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"El pollo ha tenido mala fama siempre. Como que lo regalan"

PATRICIA CORRAL PÁRAMO
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Retratos del Burgos olvidado (XVIII) | Carlos García Martínez, criador de pollos y expresidente de la Cooperativa Avícola, habla del mundo rural y de su trayectoria

Carlos García Martínez, criador de pollos en Renuncio y constructor de belenes. - Foto: Valdivielso

En el exterior 12 grados y una sensación térmica no superior a 6, debido a rachas de viento norte de hasta 40 kilómetros por hora que barren las partículas en suspensión de polvo sahariano, la calima que le dicen los canarios. En el interior, una temperatura más propia de las Islas Afortunadas: 32,6º, que en vez de aplatanar a esas criaturitas amarillas les dan la vida. Quien tenga entre 40 y 55 años, además ser candidato a recibir la vacuna de Astra Zeneca, habrá salido alguna vez del recinto de El Parral el día del Curpillos con un pollito recién nacido entre las manos. Multiplique por 70.000 y sabrá lo que entra cada 90 días en la explotación avícola que Carlos García tiene en Renuncio. 

Ante el cristal de una de las 3 naves en la que se reparten las crías cobra sentido la expresión ‘como pollo sin cabeza’. Van y vienen, del comedero al bebedero, y de ahí a dar vueltas sin ton ni son, hasta el punto de que el productor debe andar casi de puntillas para no aplastar a 3 de una pisada. En su primer día de vida solo han aprendido que la voz que proviene de él y del fotógrafo nada tiene de familiar, porque a su llegada, se juntaban alrededor de quien hablase con la esperanza de reencontrar a su madre.

El 25% de estos alegres y despreocupados polluelos dentro de un mes estarán camino del matadero, como pollos asaderos. El resto tardarán unos 15 días más en correr la misma suerte, aunque como aves enteras o por piezas. «Alguno me pregunta: ¿Le echas hormonas a los pollos? Pero qué dices, por favor, eso de las hormonas y esas cosas no se hacen», apunta García, que asume la «mala fama» que ha tenido el pollo en algunas temporadas y culpa en parte a las grandes superficies, que lo han convertido en poco más que el mechero que te llevas con el cartón de tabaco en el estanco. «El pollo siempre ha estado un poco desprestigiado. Siempre con esa oferta, parece que era el gancho de los supermercados. Te regalo o pollo o huevos», se lamenta, para insistir en que no hay alimento más sano, pues su alimentación está «totalmente controlada. El pollo come trigo, maíz, soja, meteonina, lisina y una serie de vitaminas que necesita para reforzar los huesos», sostiene, para un rato después, reconocer que a él guisado no le hace gracia. «Lo suelo comer asadito y a veces algún muslo».

"El pollo ha tenido mala fama siempre. Como que lo regalan" - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Por esta granja, entre el alto de Villalbilla y Renuncio, pasan 350.000 pollitos al año, en 5 ciclos. Antes eran más, pero han tenido que espaciarlos, para ajustarse a la demanda actual. ‘Es el mercado, amigo’, que diría Rato. Después de despedirlos camino del matadero, dedican al menos 3 semanas a desinfectar las instalaciones, casi más que el tiempo necesario para criarlos.

«En ganadería son muy importantes 4 cosas: la genética, cada vez los genetistas hacen animales más resistentes, mejores; la alimentación, que la tenemos controlada, eso de echar antibióticos está totalmente prohibido; las instalaciones, buena calefacción, buena ventilación, y agua; y el manejo, es muy importante el propio ganadero. Hay que intentar hacer bien las cosas. Yo te he visto que para poner dos fotos has hecho 40», le espeta a Miguel Ángel Valdivielso, al que un goterón le recorre el rostro hasta encallar en la mascarilla, tras salir del infierno a 32,6 grados.

Asegura García que nunca ha tenido protestas de animalistas ni de vecinos en sus instalaciones, que además son  la base de la famosa estación meteorológica de Renuncio, que desde hace 15 años, consultan cada jornada más de 1.000 personas -«Daniel Angulo entra todos los días», presume ufano- y que con la llegada de Filomena batió su récord con 30.000 visitas en una jornada. Carlos asegura que esa afición es de su hijo y que como por ellos uno hace lo que sea, tiene tantos aparatos que parece que va a lanzar una sonda a Marte.

Del mismo modo se dejó llevar, dice, hacia los cargos que ha ostentado. Presidente de la Cooperativa Avícola, concejal de Villalbilla durante 3 legislaturas, vocal de la Cámara de Comercio, miembro de la Agraria, de Caja Rural...  «Si puedo colaborar, ayudar y echar una mano, la echo en lo que sea.Siempre me han visto buena voluntad de solucionar problemas» y han tocado a la puerta de su criadero. «He dejado muchísimas veces mis pollos y mis cosas por atender cosas del ayuntamiento. Pero... también me ha gustado un poco. Me ha aportado mucha experiencia relacionarme con todos», apostilla.

De lo que aún no se ha recuperado es del desdichado final de la Avícola, en sus últimos estertores. Para «ha sido mí lo más doloroso. Para mí y para todos los socios». Llegaron a depender de ella 800 familias. Era una cooperativa muy querida, en Burgos se nos conocía mucho, por nuestras tiendas, vendíamos nuestros productos, de Burgos y por Burgos nada menos que 72 años», añade.

Pese al batacazo de la Avícola, García sostiene que es un modelo viable. «Yo creo en las cooperativas, pero las cooperativas agrarias son difíciles de llevar porque la gente del medio rural es compleja. Las agrarias son un poco más difíciles, la gente del medio rural, con todo el respeto, no se fía mucho, se cree que le estás engañando», recalca.

También tiene fe en el futuro de la ganadería, al menos la avícola, pero no tanto en el de los pueblos. «Pueden venir 2 o 3 familias pero no van a crecer. ¿Qué pongo en el pueblo? Qué hago? Aquí tenemos fibra óptica. ¿Y qué? Las compañías van buscando otras ventajas», sostiene él, que conoce bien la provincia, pues como mecánico de formación la recorrió durante su primer trabajo en una empresa que vendía maquinaria y tractores para viñedos.

A Carlos, que aún habla del precio del pollo en pesetas, le sobran las excusas para no pensar en el retiro -«soy un jubilado activo»- ni en la venta de la granja, pese a que sus vástagos ya le han dejado claro que no continuarán, aunque no tiene más aficiones que el periódico, el Belén que hasta el Arzobispado le ha ofrecido sacar de Renuncio -aunque él se haya mantenido inquebrantable pese a su fe católica- y la estación meteorológica. No es mucho de mirar los datos pero empezó a sospechar algo sobre el cambio climático el día que se le achicharró una remesa de pollos que ya estaban grandes, con 36 grados en la calle. «No tan rápido como a veces se dice pero está cambiando», asume.