca, las relaciones entre Esquerra y los herederos de Convergencia, sobre todo en la etapa de Carles Puigdemont, han sido manifiestamente mejorables.     

En un arranque de sinceridad, la portavoz del bloque republicano, Marta Vilalta, explicó al día siguiente qué había cambiado desde que rompieron las negociaciones para una coalición hasta el acuerdo al que se llegó el pasado fin de semana. Ante el riesgo de ir a elecciones, JxCat se comprometió a llegar a un pacto para evitar la repetición de los comicios: «Pedimos alguna alternativa para evitar elecciones y hubo el compromiso de volver a sentarnos para intentar cerrarlo».

¡Quién le iba a decir a Lluís Companys (el único president que había tenido Esquerra hasta el pasado viernes), idolatrado por los independentistas, que su partido iba a pasar muchas horas negociando con la formación nacida en la alta burguesía catalana! De hecho, no compartieron poder hasta el 19 de diciembre de 2012, cuando Artur Mas, líder de CDC, firmó con el republicano Oriol Junqueras un pacto de gobernabilidad, pero sin entrar ERC en la Generalitat. 

Las relaciones entre ambas formaciones eran correctas, pero el procés, que arrancó con la Diada masiva de 2012, comenzó a crear grietas, en una especie de competición por ser el más separatista. 

El referéndum ilegal de 2013 fue un buen pegamento para las dos formaciones, y eso que habían tenido bastantes roces, pero poco duró porque un Artur Mas crecido le dio un ultimátum a Junqueras en enero de 2015:debía unirse a su bloque para darle un carácter plebiscitario a los comicios autonómicos del 27 de septiembre. El Molt Honorable llegó a acusar a su socio de tener «mentalidad regional», un insulto en toda regla que era un mensaje para los votantes.   

No le salió muy bien la jugada de Junts pel Sí al político barcelonés, ya que la CUP le obligó a dejar la política, y fue entonces cuando entró en escena Carles Puigdemont, que fue investido president el 12 de enero de 2016.

La irrupción del exalcalde de Gerona, que compartió Govern con los republicanos, fue nociva para la relación entre los dos partidos. Se notó que Mas tenía mucha más talla política que su sucesor, aparte de mano izquierda.

El jefe de la Generalitat y su número dos, Oriol Junqueras, no dejaban de chocar sobre la forma en la que había que llegar al objetivo que les unía:la consecución de la independencia.  

La confrontación, el choque de trenes era la estrategia de un previsible Puigdemont, aunque eso supusiera dañar la frágil convivencia con su socio y a la vez adversario político. Es lo malo de la bicefalia, agudizada por el procés.  

De cara a la galería, el Gobierno de coalición vendía la imagen de que, pese a algunas diferencias, no había fisuras, pero no era cierto porque, a la larga, los malos entendidos y la falta de información en uno y otro sentido se fue notando, lo que, unido a las circunstancias, derivó en crisis profundas. 

A trancas y barrancas, el Ejecutivo autonómico iba avanzando, con unos tintes cada vez más independentistas y empeorando las relaciones con el Gobierno central, dirigido por Mariano Rajoy.  

Como en Fuenteovejuna, las dos formaciones fueron a una con la consulta ilegal del 1-O. Estamos en octubre de 2017 y el choque de trenes está próximo. El 27 de octubre, tras muchas peleas y gritos entre republicanos y convergentes, se produjo la Declaración Unilateral de Independencia, que supuso culminar el objetivo de la ruptura con España... durante unos segundos. 

La marcha atrás de Puigdemont, que le ponía letra pequeña al histórico texto, irritó a los republicanos, cuyo portavoz en el Congreso, Gabriel Rufián, dejó para la posteridad un tuit en el que comparaba al president con Judas: «155 monedas». Se refería a la amenaza de que Rajoy pusiera en marcha el artículo 155 de la Constitución Española, lo que implicaba (como así fue), que Cataluña quedaría desprovista de la Generalitat porque La Moncloa sería la que tutelaría la región. 

Los acontecimientos se iban precipitando, hasta que llegó el 29 de octubre:Puigdemont, que acababa de ser cesado por el precepto de la Carta Magna, huía a Bélgica, dejando vendido a su equipo, comenzando por Junqueras, que no sabía nada de los planes de su exjefe. 

Lejos de seguir su ejemplo, el líder de Esquerra afrontó las consecuencias penales del desafío que su Govern había lanzado al Estado. Así, ingresó en la cárcel cuatro días después de la surrealista fuga de Puigdemont, que tuvo tiempo para fundar un partido,Junts per Catalunya, con el que se presentaría a los comicios del 21 de diciembre. Una cita en la que ganó a Junqueras. Los dos bloques secesionistas estaban condenados a entenderse porque Ciudadanos había vencido, pero no le daba para gobernar.    

Tras varios meses en los que el prófugo intentó ser investido president (tras ver frustrados sus planes intentó colocar a Jordi Sànchez y Jordi Turull), Quim Torra, hombre de su total confianza, se hizo con las riendas de la Generalitat el 17 de mayo de 2018. La tensión con el socio republicano iba en aumento pues Junqueras apostó más por el diálogo con el Gobierno central que Puigdemont, y este, a través de su sucesor, no dejaba de provocar.

Para el recuerdo queda el 12 de febrero de 2019. El líder de ERC ignoró a Torra en el Supremo cuando este le fue a saludar. La guerra era total, y los cruces de reproches se sucedieron hasta hace poco más de una semana, ya que las negociaciones entre Esquerra y Junts se rompieron. La supervivencia del separatismo y de estos grupos obró el milagro, pero habrá que ver hasta cuándo dura la paz, con una parte del Govern que no quiere dialogar con Sánchez y otra que sí.