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La Cartuja sabe de lo que habla

I.L.H.
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Ricardo Romaniega edita con el apoyo de los cartujos 'El silencio transformado en arte', un libro que combina historia, curiosidades y patrimonio del monasterio que nació palacio

Ricardo Romaniega posa con el libro en el llamado patio del Silencio. - Foto: Alberto Rodrigo

Ni el sepulcro que firma Gil de Siloé ni su retablo. Uno de los rincones de La Cartuja que más impresionan al historiador y guía turístico Ricardo Romaniega  es su ubicación: «El sitio me parece idílico. Sales cinco kilómetros del centro y es como si retrocedieras varios siglos. De repente se abre un bosque y aparece el monasterio en un paraje silencioso, en un remanso de paz que nadie espera», apunta.

También se lo debió parecer a Enrique III, que vio en esa zona conocida como Miraflores el lugar idóneo para levantar un palacio de caza y recreo. Ylo que Romaniega añade revisando los archivos y documentos para el libro El silencio transformado en arte es que no fue su hijo Juan II quien decidió convertirlo en monasterio, sino que el monarca burgalés ya transmitió ese deseo antes de morir. Luego la reina Isabel La Católica lo terminaría y cumpliría otra promesa que pasó de padres a hijos: convertirlo en el lugar de descanso eterno de sus progenitores, Juan II e Isabel de Portugal.

La Cartuja cuenta toda su historia en esta nueva publicación que Romaniega ha escrito con el apoyo de los cartujos para responder a la demanda de muchos visitantes, que echaban en falta un libro con el que profundizar en los misterios de un monasterio que ha despertado admiración a ilustres de todas las épocas. «Sorprende la devoción que genera. Porque una cosa es que por aquí hayan pasado todos los reyes de Castilla y España, y otra que haya inspirado a artistas de cualquier ámbito», detalla.

En el libro disponible en el monasterio Romaniega relata por un lado su historia y por otra el arte, describiendo su patrimonio en el orden en el que lo contempla el visitante. «No es un dossier ni un análisis de las obras; es un libro de fácil lectura para saber más de La Cartuja, de lo que conserva y de lo expoliado». El autor se centra en el monasterio que se visita porque en la zona de clausura los cartujos solo conservan piezas de valor sentimental. Salvo un Ecce Homo que Juan de Flandes pintó para el cenobio y por el que los monjes profesan gran devoción, pero que próximamente se expondrá al público.

Conocedor de todas sus riquezas, elige como favorita las bóvedas góticas sobre el sepulcro tallado por Gil de Siloé y como rincón, una zona junto al acceso a la clausura que ofrece la mejor perspectiva:desde ahí se puede ver el valor artístico del monasterio y los valores de quienes lo custodian, unos monjes que han hecho del silencio la gran baza de La Cartuja.