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Una del Oeste

ROBERTO PERAL
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La película argentina 'Un lugar en el mundo', reflexiva y trepidante, tiene algo, o mucho, del brillo elegíaco de los mejores westerns

De izquierda a derecha, José Sacristán, Federico Luppi y Gastón Batyi, en un fotograma de ‘Un lugar en el mundo’ (Adolfo Aristarain, 1992).

Lo podemos ver estos días en el anuncio televisivo que promociona la ceremonia de entrega de los premios Goya que se celebrará dentro de un par de semanas en Valencia, pegando la hebra con el vecindario sobre las mejores películas españolas de 2021 mientras ayuda a preparar una paella o comparte un picoteo con el vecindario. A sus 84 castañas, José Sacristán está a punto de recibir honores por su brillante trayectoria cinematográfica, pero en el fondo sigue siendo el mismo actor de siempre: de cuerpo expresivo, flaco y menudo, todo nariz y dotado de una locuacidad singular decantada en su voz poderosa. Resulta complicado elegir uno solo de sus trabajos entre una larguísima filmografía: acaso el cómico de la legua descendiente de una estirpe de actores ambulantes de El viaje a ninguna parte, o el sanguíneo teniente republicano de La vaquilla, o el desdichado Martín Marco de La colmena, o quizá el abogado que se reencuentra con su amor de adolescencia en Asignatura pendiente. 

Si lo obligasen a elegir, uno se quedaría sin dudarlo con un film argentino conmovedor y humanísimo, reflexivo y trepidante a la vez, de hondas dimensiones éticas y algo, o mucho, del brillo elegíaco de los mejores westerns: Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristarain, una historia de amistad, aprendizaje y defensa de los propios ideales en la que el trabajo actoral de sus tres protagonistas, Federico Luppi, Cecilia Roth y José Sacristán, resulta tan formidable que el espectador se inmiscuye en sus vivencias hasta olvidar que se trata de simples personajes y cree respirar a su lado para sufrir y divertirse con ellos.

Toda la película está narrada a través de un largo flashback: Ernesto (Gastón Batyi) regresa al pueblo de la Argentina profunda donde transcurrió su infancia junto a sus padres, dos izquierdistas exiliados de la dictadura militar que regresan a su país para poner en marcha una humilde cooperativa campesina. Mario (Luppi), profesor de sociología, se encarga de dirigir la escuela local, mientras Ana, una médica atormentada por la «desaparición» de su hermano, atiende el consultorio. Comparten su vida con Nelda (Leonor Benedetto), una monja anticlerical que se niega a vestir el hábito, y con un grupo de ovejeros que defienden su modo de vida frente al terrateniente Andrada. A ellos se unirá, durante el invierno que rememora el ya adulto Ernesto, un geólogo español refractario al idealismo, Hans (Sacristán), que inspecciona en secreto la zona en la que se prevé construir una presa hidroeléctrica que anegará los terrenos de la cooperativa.

El film confronta el espíritu utópico que alienta el matrimonio argentino con el discurso de una época, los años 90, en la que las ideologías estaban bajo sospecha y el neoliberalismo proclamaba ufano el fin de la Historia. En ese sentido, Un lugar en el mundo es una película combativa, de innegable contenido político; y, sin embargo, en nada se parece a esas plomizas cintas de tesis que dos décadas antes hacían bostezar de tedio a los comunistas más disciplinados: se trata en realidad, como ya ha quedado dicho, de una espléndida película del Oeste, con ganaderos enfrentados al cacique local, un héroe solitario y honorable, el forastero que llega al pueblo y activa el conflicto y briosas galopadas en un paisaje de pitones rojizos que recuerda al Monument Valley del viejo John Ford. Singularmente fordiano es el conflicto que plantea el film entre tradición y progreso, expresado en la reiterada carrera entre el caballo que guía el niño Ernesto y el tren que llega los sábados al pueblo, y, por espigar otro ejemplo, la relación de admiración y cariño que se establece entre el muchacho y el geólogo nos hace evocar vivamente el argumento de Raíces profundas.

Junto a ello, la película despliega toda su potencia emocional gracias a que Aristarain, además de mostrar los ideales de los personajes, nos introduce en sus relaciones cotidianas para hacernos participar de sus ocupaciones laborales, de sus momentos de ocio y de unas comidas en las que surgen unas conversaciones prolijas, apasionadas y de notable densidad intelectual, escritas con pulso extraordinario e imprescindibles para comprender cabalmente una historia de esta naturaleza. Pero el director argentino no se limita a explicar a los protagonistas a través de los diálogos: la fuerza de la palabra se conjuga con la intensidad de ciertos silencios, gestos y miradas, en torno a los cuales se va cerrando el plano y que sugieren verdades veladas que nunca llegan a enunciarse, como el amor que surge entre Hans y Ana y el descubrimiento por parte de Nelda de dicha circunstancia.

Y, por encima de todo, Un lugar en el mundo se alza como el retrato de un luchador dignísimo en la derrota, el profesor al que da vida Federico Luppi, un ser humano decente y testarudo, aferrado a unos códigos de conducta y a unas convicciones que defiende a despecho de todo y aun consciente de su propia ingenuidad: «Ya sé que hemos perdido la guerra, pero por lo menos quiero darme el lujo de ganar una batalla». No parece mal sitio para quedarse a vivir.