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«Paso de la moda de correr por un 'selfie'»

G. ARCE
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. José Ramón Torres es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia

José Ramón Torres posa en la habitación de su casa reservada para los trofeos y los recuerdos deportivos. - Foto: Alberto Rodrigo

*Este reportaje salió publicado en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 28 de junio de 2021.

Ha participado en más de un millar de carreras, entre ellas, 52 maratones celebrados por todo el mundo. Les suma otras 200 medias maratones y el resto son pruebas de 3.000, 5.000 y 10.000 metros en pista. Entre 400 y 500 veces -«la verdad, no lo he contado...»- ha subido a un podio.Los trofeos y medallas cosechados en 43 años de competición llenan hasta el techo dos habitaciones enteras en casa de su madre Encarna y también en su apartamento. Y lo que no ocupan los metales lo hacen los recortes de prensa que amarillean enmarcados y colgados por todas las paredes de la casa, en los que se ve a un José Ramón Torres siempre sonriente tras cruzar las muchas metas que le ha deparado la vida; o posando con las Pirámides al fondo tras la carrera, o junto a las Torres Gemelas o con el edificio de la ópera de Sydney a sus espaldas...

La meta diaria de este burgalés del 64 es llegar siempre puntual a la cita por respeto al que pueda estar esperando y por eso llega a tu encuentro casi con el mismo entusiasmo con el que finaliza la maratón en Nueva York. Viste chandal, zapatillas de deporte y luce un reloj de esfera gigantesca y negra que, a buen seguro, mide cada pulsación vital de este campeón. No hace falta ser cardiólogo para intuir que estamos ante un deportista de gran corazón, basta con la sonrisa y la amabilidad permanente de este hombre humilde, desprovisto en las distancias cortas de toda la vanidad que puede acompañar las decenas y decenas de medallas que le han colgado al cuello a lo largo de su vida. 

Muchos de sus recuerdos deportivos, también de su infancia, son humildes. Se concentran en el barrio de El Crucero, donde se asentaron a finales de los años 40, tras la Guerra Civil, las familias de su padre, Jesús, y de su madre, Encarna. Los primeros procedían de Manzanares, en Ciudad Real, y la familia materna, de la localidad extremeña de Jerez de los Caballeros. 

El abuelo y luego su padre se dedicaron a la construcción, regentando la empresa Piedra Artificial  Torres, que tenía abierto al público un taller en la calle Rivalamora. Todos vivían en la misma casa, construida por la familia en la calle Cortes. 

El Crucero era entonces un pueblo junto a la ciudad, sin la autovía de ronda ni la residencia de ancianos. «En casa entraba todo el mundo, bastaba con tirar del cordel de la puerta... Recuerdo el viejo teléfono de pared y la primera televisión... A mí me gustaba jugar al fútbol en la calle, en la era y en el pinar, donde luego se inauguró la residencia de ancianos en el 77».

Tras aprender sus primeras letras en el Alejandro Rodríguez de Valcárcel, entra a trabajar con su padre en el taller a los 14 años, aprendiendo la fabricando de escaleras de piedra, vierteaguas, adornos para los muros y pilas de lavar de granito. En esa ocupación estuvo 7 años hasta que le tocó ir a la mili. 

Cumplió con la patria en Munguía (Vizcaya), durante los años 84 y 85, de los que recuerda el eco de los atentados de ETA y del accidente del vuelo 610 de Iberia, el del monte Oiz, en el que fallecieron 148 personas. «Estábamos en el cuartel y escuchamos un gran estruendo. A las dos horas nos movilizaron para ir a recoger restos del avión al monte. Afortunadamente, no llegué a ver los restos de cadáveres...».

Lo de correr en José Ramón es genético, pero sin antecedentes familiares. Desde pequeño fue un guindilla y canalizó su espíritu nervioso con la velocidad. «Me iba al pinar por mi cuenta a correr, siguiendo la estela de Jesús María Puente, de la Granja Palomares, que ya era un atleta de elite». 

A los 14 años se incorporó al Club de El Crucero, impulsado por el Bar Quique y de cuya barra salió la idea de organizar el cross popular por el barrio, la carrera con más pedigrí de la ciudad. Estamos en el año 78, el de su primera competición como infantil. «Salí a toda leche por la calle Los Colonia y luego subí la calle Cortes como si fuesen los 100 metros... Todos se me echaron encima pronto y llegué como pude a meta, arrastrándome...».

Al año siguiente ocurrió lo mismo, pero en el cross del 80 aprendió la lección. «En aquella ocasión corrieron todos los federados y yo ya era juvenil. Quedé tercero e hice mi primer podio». 

El chaval apuntaba y recibió la llamada de Eladio Rilova para incorporarse al equipo de atletismo de Renfe, el de la camiseta roja y el chandal amarillo. «Me hablaron de correr en Barcelona y en el Campeonato de España Escolar de Granada, luego en Laredo, luego en Manresa... En un par de meses ya empecé a ganar carreras y viajé lo que no había viajado en mi vida».

Esa vida se resumía al trabajo en el taller y a los entrenamientos por la tarde, hiciese frío o calor, subiendo hasta el pinar de Cortes. En la mili compaginó la instrucción con los campeonatos militares, donde fue campeón de 10.000 metros.

Tras la milicia continuó unos meses ayudando en el taller del padre. Un día vino un constructor que estaba trabajando en los almacenes de El Corte Inglés ubicados en los subterráneos de la calle Vitoria, junto al comercio del puente Gasset.

Allí se ubicó la división comercial de la cadena, centrada en la venta al por mayor a organismos oficiales, hospitales, hostelería, entre otros ámbitos. «El constructor me dijo que  necesitaban a alguien para el reparto en furgoneta de cestas de Navidad por las casas y allí me fui encantando... Sacaba más de propina que casi de salario».

La relación con El Corte Inglés cuajó en el año 89. Primero trabajó en la División Comercial, luego en la tienda de la calle de La Moneda (tras la compra de Galerías Preciados) y desde hace unos años en Parque Burgos, donde este veterano atleta cambia el pantalón corto y las zapatillas por el traje y la corbata, y trata con esmero y dedicación a los que acuden a comprarse un traje, un pantalón o un niqui de verano...

Doble vida. La vida de José Ramón Torres nunca se ha entendido sin el deporte. De hecho, cuando estuvo en su momento más dulce le persiguió siempre la duda de si dedicarse por completo a las carreras durante unos años y dejar en el armario el traje y corbata de vendedor. «Eso de trabajar y entrenar en Burgos y correr a 3,13 minutos el kilómetro durante 42 kilómetros era un gran mérito, me decían los expertos, sobre todo no dedicándome en exclusiva al atletismo». De hecho, ostenta el récord provincial de maratón (2 horas, 15 minutos, 11 segundos) y de los 10.000 metros en pista (28,55).

Nunca dio el salto definitivo al deporte, pero tampoco nunca abandonó su práctica profesional. El motivo era simple: correr le gustaba y además le reportaba un sobresueldo. «Cobraba un fijo de ficha en los equipos por año y también estaban los premios de las carreras. En mi mejor año llegué a ganar 7.000 euros, aunque la media fue de 4.000. Insisto en que corro porque me gusta, nunca por dinero».

El deporte también le reportó popularidad, algo que siempre viene bien con un trabajo de cara al público como vendedor. «Tienes un estatus y la gente te conoce...».

Viajes. Los maratones le ha permitido conocer todo el mundo a pie de calle. De hecho, José Ramón siempre ha ajustado sus vacaciones a las pruebas que disputa: corre y hace turismo, lo uno siempre ha ido unido a lo otro. «El primer maratón que corrí en el extranjero fue el de Londres y quedé en el puesto 12 tras ganar en el sprint a un mexicano, eso no se me olvida. Gané un premio de 1.000 libras. Había 35.000 participantes y no supe el puesto en el que llegué a la meta hasta el día después, cuando lo leí en el diario. Hacía mucho calor durante la carrera y solo veía que iba adelantando a negros africanos desfondados por lo que intuí que muy lejos no podía estar de los 20 primeros». Ni del primero...

Nueva York también fue emocionante. «Estuve una hora en la salida junto a miles y miles de corredores (hasta 45.000 participan en la prueba) y sin poder calentar. Quedé en el puesto 22 y me llevaron bajo una manta de lana buena a la carpa de los mejores, donde me tiré una hora comiendo lo que nos ofrecían. Le regalé la manta a un paisano que estaba allí tirado en Central Park». En Nueva York ha corrido en tres ocasiones, ganando en 2005 la carrera de veteranos.

«El último maratón que he corrido fue en 2019, en Liubliana, en Eslovenia, luego todo se ha parado por la pandemia, que nos ha fastidiado con los confinamientos. Yo me he dedicado a hacer gimnasia en casa».

Moda. La crisis sanitaria del coronavius ha paralizado la práctica de un deporte y de unas carreras populares que se habían puesto de moda. Hoy parece que todo el mundo puede con los 42 kilómetros de un maratón. «Para correr solo necesitas un pantalón corto, zapatillas y tiempo libre. Creo que solo van a subsistir aquellos a los que realmente les gusta este deporte, muchos no seguirán tras la crisis sanitaria». 

A este deportista no le entusiasma el boom de los runners. «Son pura moda. Yo he vivido el atletismo de verdad, el de las marcas y las series para hacer la mínima que te permita acudir a un campeonato de España. No me gusta el correr por correr, el correr por estar más pendientes de hacerse el selfie o salir en Facebook. Es demasiado artificial, las carreras parecen como los bailes, a los que vas para conocer a alguien...».

Nuestro deportista considera que Burgos debe relajarse con el boom de los runners y conservar las carreras clásicas, como la del Crucero o San Lesmes e incluso una media maratón. «No veo un maratón por la ciudad porque 42 kilómetros los corren muy pocos y es una carrera que necesita paralizar la ciudad solo para un centenar de corredores. El maratón está concebido para multitudes y grandes capitales, aunque a algunos no les guste lo que digo». 

Reconoce que el correr, el sudar juntos la camiseta, crea muchas amistades, «pero no olvidemos que, al final, en una carrera tienes que ser tú mismo. Hay muchos piques, más si hay premios en metálicos detrás». «Cuando corres un maratón también estás compitiendo contra tu mente porque sufres durante más de una hora e incluso más de dos. Lo primero que tienes que hacer es distraerte para no pensar en lo que te queda, pero llega un punto en que no hay distracción posible y solo queda tu capacidad de sufrimiento. A partir del kilómetro 30 empieza a trabajar la mente. Yo pienso en el tiempo estimado que me queda para terminar: ‘venga, que ya solo quedan 40 minutos, ‘venga, que ya son solo 30’ y así... Te agarras a cualquier cosa...».

Torres no ha puesto fecha a su último maratón. Ni lo piensa. Ya tiene previsto acudir -y van más de treinta años- a la Behobia-San Sebastián, una de sus carreras más queridas: «Voy a seguir corriendo en otros países, cuando se formalicen las fechas y sea posible viajar con tu pasaporte covid».