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"No sé si existe el ojo clínico, a veces hay intuiciones"

A.G.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Santiago Benito es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia

Santiago Benito, con parte de su preciada colección de vinilos - Foto: Luis López Araico

* Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 1 de marzo.

No menos de diez mil burgaleses reconocerán sin dudar un segundo al protagonistas de estas líneas. Santiago Benito Astorga, especialista de Medicina de Familia de la segunda promoción que hubo en España, jubilado hace no muchos años, orgulloso exjugador de la Selección Española de Rugby Juvenil y que ha dedicado toda su vida profesional a la Atención Primaria, ha sido el médico de cabecera -una denominación que le encanta- de varias generaciones de la ciudad y la provincia. Porque su primer destino fue Anguix, donde fue médico de pueblo apenas cumplidos los 24 años a pesar de que su vocación inicial fue la de convertirse en psiquiatra como lo fue su padre, Santiago Benito-Arranz, catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid y director del Hospital Psiquiátrico, a quien ya ayudaba desde que era estudiante de los primeros cursos de Medicina. "Su consulta era de neuropsiquiatría, que es como se llamaba entonces, y, de hecho, mi padre veía mucha neurología. La tenía en la misma casa donde vivíamos -las habitaciones donde dormíamos mis hermanos y yo, de día se convertían en las salas de espera- y nunca tuvimos ningún problema con un paciente como se pudiera pensar. Mi padre siempre decía que los peligrosos eran los cuerdos", rememora, entre risas.

Benito (Valladolid, 1954) fue, en sus propias palabras, "un niño de Jesuitas", donde estudió hasta el último PREU de la historia académica española -al curso siguiente fue sustituido por COU-, se portaba bien y se define como un alumno "corrientito": "Mis dos primeros suspensos en junio fueron en Inglés y Matemáticas en el selectivo de Medicina, que era un año dentro de la carrera en el que la única asignatura que tenía que ver con lo que yo quería estudiar era la Biología. En septiembre lo aprobé y seguí para adelante porque yo nunca me planteé ser otra cosa que médico, quizás porque lo vi en casa. Creo que estuve destinado a ser médico desde siempre".

Llegó a la universidad en 1971, en los estertores del franquismo, y se encontró un ambiente muy revolucionado lleno de carreras, asambleas y huelgas. Estando en 5º se cerró su facultad por unos disturbios que acabaron con un grupo de alumnos (entre los que no se encontraba él) tirándole huevos al rector con buena puntería: "Aquel año fue muy entretenido. Hacíamos manifestaciones, que eran ilegales, quedando todos a la vez en la calle Santiago y paseando, pero la verdad es que yo no estaba politizado; sí, era izquierdoso pero en mi casa. Además, la cátedra de Psiquiatría de mi padre era un nido de rojos, algo que, curiosamente, luego se pasó a Medicina de Familia, donde cuando empecé la especialidad estaban allí todos los progres y los rojazos pero, vamos, que yo nunca milité en ningún sitio aunque, como todos en aquellos años, corrí delante de los grises".

Nada más terminar la carrera empezó a trabajar en Anguix de médico rural, con más de doscientas cartillas: "Me gustó mucho la experiencia y le cogí afición, por eso elegí la especialidad -entonces, recientemente implantada- de Medicina de Familia, aunque se me quedó la querencia por la Psiquiatría y siempre me ha gustado atender trastornos leves en la consulta. Anguix fue mi primer contacto con la provincia de Burgos, donde también vino mi entonces novia y luego mujer, que fue la médica de Mambrillas. Allí fui en 1977 y lo recuerdo estupendamente, los médicos éramos en esa época parte de lo que se llamaban ‘las fuerzas vivas’", bromea.

Recuerda que en una ocasión le llamaron para una urgencia por una posible picadura de alacrán: "Iba conduciendo el dos caballos a toda velocidad mientras Mariví, mi mujer, iba consultando un libro, los dos acojonados. Por suerte, no fue nada. Ese miedo del principio luego se pierde aunque en Atención Primaria hay muy poca seguridad de que sepas exactamente lo que hay, muchas veces no tienes diagnósticos muy precisos. Normalmente, y siempre se lo decía a los residentes, no pasa nada: el 99% de las veces que alguien entra en la consulta diciendo que tiene dolor de cabeza va a ser una cefalea puñetera, de paracetamol; el otro 1% es un tumor cerebral", afirma Benito, que no está seguro de que exista el llamado ‘ojo clínico’ pero sí intuiciones con respecto a los pacientes. En este sentido, cuenta una historia de la que nunca se ha olvidado: unas anginas de una niña de 15 años que no le gustaron nada. "No sé por qué, el caso es que fui a hablar con uno de nuestros residentes que tenía guardia en el hospital ese día y le dije que le iba a mandar a esa chica por la tarde. Al día siguiente tenía un diagnóstico de leucemia. ¿Eso es ojo clínico? No tengo ni idea".

Después de terminar la residencia se presentó a las oposiciones de lo que se llamaba Asistencia Pública a Domicilio (APD) -"los médicos de los pueblos", resume- y volvió a Anguix por un tiempo, aunque más tarde renunció a esa plaza y obtuvo otra en el primer centro de salud que hubo en Burgos, el de San Agustín, en 1985, del que fue, además, el primer coordinador. Son esos años en los que se dice adiós al antiguo modelo de atención en ambulatorios -"aunque muchos periodistas lo siguen llamando así", observa con vehemencia- y aparece la nueva forma de trabajar en equipo de los centros de salud.

"Las primeras veces que vinimos a Burgos a hacer el papeleo para las plazas de médicos de los pueblos, que era agosto o septiembre, nos congelábamos de frío, y eso que veníamos de Valladolid. Eso me llamó mucho la atención. También me di cuenta de otra cosa: yo creía que la gente más antipática del mundo éramos los de Valladolid hasta que llegamos a Burgos. Es que entrabas a una tienda a mirar un jersey y enseguida te decían ¡no hay! Eso me chocó mucho".

La media de edad de aquel primer equipo de San Agustín era bajísima, unos treinta años los médicos y veintipocos las enfermeras. "La gente se acostumbró enseguida a la nueva forma de hacer las cosas porque hubo muchos cambios, no solo en los horarios y en el trabajo en equipo sino en la atención a los procesos, ten en cuenta que en los ambulatorios muchos médicos eran prácticamente los secretarios de los especialistas del hospital y estaban allí para hacer recetas y mandar a la gente al hospital". En este punto, Santiago Benito aprovecha para reivindicar, una vez más, el carácter de especialistas de los médicos de Familia, "algo que no solo a los del hospital les ha costado entender sino, en general, a todo el mundo; desde luego, en los medios de comunicación muy poca gente lo entiende".

No solo ha visto Benito la evolución de Primaria desde su mismo nacimiento, sino que también ha sido testigo de cómo han cambiado las patologías a la vez que lo hacía la sociedad: "Cuando empecé, cuando llegué al pueblo, una persona de 65 años era un viejo pero muy viejo, y ahora con esa edad nadie lo es. Ahora hay muchas cosas a las que se da importancia y que antes no, algunas relacionadas con la psicología. En aquellos años a nadie se le hubiera ocurrido ir al médico si le había dejado la novia, por ejemplo, o porque le doliera una mano, porque lo consideraban propio de la edad. Además, hay patologías que han desaparecido como el sarampión, por supuesto, gracias a las vacunas, y la fiebre de malta o brucelosis, que antes era un auténtico problema, y otras de las que nos preocupamos mucho, como de la diabetes, que antes solo se diagnosticaba cuando iban al hospital, en muchos casos para una amputación. Enseguida la empezamos a ver en Atención Primaria".

En 1994 da el salto a la gestión al ser nombrado director médico de la Gerencia de Atención Primaria, el mismo cargo que algunos años antes había rechazado. Fue María José Pereda, que era la gerente, la que le quiso a su lado tanto la primera como la segunda vez. No niega que le acompañó en aquellos tiempos una importante fama de ‘broncas’ -"eso ha venido conmigo siempre", asume- y recuerda aquella experiencia con muy buen sabor de boca: "Cuando dos años después ganó las elecciones el PP, María José dimitió y yo seguí porque el nuevo gerente, Javier Zanón, con el que siempre había tenido muy buen entendimiento, me lo pidió. Lo más bonito, y a la vez lo más complicado, es la gestión de personal, el entenderte con la gente, es verdad que yo tenía fama de broncas -porque era muy gritón y muy protestón- pero creo que me entendí bien, y pasar por los dos lados -la consulta y la dirección médica- siempre viene muy bien para entender las razones de todos".

Seis años después vuelve a la clínica, primero en San Agustín y más tarde en el centro de salud de Las Torres, donde se quedó hasta su jubilación en 2018, una decisión que tomó con todo el dolor de su corazón y que bien podría haber aplazado varios años. En aquel momento, la situación de la Atención Primaria en Burgos había explotado y los médicos empezaron a contar públicamente el tipo de contratos (precarios) que se hacían a los jóvenes y no tan jóvenes, las carencias con las que lidiaban y, en general, la dejadez con la que los políticos habían tratado durante años a ese nivel sanitario. Benito no tuvo reparos en conceder a este periódico una entrevista en la que contó las razones por las que se iba, que fueron las mismas de muchos otros de su generación y que ahora repite: "A la Primaria se le ha dejado morir, ya lo dije entonces y lo repito ahora, y yo no quería ser cómplice de aquello, a pesar de que he echado mucho de menos a pacientes y a compañeros. Llevaba tiempo diciéndoles a los gestores ‘lo estáis dejando como un erial y no va a tener posibilidades de crecer’ y no me he equivocado ni un poco".

Con Santiago Benito se puede hablar durante horas de medicina y de gestión, de Primaria y de formación (también fue tutor de residentes), de comunicación con los pacientes... pero en su corazón probablemente ocupan más hueco sus dos verdaderas pasiones: el rugby y la música. En el deporte comenzó con 14 años, llegó a ser miembro de la selección nacional juvenil, algo de lo que está ostentosamente orgulloso, y considera que le dio muchos valores: "Me ha servido para trabajar en equipo, para gestionar y es también muy noble: no se engaña, no como el fútbol, que te tiras para que piten penalti".

Y la melomanía: casi 5.000 vinilos y cedés le contemplan, producto de un coleccionismo que comenzó a los 16 años: "Ahora es a lo único que me dedico", asegura. En el Colegio de Médicos ha hecho varias sesiones/audiciones, una de las últimas dedicada a Dylan, y desde que comenzó el confinamiento recomienda por un grupo de whastapp a otros sanitarios (médicos, enfermeras..) una canción diaria -ahora ya semanal- acompañada de varios comentarios.

Así que cuando le pedimos que elija sus cinco grupos favoritos en inglés y cinco en español dice que "no podrían ser menos de cien" pero al final se atreve con un número intermedio: Beatles -"John Lennon tenía razón cuando dijo que eran más famosos que Jesucristo, son los mejores"-, Stones, Kinks, Who, Dylan, Led Zeppelin y Bruce Springsteen. De la música española, se declara fan de la que sonaba en los 60 y en los 80 así que la lista comienza por Los Brincos/Juan y Junior y sigue por Los Secretos, Nacha Pop y Antonio Vega. En su top de los mejores temas están Insurrección, de El Último de la Fila; Para impresionarte, de 091; Get back, de los de Liverpool; Dandy, de Los Kink,s y Fortunate Son, de la Creedence Clearwater Revival. En el último mensaje a sus colegas, del 14 de febrero, les recomendó tres de sus canciones de amor favoritas: Paraules d’amor, de Serrat; Magia en tus ojos, de La Granja, y Un suspiro acompasado, de Robe Iniesta.