scorecardresearch

365 días en 20 nombres

A.G-H.J. G.A. R.P.B.
-

En el año más difícil de nuestras vidas estuvieron en primera línea contra la covid-19 cuidando de todos, a veces, incluso, a riesgo de enfermarse ellos mismos. Es de justicia ahora que ese esfuerzo quede reflejado en estas páginas

365 días en 20 nombres - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Les llamaron trabajadores esenciales pero pronto se vio que ese adjetivo se les quedaba pequeño.  Quienes aparecen en estas páginas fueron imprescindibles para salvar a esta ciudad y a esta provincia de la peor crisis sanitaria, material y emocional vivida en más de un siglo. Sin ellas ni ellos Burgos se hubiera parado, se hubiera hundido. Porque cuando toda la población se encerró en casa para intentar que el virus SARS-CoV-2 frenara su enloquecida carrera en la que, a la postre, terminaría con alrededor de un millar de vidas, médicas, enfermeros, guardias civiles, quiosqueras, gasolineras, limpiadoras, taxistas o auxiliares de ayuda a domicilio siguieron saliendo todos los días a sus puestos de trabajo -a pesar del miedo y de la angustia, que también hubo- para que no nos faltaran el pan, las medicinas, las calles limpias y seguras y  el apoyo a los más vulnerables. Y por un momento, nos dimos todos cuenta de qué es lo realmente importante. Gracias. 

 

Julia Manrique| Limpiadora del HUBU. «La sociedad no es del todo consciente de lo que se vivió en el hospital»

Gracias a Julia Manrique y al resto de sus compañeras -la limpieza de un hospital, como la cocina, es un trabajo realizado de una forma muy mayoritaria por mujeres- el Hospital Universitario de Burgos (HUBU) pudo estar, durante la brutal primera ola de la crisis sanitaria por coronavirus, en las mejores condiciones higiénicas para recibir a todos los pacientes que necesitaban atención sanitaria, que fueron muchos. «Los primeros meses de la pandemia fueron realmente duros. Tanto mis compañeras como yo pasamos por momentos de mucho estrés, ansiedad y agotamiento. Creo que la sociedad no es del todo consciente de lo que se vivió en  el hospital. A mí, personalmente, se me quitó hasta el apetito y no paraba de llorar, pero intenté en todo momento mantenerme fuerte y unida a mis compañeras».
 Uno de los peores momentos que recuerda Julia fue aquel en el que tuvo fiebre y le mandaron a casa quince días: «Estuve varios días muy débil; una cosa es decirlo y otra es sentirlo, pero afortunadamente me recuperé y pude reincorporarme al trabajo con mis compañeras en las mejores condiciones y estoy muy orgullosa del trabajo que hicimos entre todas». 
La segunda ola que comenzó a mediados del verano se llevó algo mejor, recuerda, porque no les pilló por sorpresa que los casos comenzaran a crecer otra vez: «De alguna manera, ya lo teníamos interiorizado por la experiencia anterior y sabíamos realmente a qué nos enfrentábamos. Por eso pudimos gestionarlo con más tiempo y conocimiento, ampliar equipos y facilitar el desarrollo de nuestro trabajo». 

 

Piedad García| Farmacéutica. «La experiencia con la receta electrónica fue clave en la alarma»

Los primeros días de la pandemia fueron de enorme preocupación en las farmacias, que se vieron desbordadas ante una situación excepcional. Preocupaba la salud del personal y de los pacientes atendidos en el mostrador, así como el suministro básico de los medicamentos, a los que pronto se sumó el de las mascarillas y las mamparas. Piedad García, gestora de la farmacia de la calle San Francisco 30, destaca la rápida reacción de toda la red, coordinada desde el Colegio de Farmacéuticos. «Generamos protocolos de actuación, con limitación de aforos y protecciones, limpiezas y ventilaciones...», explica esta profesional, quien destaca que la experiencia con la receta electrónica ha sido clave para abordar la pandemia. «La receta electrónica ha sido fundamental para mantener la medicación de los pacientes y ha permitido agilizar muchos procedimientos».
Piedad hace especial hincapié en la labor desarrollada por el farmacéutico para apoyar y asesorar a tantos pacientes que se han sentido solos y desorientados al tener los centros de salud muy limitados. «Si hemos podido ayudar desde la farmacia a los compañeros sanitarios lo hemos hecho, agilizando la renovación de los tratamientos, ayudando a los pacientes a llamar a su médico, velando por la continuidad de su medicación y evitando el colapso del sistema sanitario». La vocación de servicio, subraya esta profesional, es innata en los farmacéuticos. «Nuestro primer objetivo es que nadie se quedara sin su medicación, especialmente los más vulnerables». «Formamos parte del sistema sanitario y tenemos que trabajar unidos porque hasta en el pueblo más pequeño hay una farmacia».

 

Alfonso Bellido| Transportista. «En carretera y durmiendo en el camión estuve más solo que la una»

Alfonso lleva toda la vida (desde los 23 años y ya suma 60) realizando la ruta de Andalucía (Cádiz, Huelva, Málaga, Sevilla y a veces Ceuta...). Transporta en su camión alimentos, material de construcción o componentes del automóvil desde Burgos hacia el sur y, de regreso, vuelve con aceite y otros alimentos. «Enero empezó muy bien, febrero bajó un poco y cuando llegó la pandemia los viajes han seguido pero a tirones, gracias, principalmente y en mi caso, al transporte de los snacks y de la comida para mascotas». A la rutina de las carreteras ya conocidas  se han unido todas las medidas de prevención en la entrada de las fábricas:registros sanitarios, hojas de ruta para saber recorridos, mascarillas, toma de temperatura corporal... «En mi ruta habitual hubo algunos restaurantes abiertos que daban de comer a los transportistas y no los cobraban. Otros se prepararon para atender a los viajeros sin abrir sus puertas. Pero luego, ya en carretera, ibas más solo que la una kilómetros y kilómetros; solo encontrabas controles de la Guardia Civil. Durante las noches, en las áreas de descanso cerradas y sin apenas camiones, daba hasta miedo parar a dormir». 
Alfonso es uno de los miles de transportistas burgaleses que han estado al frente del volante para mover la economía, garantizar unos servicios esenciales en tiempo y forma. Un trabajo silencioso pero vital. «Lo hemos pasado mal pero hemos tirado para adelante: hay que llevar el pan a casa. A partir del verano han ido a peor los viajes, se ha movido menos mercancía por Navidad y noviembre ha estado parado». No obstante, lo tiene claro: «Siempre que ha llovido ha escampado».

 

Cabo Primero Fontao| Guardia Civil. «En los pueblos pequeños había una falsa sensación de seguridad»

Desde el cuartel de Santa María del Campo, el cabo Fontao cuenta que «profesionalmente, la pandemia ha cambiado nuestra manera de proceder. Estábamos acostumbrados a los delitos de siempre, a infracciones, y esta vez nos tocó sobre todo concienciar a la gente, porque en los pueblos más chiquitines había una falsa percepción de seguridad y por tanto era muy difícil hacerle ver a alguien el peligro».
Este gallego de origen tuvo que ejercer una labor didáctica para que todo el mundo respetase las limitaciones de movilidad, «porque en un sitio donde había 20 vecinos, cómo le explicas tú que no se podía salir a dar una vuelta por el monte».
Frente a esto, afirma que «la gente lo recibió bien. Porque sobre todo los mayores necesitaban a alguien que les asistiera en la compra de alimentos o en las medicinas de primera necesidad. Por eso nos preocupábamos de saber que todos estaban bien».
La soledad de esos mayores, que se agudiza en el mundo rural sin la posibilidad de recibir visitas por parte de familiares, ha sido el principal reto junto con los fallecimientos en la residencia de ancianos de la propia Santa María. La Benemérita ha ejercido igualmente una labor social dando mascarillas a quienes era evidente que llevaban semanas sin cambiársela, «porque estamos para lo que haga falta», subraya Fontao. También, por supuesto, para controlar a la delincuencia, que nunca descansa y que llevó a cinco sujetos a desplazarse expresamente desde Madrid, a plena luz del día y cuando estaba prohibido, para robar en un polígono de la A-1. Por suerte, fueron cazados.

 

Marta Aguilar| Auxiliar de ayuda a domicilio. «Íbamos con miedo pero tratábamos de tranquilizar a nuestros usuarios»

Es tal la sensación de abandono que tienen las mujeres que forman parte del gremio de las auxiliares de ayuda a domicilio -a estas alturas, por ejemplo, aún no tienen los equipos adecuados para trabajar porque la Junta no les ha incluido en el protocolo preventivo que existe para ello- que Marta Aguilar se sorprende mucho de que hayan sido convocadas a estas páginas, donde se quiere poner en valor a todas aquellas personas que trabajaron en primera línea cuando las cosas vinieron peor dadas, en el confinamiento que empezó en marzo. Se sorprende y se muestra profundamente agradecida y responsable de trasladar las sensaciones que vivieron en aquel momento, en el que su número de usuarios se desplomó y pasó de 1.300 a 600.
«Quienes se quedaron fueron, la mayoría, personas mayores que vivían solas y las nuestras eran las únicas caras que veían en todo el día. Yo vi mucho miedo en sus ojos en aquellos momentos, se les notaba la angustia, la pena y la preocupación porque, además, la televisión estaba todo el tiempo diciendo que se estaban muriendo muchas personas mayores. Yaunque nosotras también estábamos asustadas porque al principio íbamos a pelo, sin mascarillas y sin nada, tratábamos de tranquilizarlos, de darles un poco de alegría», recuerda.
Las auxiliares de ayuda a domicilio fueron de las poquísimas personas que andaban por las calles en los momentos del encierro más duro y aquello también le causó mucha impresión y hasta miedo al ir de una casa a otra en completa soledad: «En mi vida había visto la ciudad así, era triste, triste, y a pesar de todo estoy muy orgullosa del trabajo que hicimos y de todas mis compañeras, que no se echaron atrás en ningún momento». Porque aunque mucha gente piensa que son «las mujeres que les limpiamos la casa a los abuelos», Aguilar afirma que esto es solo una mínima parte del trabajo que realizan, «sobre el que hay un gran desconocimiento, por lo que nos gustaría que se conociera más». Así, asean y ponen la comida de la persona de la que se encargan y se preocupan de que su entorno esté lo más aceptable posible: hacen su cama, limpian la vajilla del desayuno que ha utilizado, recogen el espacio en el que está y estas tareas en muchas ocasiones las hacen junto al propio usuario con el objetivo de que se sienta activo, de que no pierda su autonomía y de que se retrase el mayor tiempo posible el tener que acudir a otros servicios como el de una residencia de ancianos o de personas con discapacidad: «De hecho, este es uno de los principales objetivos de nuestro trabajo y nos sentimos muy orgullosas de haberlo hecho en los peores momentos».

 

Mercedes Estévez| Celadora. «A los negacionistas les digo que si quieren les doy una vuelta por la UCI»

Los celadores, ese eslabón de la cadena imprescindible en el tratamiento sanitario de cualquier paciente, han tenido que luchar durante 8 meses para que no les siguieran considerando como personal de bajo riesgo. Hace solo unas semanas que pueden estar tranquilos con los equipos de protección y por eso el colectivo habla con desazón de la primera ola de la pandemia.  
«Desde que aparece por la puerta de Urgencias hasta que se le da el alta, donde hay un paciente hay un celador», explica Mercedes, encargada desde hace 6 años. «Y nos sentíamos tan desprotegidos que cuando llegábamos a casa nos tirábamos tres cuartos de hora de protocolo de desinfección hasta que podíamos saludar a la familia».
Cuenta que «ni con las peores gripes» habían visto algo parecido, no solo por el «colapso de trabajo» y la situación de algunos pacientes que han tenido que atender, sino también por el «desconocimiento casi absoluto» con el que hay que lidiar permanentemente contra esta enfermedad.
Entre las intensas vivencias que ha atesorado en este año tan especial, se queda con una anécdota que debería poner en alerta a todos los que dudan sobre la covid y sus consecuencias:«Tengo una conocida que es negacionista acérrima, de pancarta y manifestación. Al principio nos llamaba alarmistas, nos decía que era una exageración, se negaba a llevar mascarilla».
Un día, trabajando en Urgencias, Estévez se la encontró tumbada en una camilla. «Tenía una mirada de miedo, de socorro, como de decirme: ayúdame que estoy aquí sola». No lo estaba, porque la cuidó la sanidad pública. «Se pasó en la UVI dos meses, llegó a estar a punto de morir y todo por algo que ella, poco tiempo antes, decía que no existía. Y encima se sentía culpable de habérselo pegado a un familiar».
Por eso, para quienes siguen cuestionan     do la gravedad de la situación sanitaria, esta veterana celadora les envía un mensaje my claro y contundente: «A todos les digo que si quieren les doy una vuelta por la UCI y que lo comprueben por ellos mismos».
¿Será la vacuna la panacea, el remedio a todos los sinsabores de quienes se están dejando el pellejo en los hospitales? Mercedes tiene muchas dudas: «No tenemos demasiada esperanza en la vacuna porque la gente tiene miedo a ponérsela, no hay mucha información, se anuncia a bombo y platillo pero si no se vacuna un tanto por ciento no servirá para nada. Nos tenemos que hasta junio habrá subes y bajas, después de la Navidad tendremos tercera ola y después de Semana Santa la cuarta». Ojalá se equivoque.

 

Enrique López| Cabo de la USBA del acuartelamiento ‘Cid Campeador’. «Ha sido muy duro pero lo volveríamos a hacer»

Gratificante y muy difícil. Este es el resumen que el cabo Enrique López, perteneciente a la USBA del Acuartelamiento ‘Cid Campeador’, hace de este año 2020. El pasado 14 de marzo tuvo que separarse de su familia por prevención y comenzaron tres meses de un trabajo frenético que, a buen seguro, han marcado a este militar profesional para siempre. «He estado 80 días sin ver a mi mujer y a mi hija, hemos vivido momentos duros en la familia pero creo que he hecho un trabajo necesario para la sociedad», confirma con emoción.  
Este soldado coruñés, destinado en Burgos desde 2003, forma parte de un equipo de desinfección especializado en el uso de termolizadores, maquinaria militar que se ha utilizado en los casos más graves de contagios, detectados, principalmente, en las residencias de ancianos de toda Castilla y León y también de la comunidad autónoma de Galicia (en apoyo, en este caso, a sus compañeros de la BRILAT).    
«Hemos echado una mano a esa parte de la sociedad que había quedado más desprotegida y hemos recibido todo tipo de muestras de cariño. Desde los ancianos de las residencias a los vecinos de los pueblos, que nos llevaban comida, nos aplaudían... Ha sido muy gratificante, la verdad».
Los primeros días del estado de alarma fueron muy difíciles, especialmente cuando se sucedían los trabajos de desinfección en las habitaciones donde los ancianos habían fallecido horas antes por el coronavirus. «Llegar todos los días y encontrarse con este panorama para empezar a trabajar es duro y también el vivir aislados de nuestras familias durante tanto tiempo».
Pese a todo lo ocurrido, el cabo López tiene muy claro que si mañana mismo los llaman de nuevo «volveríamos a trabajar». Y no solo él, en la USBAy en todas las unidades militares con plaza en Burgos no han faltado nunca voluntarios para echar una mano allá donde se ha necesitado y a la hora que se necesite. De uniforme militar en plena calle se han sentido más necesarios y más ciudadanos que nunca, colaborando con compañeros de la Guardia Civil, Bomberos, Protección Civil..., en la situación excepcional que ha vivido este país. «Estamos muy orgullosos».

 

Beatriz Rojas| Policía Local. «Hay una apatía generalizada, a la gente le está cambiando el carácter»

Para los agentes de la autoridad, como para cualquiera, este año también está siendo distinto y llevan meses aprendiendo a gestionarlo: «Se respira en el ambiente, se ve en la gente, ya no solo desde el punto de vista policial, sino la apatía generalizada, se han roto muchos vínculos. El no poder reunirse, el no poder estar con la familia, está siendo todo muy complicado y nos está cambiando el carácter».  
Beatriz Rojas, agente de la Policía Local de Burgos, explica así un sentimiento que cualquiera puede apreciar a su alrededor y que está pasando una factura social más allá de la sanitaria. «En general», explica, el comportamiento de la población con la policía es correcto. «Evidentemente cuando les vas a denunciar no les mola, pero esto también ha servicio para acercarnos a la ciudadanía».
Porque por suerte, como todos los momentos difíciles, la pandemia también ha potenciado un lado bueno que ejemplifica con una anécdota agridulce: en los primerísimos momentos de la crisis sanitaria, cuando apenas sabíamos de qué iba el virus, Rojas y otros tres compañeros atendieron a una señora mayor, desvanecida al salir del portal de su domicilio. Su primera reacción fue practicarle una reanimación cardio pulmonar, pero no salió adelante. La mujer dio positivo y todos tuvieron que ponerse en cuarentena, con el consiguiente pánico a lo desconocido. 
Entonces, igual que utilizaron los coches patrulla para ir a felicitar el cumpleaños a un millar de niños burgaleses, los compañeros que seguían operativos fueron a ponerles música bajo su ventana para animarles y sacarles una sonrisa.

 

Verónica Díez del Valle| Peona de limpieza.  «A pesar de la tristeza fue muy gratificante trabajar aquellos días»

Tristeza. Es el sentimiento que Verónica Díez del Valle recuerda haber experimentado con más intensidad la primera vez que salió a limpiar las calles tras el decreto del estado de alarma. No veía ni un alma mientras iba desinfectando cada rincón del centro de la ciudad con el furgón de Semat, la empresa de limpieza en la que trabaja como peona: «Lo que más me llamó la atención de aquellos días, y creo que esa imagen se me quedará grabada para siempre, fue entrar en el Espolón un sábado a las 11 de la mañana y encontrarlo completamente vacío, era marzo y ya el tiempo era bueno pero no había un alma. Impresionaba mucho».   
Asegura que en todo momento, tanto ella como sus compañeros fueron muy consciente de la responsabilidad que tenían con la sociedad, algo que siempre tienen presente pero que en esos días se acentuó y que fue recompensado de forma espontánea: «Recuerdo un día en la calle Fernán González, que los vecinos se asomaron a la ventana y nos aplaudieron, fue muy emocionante y una médica nos ofreció mascarillas desde su ventana, un gesto muy bonito, aunque no las necesitábamos porque siempre fuimos protegidos. En aquellos momentos hubo mucha solidaridad, también entre nosotros aunque nuestro trabajo es muy individual».
Verónica, vitoriana de 42 años, se siente orgullosa de la labor que hizo y de notar lo importante que era su aportación para el bienestar general: «A pesar de la tristeza de la situación, trabajar aquellos días fue muy gratificante, sobre todo por la gente, creo que esto nos hizo llegar más a las personas y que valoraran más nuestro trabajo».

 

Silvia Juárez| Médica de Familia. «Los centros de salud nunca cerraron pero perdimos la cercanía al paciente»

Pone mucho énfasis Silvia Juárez para decir que los centros de salud nunca estuvieron cerrados durante la primera ola de la pandemia. Quizás lo hace esta médica de Familia de Santa Clara porque hubo quien lo pensó entonces y lo sigue pensando ahora. Pero lo cierto es que la Atención Primaria ha trabajado más y en peores condiciones que nunca, perdiendo, como afirma Juárez, lo que es la base de la labor que realizan, la cercanía al paciente: «La esencia de nuestro trabajo, que es estar muy cerca de los enfermos, desapareció, todo cambió radicalmente y nos dedicamos en cuerpo y alma a ese ejercito de seres microscópicos que se convirtieron en nuestro enemigo de guerra que se expandía, se infiltraba como si tuviese una estrategia militar a través de nuestras debilidades y errores. Fuimos la primera línea».
Lamenta que la pandemia pillara al país «desprevenido»: «A muchos nos llamaban exagerados porque veíamos llegar lo que estaba sucediendo no muy lejos. Compañeros de trabajo en Madrid ya nos relataban el horror en el que se había convertido la atención sanitaria, y cómo no, llegó a Burgos. Nos pilló desprevenidos, sin un plan de trabajo elaborado e ignorando el alcance del virus. Fue tremendamente duro, con mucho estrés y sin tiempo para pensar había que tomar decisiones sobre la marcha. Ibamos aprendiendo de lo que a diario se publicaba y de lo que tratábamos  día a día». Silvia Juárez pone el foco ahora en la vacuna: «El  2021 es el año de la esperanza. A la espera de que se vacune mucha gente debemos poner en práctica lo aprendido: si no hay educación, cambio de actitud y civismo no conseguiremos nada».

 

Gabriel Revilla Moral| Técnico en Emergencias Sanitarias. «Esta enfermedad ha sido especialmente inhumana»

A sus 57 años y después de 35 conduciendo ambulancias, Gabriel Revilla ha visto de todo. «Hemos tenido otras épocas malas como la del ébola. Allí sufrimos mucho porque daba mucho miedo, pero esta enfermedad ha sido especialmente inhumana», confiesa al echar la vista atrás sobre los meses más duros de la pandemia.  
Los técnicos en emergencias sanitarias, que acompañan a los médicos en los desplazamientos a los domicilios, han tenido que «aprender día a día. Había un protocolo por la mañana, otro por la tarde y otro por la noche. Ahora por lo menos tenemos las cosas más claras y ya vamos a todos los desplazamientos con EPI completos, salvo a los accidentes de tráfico y a los laborales para garantizar que tenemos visibilidad».
Recuerda episodios muy duros, sobre todo los referidos a la gente mayor. «Ir a un domicilio donde había por ejemplo dos abuelos y tener que llevarte a uno nos ha marcado a todos los compañeros. Se despedían, se daban un abrazo, lloraban porque uno no podía acompañarle al hospital al otro y no sabían si iba a volver. Muchos fallecieron sin regresar nunca a su casa», relata.
Por eso destaca la crueldad de la covid, «porque sigue habiendo ictus o infartos o accidentes pero esto es particularmente duro. Y eso que los médicos muchas veces luchaban para no tener que llevar a alguien al hospital y que pudiera quedarse en su casa. Son decisiones difíciles», confiesa. 
Y a los jóvenes, a los que entiende por querer vivir la vida, les envía una petición de prudencia y una advertencia: «Estamos cansados de luchar todos los días, esto agota».

 

Adriá Llopis| Bombero.  «Nos ha tocado apagar otros fuegos, pero también hemos estado ahí».

Adriá Llopis es uno de los integrantes más jóvenes del Cuerpo de Bomberos de Burgos, al que se incorporó en 2019. Este barcelonés residente en la ciudad desde 2008 (antes estuvo trabajando en Palencia) tiene claro que no olvidará el año de la pandemia, en el que las emergencias diarias más habituales han disminuido (accidentes de tráfico, incendios, etc.) a cambio de multiplicar nuevas emergencias como las desinfecciones en las residencias de ancianos, en las carpas de triaje del HUBU, en las estaciones de autobuses y trenes y en un largo etcétera más de espacios públicos e inmuebles como mercados, supermercados, oficinas, iglesias, viviendas tuteladas... Son más de 400 actuaciones en la capital y la provincia desde el pasado 17 de marzo, en turnos de mañana, tarde y noche, muchas de ellas en coordinación con otros compañeros de los parques de Aranda y Miranda, bomberos voluntarios, Fuerzas Armadas, Protección Civil, cuadrillas de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León o trabajadores del Ayuntamiento y la Diputación y del servicio de limpieza Semat.
«Hemos tenido que hacer turnos estancos entre nosotros para evitar los contagios en el parque, en nuestras casas y en los lugares en los que teníamos que actuar. La prevención que siempre tenemos en nuestro trabajo en equipo la hemos extremado al máximo». 
Los números lo dicen todo:2.800 litros de hipoclorito sódico, 810 litros de jabón desinfectante para las aceras y otros 200 litros para las calzadas... Una tarea intensa por toda la capital, desinfectada en su totalidad periódicamente en ciclos que se extendían durante una semana. 
El virus, matiza este joven profesional, se ha convertido en un factor de alto riesgo en su trabajo. Recuerda Adriá los contagios que se produjeron en los primeros días de la pandemia al atender a los accidentados en la carretera. Pero las experiencias más intensas han sido las emergencias para atender a todos los ancianos confinados y aislados de sus familias en sus casas, a los que han acudido a ayudar en los momentos más difíciles. También han encontrado fallecidos. Una mano amiga en la soledad del confinamiento ha puesto evidencia toda la carga humana y solidaria del trabajo de bombero, algo que a Adriá le satisface especialmente. Por encima de los especialistas están las personas, y en el Parque hay más de 90 buenas personas. 
«En este parque hay siempre muy buen rollo, hemos trabajado muy bien y siempre hemos estado donde se nos ha necesitado en estos meses tan difíciles. De este 2020 vamos a aprender muchas cosas, especialmente muchas medidas de prevención: tenemos que convivir con más seguridad entre nosotros y apagar los fuegos diferentes que nos han tocado apagar». 

 

José Ramón Trespaderne| Enfermero de Urgencias del HUBU. «Nunca fuimos héroes, solo hicimos nuestro trabajo lo mejor posible»

Lleva más de dos décadas trabajando en el servicio de Urgencias del Hospital Universitario de Burgos (HUBU) y ha visto de todo. Pero nada, por supuesto, que se acercara ni mínimamente a lo que empezó a principios de marzo de este año que se acaba por fin: «Era impresionante lo que ocurrió en aquellos momentos y nos hizo sentir mucha impotencia a todos los que trabajamos allí porque es que casi no podías hacer nada por muchos de los enfermos que acudían a nosotros. Nos llamaba la atención, sobre todo, lo rápidamente que empeoraban los pacientes que llegaban con covid: Es que estabas hablando con ellos y, de repente, se ponían malísimos y algunos terminaban falleciendo, no les daba tiempo a despedirse ni a ti te daba tiempo a preparar a la familia, que te decían ‘pero qué ha pasado, si acabo de traer a mi padre...’. Era tremendo y eso causó un gran desgaste emocional entre los sanitarios, casi más que el físico, que fue también muy grande porque hubo gente doblando turnos y trabajar con el equipo de protección individual, el conocido como EPI, es muy costoso, se pasa mucho calor, se pierde la sensibilidad con el doble guante...».   
Aun así, José Ramón Trespaderne se quita rápidamente la etiqueta de héroes y heroínas que, al menos en el principio de la primera ola de la pandemia, se puso a los sanitarios, a los que después, incluso, se les ha denostado. «Nosotros nos somos héroes, nunca lo fuimos, solo hicimos nuestro trabajo, que es lo que nos tocaba en ese momento, lo mejor posible», asegura, y añade que quizás hubiera sido mejor que se dieran menos aplausos en los principios de la pandemia y se respetaran más, ahora en la segunda ola, las medidas de seguridad, ya que cada vez que ve una calle o una terraza atestadas de gente se indigna porque eso significa -y la realidad lo ha demostrado ya muchas veces- que el número de contagios va a crecer y, con ellos, el de hospitalizados y fallecidos. 
Después de aquel primer momento de llegada masiva de personas a urgencias con la nueva enfermedad provocada por un virus tan desconocido, llegó una segunda fase en la que nadie aparecía por allí, que casi no había pacientes. Ni los que estaban más malos: «Cuando la gente tuvo conciencia de lo que realmente significaba el coronavirus y su alta tasa de contagio dejó de ir al hospital de una forma radical y eso significó que al servicio de Urgencias no venían ni los que estaban más graves. En aquellos días vimos infartos, ictus, insuficiencias respiratorias y otras patologías totalmente sobrepasadas porque los pacientes tenían miedo a contagiarse y a pesar de que notaban síntomas no se animaban a venir. Esto significó que cuando por fin llegaban estaban muchísimo peor y costaba mucho más remontar porque presentaban cuadros muy complejos».

 

Marcos Corada| Empresario hostelero. «Sin ayudas, pequeños empresarios como yo nos iremos al garete».

Marcos Corada estaba a punto de abrir su tercer hotel en la ciudad cuando el virus llegó para detener el latido cotidiano y condicionar nuestras vidas. Su sector ha sido uno de los más castigados. Fue un golpe brutal para este valiente emprendedor, propietario de los hoteles Cuéntame de Parralillos y La Puebla. «Fue un desastre total. Tenía previsto abrir a finales de marzo el tercer hotel -Cuéntame Evolución- en la calle Santa Clara. Íbamos a pasar a tener diecinueve empleados. Y ahora mismo tenemos nueve. Y todos en ERTE».
No sólo no pudo abrir ese tercer hotel: el de La Puebla tuvo que cerrarlo. Mantuvo el de Parralillos «trabajando con las siete habitaciones que tenemos y dando comidas y cenas a las personas alojadas». Pese a ser un año negro que todo el mundo está deseando olvidar, y por más que esta pesadilla parezca no tener fin, Marcos tiene esperanza en el futuro. «Espero que para febrero o marzo la situación haya mejorado y podamos abrir los tres hoteles». Admite que durante la primera ola sintió miedo por la salud, no tanto por su negocio. «Nunca he tenido miedo en montar negocios y que me vayan mal. Nos caeremos pero habrá que levantarse», subraya. 
 Emocionalmente ha sido un año muy frustrante para Marcos Corada. «Ver que los políticos han sido incapaces de ponerse de acuerdo para salvar vidas, para salvar negocios... Para nada. Vale más un voto que un trabajo. Ahora mismo la hostelería necesita ayudas directas para crear empleo. Y si no se hace, el país no va a progresar. Sin ayudas, pequeños empresarios como yo nos iremos al garete después de veinte años de trabajo», concluye.

 

Inma Moreno| Trabajadora estación de servicio.  «Ha sido muy triste y muy duro trabajar en una ciudad fantasma»

Desde el principio fue complicado, explica Inma Moreno, trabajadora de la estación de servicio de La Castellana. «Esos primeros días, esas primeras semanas, sólo escuchabas que te morías, que la gente se contagiaba muy rápido... Y claro, nosotros estamos cara al público. Había mucho miedo en el ambiente...». Al cabo, consiguieron que los clientes no necesitaran entrar para hacer su trabajo y esa sensación de miedo e inseguridad se fue atenuando. «Entonces trabajamos por ventanilla, de otra manera, acondicionando la estación para que la gente pudiera ver los productos que tenemos. Y, en general, la gente se comportó bastante bien», explica. No olvidará nunca lo que vio día tras día tras las ventanas: «Una ciudad fantasma. Sólo veíamos pasar ambulancias, policía, ejército, coches fúnebres... Muy triste y muy duro. Una ciudad desolada. No veías un alma», apunta emocionada. «Y la gente que venía a comprar lo hacía muy asustada», apostilla. Le ha quedado grabado a Inma la cantidad de coches fúnebres que paraban en la estación a repostar, y sus conductores a tomar un café «y que venían a incinerar cadáveres aquí porque en Madrid no daban abasto. Eso muy poca gente lo ha visto o lo conoce. Y fue muy duro, porque te contaban o les oías hablar... Tremendo.Aún me emociono». 
Sintió, también, orgullo de haber estado a pie del cañón. Porque muchos clientes le han mostrado a ella y a sus compañeros su agradecimiento en forma hasta de cartas y regalos. Había quienes temían entrar a un supermercado y se acercaban a la estación a hacer la compra, que ellos les preparaban con mimo. Pero Inma es optimista. «Con lo duro que ha sido, espero un año que viene mejor. Esto pasará».

 

Soraya del Val| Quiosquera. «La gente se ha portado muy bien, nos ha apoyado y dado cariño»

Dice Soraya del Val, que regenta un quiosco de prensa en la avenida del Cid, que los primeros días del confinamiento lloró mucho. «Lo pasé fatal. Esa sensación de no saber bien qué es lo que pasa... Salía de casa, las calles completamente vacías... La incertidumbre de tener que trabajar sin mascarilla, sin guantes, sin gel, gestionándote tú todo... Pero la gente se ha portado muy bien, nos ha respondido muy bien, nos ha apoyado muchísimo, nos han dado mucho cariño. Tengo una clientela estupenda. Fabulosa. Y siempre, siempre, nos han dado las gracias por estar ahí al pie del cañón», explica hablando en plural porque su hermana Raquel le ha estado echando una mano.
Reconoce que sus clientes han sido lo mejor de esta traumática experiencia. Es más: durante las semanas más duras comenzó a frecuentar el quiosco más gente de lo habitual, ávida por informarse. «Nosotros hemos vendido bien. Y la gente compraba más de un periódico, creo que porque todos sentíamos que no sabíamos muy bien qué pasaba, cómo estaba cambiando nuestro mundo. Creo que la gente percibió la necesidad de informarse más. Ahora es diferente. Sigue habiendo mucha información pero parece que es más contradictoria. No olvidará nunca Soraya del Val la inquietante sen  sación de no ver a nadie por la calle durante días, daba igual a las seis y media de la mañana, cuando abre su quiosco, que a las doce del mediodía.«Daba miedo. No había gente, no había coches... Una sensación de que se había parado el mundo». Le reconfortó estar dando un servicio esencial, y más aún con la excelente respuesta de su clientela. «Nos han dado muchos ánimos y nos han animado a seguir. Y a los clientes mayores les hemos llevado la prensa a casa».

 

Arturo Esteban| Profesor de Primaria. «Los niños nos han enseñado mucho, han sido un ejemplo, un orgullo»

Profe de Primaria en el colegio Niño Jesús, admite que nunca pudo imaginar que sucediera lo que sucedió. «Fue un bofetón de realidad de la noche a la mañana. De un día para otro tuvimos que cambiar el chip, la forma de trabajar: plataformas, videoconferencias... Y la verdad es que costó mucho.Porque todos tuvimos que aprender y acostumbrarnos. Nuestro un día a día era con los chavales, con una relación cercana. Así que esto creó un montó de sentimientos que se acumulaban: dudas, miedos, tristeza, incertidumbre». El curso terminó sin regresar a las aulas. Llegó el verano. Y en septiembre, vuelta al cole. «El primer día fue como una película: los pobres críos con la mascarilla, la distancia de seguridad... Volver a estar con ellos, con los compañeros, fue una alegría, pero enseguida también la pena por verles con la mascarilla, con todas las medidas estrictas: geles, distancias... Para mí es duro no ver en sus caras las emociones, las expresiones... Y también tienes miedo, porque puedes contagiarte y llevarlo a tu casa, o ser tú quien contagie a alguno de los niños. Y hay que trabajar así, dar los contenidos, aunque creo que hemos priorizado y lo más importante ha sido trabajar para que se sientan bien, contentos, cómodos, y no asustados».
Pero, por encima de todo, Arturo saca un conclusión bien hermosa: la de orgullo por los niños. «Nos han enseñado mucho: responsabilidad, capacidad de adaptación, paciencia, siguen aprendiendo todos los días y aprovechando todo lo nuevo que les ha tocado vivir». Por eso encara el futuro con esperanza: de que todo vuelva a ser como antes «y hayamos aprendido algo de todo esto».

 

Rocío Marín Alonso| Tendera de alimentación. «Me salía del corazón llevar el pan a los mayores a casa»

La Despensa de Rocío ha estado abierta -las mañanas de lunes a sábados- a lo largo de todo el año de la pandemia, sin interrupciones, con todos los inconvenientes, incertidumbres y riesgos para la salud de quien da nombre a este pequeño negocio ubicado en una esquina de la calle Diego Laínez, en Los Vadillos. Estamos ante uno de los numerosos ultramarinos de barrio que han abastecido a la población en los momentos más difíciles del confinamiento en los hogares, un singular ejército de pequeños autónomos que ha desarrollado un trabajo extraordinario, esencial y solidario. Gracias a todos ellos por un esfuerzo inmenso y muchas veces muy poco reconocido.
Rocío vende fruta, pan y embutido a corte, entre otras muchas cosas, desde hace siete años en Diego Laínez y su clientela es muy variada, aunque entre ella abundan los más mayores. «Madrugo todos los días a las seis de la mañana para ir a comprar en el mercado de frutas y verduras de Villafría y, después de toda la jornada metida en la tienda, me he dedicado a llevar pedidos a los más ancianos, a cambio de nada y aunque solo fuese media barra...».
Esta tendera da una explicación sincera a esta forma de trabajar: «Me salía del corazón. Sabía que no podían salir de casa, que tenían miedo y por eso hacía este esfuerzo y les dejaba en la puerta el pedido. Tengo dos hijos y esta crisis sanitaria te hace ver las cosas de otra manera: no somos nada, hoy estás aquí y mañana...». 
Afortunadamente, no ha tenido problemas de contagio y los clientes atendidos mantienen la salud. «Tengo dolores en un brazo, será de llevar tanto peso de un lado para otro», dice con su sonrisa permanente. 
Todo este esfuerzo personal y anónimo no ha pasado desapercibido en el barrio de Vadillos. Poco a poco, La Despensa de Rocío ha ido ganando clientela y, «sin tirar cohetes», puede seguir prosperando teniendo un Mercadona a escasos metros de su puerta. De hecho, el supermercado estuvo en obras en agosto por lo que este año no ha habido vacaciones para Rocío. 
«La gente se ha dado cuenta de que yo soy así, de que también haces las cosas de mil amores. Hoy por ti y mañana por mí».

 

Ricardo Pérez Gómez| Policía Nacional. «Los ancianos son también los más agradecidos»

Los hay que recriminan a la Policía porque les sanciona cuando incumple las normas y los hay que, en agradecimiento a su labor humanitaria, llevan pasteles, bombones y galletas caseras a la Comisaría de la avenida de Castilla y León.  
Al subinspector Ricardo Pérez no se le olvidarán las situaciones difíciles que ha vivido, pero tampoco el agradecimiento sincero, «sobre todo de las personas mayores», que han sabido apreciar el trabajo solidario desarrollado por la Policía Nacional en estos meses.
«Antes se nos relacionaba siempre con el control de la delincuencia y en eso consistía principalmente nuestro trabajo, ahora somos más servicio público», subraya. Y justo en esta faceta es cuando más se topan con los mayores que están más solos, que reciben menos visitas y a los que «se les nota la tristeza porque están sufriendo mucho». Ellos son también los que devuelven el gesto a los agentes tratando de endulzarles un servicio con dulces hechos o comprados expresamente pensando en ellos.
A dos generaciones de distancia de sus abuelos, los jóvenes suelen ser los más díscolos, pero entiende el subinspector que forma parte de su idiosincrasia generacional. «No es que nos pongan problemas especiales, pero los jóvenes están en una edad de salir y alternar, es nuestra cultura y también ellos son los que menos conciencia tienen de la enfermedad, aunque esto ha ido mejorando porque ven que los padres o los abuelos son los que más riegos y pérdidas están teniendo con la covid».
Por eso insiste en que los malos momentos en la calle son una minoría y en que un alto porcentaje de los ciudadanos apoya y comprende la labor policial. Como en Gamonal, cuando en la noche de los disturbios en la calle Vitoria en protesta por las restricciones de la pandemia «fueron los propios vecinos los que salieron a las ventanas a recriminar su actitud a los descontrolados. Se nos fue un poco de las manos, no esperábamos aquello y era gente que se dejó llevar por la masa, pero estoy seguro de que no se va a volver a repetir y no se puede estigmatizar al barrio».

 

Gonzalo Miñón| Taxista. 

«Marzo nos pegó un bofetón a todos.Cambió el status quo del trabajo, de la sociedad, de la vida», asegura Gonzalo Miñón, taxista desde hace casi una década. «Nos fuimos adaptando día a día a las necesidades que el servicio demandaba. Y creo que a todo el sector nos queda el orgullo de que, en momentos tan complicados como los que hemos vivido, esa pequeña luz verde que llevamos en el techo era también de esperanza: personas que lo estaban pasando mal por afectación directa de la enfermedad, o de búsqueda de resultados o porque tenían familiares enfermos, encontraban un taxi a cualquier hora del día y de la noche. Creo que a todo el colectivo nos llena de orgullo. Es encomiable la labor de los 186 profesionales de Burgos, no hemos aflojado en ningún momento. Y no nos hemos parado a pensar en nada más: hemos hecho lo que se nos demandaba. Y siempre te queda la duda de pensar que podías contagiarte y llevar la enfermedad a casa».
Pero no pensó mucho en ello. «Al final, te mides con el resto de la sociedad. Ves que otros colectivos están dándolo todo y te vuelcas, porque nuestro colectivo es útil para la sociedad. Todos los compañeros han estado a la altura. Esta ciudad se merecía que estuviéramos ahí, en cualquier momento, a cualquier hora. Creo que todos hemos considerado que teníamos que estar a la altura». Admite Gonzalo Miñón que ha tenido que ejercer  de confidente y psicólogo de muchos clientes que iban camino de una PCR y que casi se disculpaban por ello. «Y ahí hemos estado, dando unas palabras de ánimo. Les veías agobiados. Pero estábamos para eso. Todos hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano. Y siendo conscientes de que la caída del negocio ha sido brutal. Hubo momentos muy complicados teniendo que hacer frente a gastos sin apenas ingresos.Pero creo que hemos sabido amoldarnos a los momentos tan especiales que nos ha tocado vivir. Y que la respuesta del sector del taxi ha sido la correcta. Y, como sociedad, si no salimos mejores, espero que por lo menos hayamos aprendido a ser solidarios», apostilla.