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«Hay que expresar con lo menos, lo más»

R.P.B.
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Hace ahora 40 años que Juan de Ávalos remató su escultura del conde Diego Porcelos, hoy en el destierro de la plaza de Santa Teresa

Cuidó hasta el último detalle - Foto: FEDE

Tuvo ambición la ciudad de Burgos cuando, con el horizonte de su mil cien aniversario, pensó en uno de los escultores más importantes para que fuese quien erigiera una escultura al fundador de la Cabeza de Castilla, aquel conde Diego Porcelos que quiso repoblar el Valle de las Flores. Así, hace ahora cuarenta años Juan de Ávalos, uno de los más eminentes escultores de la segunda mitad del siglo XX (autor, entre otras obras, de las imponentes esculturas de los evangelistas del Valle de los Caídos) se hallaba rematando la obra, y este periódico le visitó en ese trance último, cuando la escultura ya estaba modelada casi por completo en barro. Cinco mil kilos de barro. El artista ofreció su magisterio explicando cómo y por qué había concebido así un monumento llamado a honrar a un personaje histórico. Y en su exposición deja en entredicho la incomprensible decisión que, décadas después, se adoptó al trasladar -desterrar- a Diego Porcelos del espacio para el que fue concebida su efigie a otro en el que pinta entre poco y nada.

«Cuando recibo un encargo de este carácter medito lo que se puede hacer para acertar en función de lo que simboliza el personaje y a lo que obliga la coordinación de la escultura con el lugar de su emplazamiento, en este caso una antigua plaza castellana, de características muy especiales y que nos obligará a sobredimensionar la obra.Es un paisaje de entorno urbano que pide algo clásico», explicó de entrada el artista. Ávalos no llegó a saber que tras décadas ubicada en la plaza de San Juan, espacio para el que fue concebida, la escultura fue 'desterrada' a otro espacio : el entorno de la plaza de Santa Teresa, donde se encuentra fuera de lugar.Esto es, no es el espacio para el que fue creada. Se hubiera irritado Ávalos. Y con razón.

«El monumento quiere perpetuar el acto histórico de la fundación de Burgos con ese noble ademán del conde don Diego, al que vemos representado en la figura de un hombre de juventud madura y gallarda presencia, cabeza descubierta, vestido de clásica túnica protegida de discos unidos entre sí en lugar de cota de malla, según costumbre del Alto Medievo, jinete erguido sobre los estribos del caballo -ejemplar idealizado entre español y árabe-, un caballo en actitud de súbita parada y de sorpresa, como notando que algo importante intuye», iba describiendo Ávalos, quien subrayó el porqué de la desnudez de la montura de esta manera: «En lugar de acomodos supérfluos y elementos recargados impropios de una época en la que algunos aseguran que los jinetes cabalgaban a pelo, el nuestro emplea una silla de lo más simple, casi ortopédico, que es la que se llevaba en su tiempo».

Y habló el artista de la actitud del personaje así: «Se le ve que afirma el dominio de su voluntad pobladora de lo que será embrión de Castilla y por eso escruta la línea del horizonte vislumbrador de la llanura y levanta con su mano derecha el Pendón de Burgos como marcando el punto fundacional de la ciudad, mientras que porta el yelmo con la izquierda». Dejó alguna perla más en la visita que el redactor Calleja y Fede realizaron al taller estudio que Ávalos tenía en el céntrico Paseo de La Habana de Madrid: «Hay que expresar con lo menos lo más, quitar lo superfluo.Lo que distingue al ejecutor de una obra escultórica es su expresión limpia, clara y sencilla».

El reputado escultor recibió a Diario de Burgos cuando estaba en plena acción. El reputado escultor recibió a Diario de Burgos cuando estaba en plena acción. - Foto: FEDEPocos meses después, la plaza de San Juan acogió la inauguración de la escultura, que se colocó sobre un pedestal de piedra de Hontoria. El conjunto escultórico fundido en bronce pesaba cuatro toneladas. Fueron necesarias varias horas para instalarlo. Este monumento, señaló el alcalde,José María Peña, venía a saldar una vieja deuda que tenía Burgos con su fundador. No había sido sencillo llegar hasta allí: en os prolegómenos de los fastos de ese mil cien aniversario se había convocado un concurso de ante proyectos al que concurrieron varios artistas, presidiendo el jurado el afamado escultor Pablo Serrano junto con otros catedráticos y expertos en Arte, pero se declaró desierto. Esto obligó al Ayuntamiento a hacer una convocatoria restringida, y de todos los trabajos que se llevaron a cabo y se presentaron ante la comisión ejecutiva se propuso a la Corporación y así se aprobó posteriormente el encargo del monumento del fundador de la Ciudad (también el de las Fuerzas Armadas de la plaza de España) al escultor Juan de Ávalos.

«Nos encontramos en un punto de exactitudes históricas y culturales sorprendentes: este mismo suelo, que hoy llamamos Plaza de San Juan, fue y es Camino auténtico de Santiago o nervio de la unidad de Europa, es foro de cultura centenaría y es centro de caridad y de fe cristianas. La puerta de la ciudad y las portadas de la Casa de Cultura, de la parroquia de San Lesmes, del exmonasterio de San fuan y la del futuro Conservatorio de Música convierten este cruce en uno de los centros más sensibles de la vida burgalesa. Precisamente por esta variada y fundamental condición ha parecido de estricta y elemental justicia el, sobre pedestal de piedra de Hontoria, la talla en bronce de caballo del hombre que hizo posible que Burgos fuera Burgos y que el cauce de la historia se abriera: para la ciudad a lo largo de sus primeros once siglos. Porque a la intuición del conde Diego se debe el asentamiento de un embrión urbano que ha crecido al compás de los tiempos y ha llegado a poseer un perímetro en el que nos albergamos, trabajamos y actuamos muchos millares de personas», proclamó solemne José María Peña San Martín.