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La increíble odisea de la Virgen de las Batallas

R. PÉREZ BARREDO
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La talla románica procedente de San Pedro de Arlanza reapareció hace 25 años como una de las piezas estrella de una subasta en Sotheby's de Nueva York. Nadie alcanzó la cifra que querían sus dueños y al final la compró el Estado español

La talla se exhibe en el Museo de Burgos aunque es propiedad del Museo del Prado. - Foto: DB

Ríanse ustedes de Ulises y sus avatares en La Odisea. Ahí tienen a la Virgen de las Batallas. Como ella, ninguna. Como si, en el apellido, hubiese llevado escrito su destino desde que fuera tallada en Limoges en el siglo XIII. Hace ahora 25 años que esa efigie románica se convirtió en la pieza estrella de una subasta de obras de arte de la Casa Sotheby's en... ¡Nueva York! ¿Y cómo acaba una maravillosa, delicada y casi única obra de arte creada en un taller del sur de Francia y venerada durante siglos en el monasterio de San Pedro de Arlanza de Burgos, en la ciudad más importate del mundo? Acaso la odisea de esta figura elaborada con placas de cobre dorado, adornadas con esmaltes y aplicaciones de gemas, se iniciara a partir de la leyenda. No hay nada como un mito para que éste se retroalimente a través de los siglos. Y crezca.

No en vano, se conoce a la talla con el nombre de Virgen de las Batallas porque se cuenta que Fernán González, primer conde de Castilla, la portaba en todos los combates en los que participó y de los que salió victorioso (según la leyenda, porque gozaba de la protección divina de esa virgen). Es de todo punto imposible, ya que el Buen Conde vivió en el siglo X y la escultura es del XIII. Sí que se es de todo punto cierto que desde su confección pasó al cenobio benedictino burgalés, donde permaneció durante muchos siglos, exactamente hasta el convulso XIX. Como se sabe, las desamortizaciones hicieron que muchos conjuntos monásticos fueran saqueados impunemente, y muchas de sus más valiosas piezas trasladadas a otros lugares o vendidas al mejor postor.

Con la Virgen de la Batallas sucedió así. Para salvarla del expolio, fue llevada al Palacio Arzobispal en 1836. Por qué salió de allí y acabó en Sevilla no sabe, pero lo cierto es que estuvo en la colección del deán de la catedral de la capital hispalense hasta 1878, año en el que la talla románica cambió a las manos de Antonio de Orleáns, duque de Monstpensier, que tenía residencia en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda y era un gran coleccionista de arte. Tras su fallecimiento en 1890, la talla que había sido venerada en San Pedro de Arlanza pasó a manos de su hijo, también llamado Antonio de Orleáns, a la sazón duque de Galliera, quien termino por deshacerse de ella y vendérsela al coleccionista francés Aimé Desmottes, con residencia en París y gran coleccionista de arte medieal.

Según el Museo del Prado, actual propietario de la talla, pasó después a manos de la colección de la baronesa Kerchove, con sede en Nueva York. Y que permaneció en tan babélica ciudad unos años y en otras colecciones: la de Joseph Brummer, comerciante y coleccionista de arte nacido en Hungría, en la Galería Parke Bernet, donde fue adquirida en 1951 por la colección Paula de Königsberg, recalando la delicada efigie mariana en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Se sabe que en 1955 estaba de vuelta en Nueva York, pero que volvería a cruzar el océano Atlántico para regresar a Europa: así, desde mediados de los 50 y hasta 1971 integró la rica colección Kofler-Truniger, de Lucerna, Suiza.

Otro gran coleccionista de origen húngaro, Edmund de Unger, la adquirió para que formara parte de su colección particular, The Keir Collection, con sede en Londres. En la capital británica estuvo la Virgen de las Batallas hasta 1997, en que apareció en el catálogo de la Casa de Subastas Sotheby's de Nueva York con un precio de salida de 350 millones de pesetas. Como en la puja no se alcanzó la cifra que querían los propietarios (en torno a 700 millones de pesetas), el Ministerio de Cultura inició la gestiones para tratar de comprarla y recuperarla. Y así fue. En 1998, la Virgen de las Batallas regresaba a España. Aunque propiedad del Museo del Prado, se exhibe en el Museo de Burgos, siendo una de sus joyas más valiosas.

Características. Esta escultura sedente presenta a la Virgen con el niño Jesús en el regazo, con acusada frontalidad. El trono en el que se asienta se decora, en sus apoyos laterales, con la escena de la Anunciación en esmalte: a un lado la Virgen y al otro el arcángel San Gabriel. Un hueco en la parte posterior cumplía la función de relicario. Responde al modelo iconográfico de Virgen como sedes sapientiae, es decir, "trono o sede de sabiduría". El Niño, que es la figura central y principal que encierra en sí la Sabiduría Sagrada, muestra una actitud de bendecir, lleva el Libro de las Revelaciones y en su corona aparece el símbolo de la Cruz. Está elaborada con placas de cobre dorado, adornadas con esmaltes y aplicaciones de gemas.