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El centro

MARTÍN G. BARBADILLO
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"En mi paseo he descubierto algo que, incomprensiblemente, no aparece en ninguna guía: el centro es una continua sucesión de miradores, esas galerías blancas que, a modo de balcón, llenan las fachadas de muchísimos edificios"

Balcones en la plaza del Mío Cid. - Foto: Patricia

¿Qué es? La parte antigua, histórica y, obviamente, céntrica de la ciudad.

Edad. Burgos fue fundado en el 884, pero la mayoría de las construcciones de esta zona fueron levantadas en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX.

¡El meollo de la ciudad! Sí, pero voy a serte sincero para empezar: parafraseando a Serrat en su canción Cada loco con su tema, a mí "me privan más los barrios que el centro de la ciudad". Dicho esto, me despojo de mis prejuicios y vamos al asunto.

El centro lo conozco. Como todo el mundo, y ese es el problema. De tanto verlo, y tenerlo interiorizado, uno ni se fija. Por eso, he hecho un experimento: lo he recorrido como si fuese un turista de, pongamos, Guadalajara, al que le han regalado una de esas cajas que incluyen una noche de hotel y desayuno y que hubiese escogido Burgos abriendo una página del folleto al azar.

¿Y qué te ha parecido? Bueno, la verdad es que es agradable pasearlo. El centro (histórico-turístico) de la ciudad no tiene unos límites exactos, pero se podría decir que abarca desde San Lesmes hasta La Isla, siempre por la margen derecha del Arlanzón. No es muy grande, pero vas encadenando pasos por calles casi todas peatonalizadas. La primera impresión, como supuesto tipo de Guadalajara que soy, gusta y además sorprende.

Me alegro. Evidentemente, hay que estar predispuesto. Para enterarte de algo debes alzar la cabeza, girarla a los lados y apartar la mirada del suelo o el móvil.

Te has metido en el papel de turista. ¿Y qué has visto? No vamos a insistir en los monumentos conocidos, a los que ya hemos dedicado conversaciones pasadas, sino que miraremos a lo menos obvio. En mi paseo he descubierto algo que, incomprensiblemente, no aparece en ninguna guía: el centro es una continua sucesión de miradores.

¿De qué? Se trata de esas galerías blancas que, a modo de balcón, llenan las fachadas de muchísimos edificios, uno detrás de otro, como sucede en otras ciudades del norte como Santander, Coruña o Vitoria. Realmente son lo que marca la personalidad de la zona, pero parece que nadie se ha dado cuenta. Es curioso, porque se llaman miradores pero no he visto a nadie asomado a ninguno echando un vistazo a la vida desde esa atalaya. Y pocas cosas hay tan interesantes como ver gente pasar, o será que tengo alma de voyeur.

Si no se usan para otear, ¿qué sentido tienen? Pues justamente el inverso, para ser mirados. Son estrechísimos; yo calculo que no llegan al metro, pero muchos están puestos como si fuesen un escaparate: dos pequeñas sillas, una mesa en el centro con algo encima para decorar; todo simétrico y colocadísimo. Esto último es uno de los inconvenientes que el turista inquieto puede ver al conjunto del centro.

¿El qué? Que todo esté, precisamente, demasiado colocado, muy bien puesto. Me explico: todo el centro está muy reformado y aseadito, que es lo suyo, pero se pierde un poco la esencia y le da un tono de teatrillo. Por ejemplo, muchos de los miradores originales de madera han sido remplazados por otros de aluminio, que es parecido pero no igual. No digo que estaría todo mejor hecho unos zorros, pero un punto intermedio como sucede en Oporto a mí me gusta más.

¿Y qué se puede hacer en la zona? Básicamente lo mismo que en el centro de todas las ciudades hoy día: pasear, tomar algo y picotear pinchos en locales modernos o comer en un restaurante cool; ir de compras a tiendas, casi todas de cadenas, o ver y ser visto.

¿Cómo es la fauna, humana, se entiende? Depende del momento. A diario, no está muy concurrido, la verdad. Los fines de semana se anima y, como me habían contado otros turistas, existe un cierto código de vestimenta.

¿Cuál? Mucha gente se viste de domingo, sunday best, que dicen en Inglaterra. Y lo hacen a la manera clásica, con ese concepto de elegancia antigua, que quizás en ciudades más grandes ha desaparecido. Aquí ir al centro sigue siendo un rito y tiene su uniforme.

Dejaré el chándal en casa. Y, ya vestido apropiadamente, ¿qué más puedo ver? Ya te he dicho que es muy abarcable. Te recomiendo que te lo patees sin rumbo y disfrutes de lo que se ponga delante, mirando siempre para arriba. Llegarás al Espolón y al Paseo de la Audiencia, que son más miradores pero todo de primera división: casas de piedra, hermosas puertas de madera, tejados negros parisinos en algunas, elementos escultóricos en las fachadas... Alcanzarás igualmente a la Plaza Mayor, que curiosamente es una isla libre de miradores; no tiene ni uno. Callejeando, toparás con San Lorenzo, vía estrechísima y vital, o con la Llana de Adentro, una plaza empedrada a la que se puede acceder por un pasadizo. Y hay más.

Sorpréndeme. Si ya te has cansado de miradores, puedes buscar algunas joyas para paladares exquisitos. Me refiero a arquitectura posterior que nos puede parecer bien o mal que esté en este entorno, pero que ahí se alza y tiene algunos ejemplos magníficos. Te recomiendo el Edificio Castilla, en forma de colmena, en Aparicio y Ruiz, y mi favorito: los antiguos Almacenes Campo, un fabuloso gigante de cristal en curva, en una esquina de la Plaza Mayor, que sigue pareciendo modernísimo pero lleva décadas sin uso. En cualquier otro lugar, con esa ubicación, sería cualquier cosa. Es, si te fijas bien, un gran mirador. Todo cuadra.

Si quieres parecer integrado. Ya te expliqué, respeta el código de vestimenta.

Nunca, nunca, nunca... Pidas un pincho de chorizo a palo seco en los locales del centro; ahora van de otra cosa.