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Un joven rey en Burgos

R.P.B.
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Hace 120 años que realizó su primera visita a la Cabeza de Castilla como monarca Alfonso XIII. La ciudad se volcó con el Borbón

Un joven rey en Burgos - Foto: Archivo municipal de Burgos

Muchos años antes de que viera Burgos por última vez desde la ventanilla del ferrocarril que había de conducirle al exilio, Alfonso XIII se dio un baño de masas inolvidable en su primera visita como monarca a la Cabeza de Castilla. Fue en agosto de hace ahora 120 años. La ciudad quiso complacer al Borbón revistiéndose con sus mejores galas, ofreciendo lo mejor de sí, tirando la casa por la ventana. La víspera de su llegada todo estaba preparado. Cuatro solemnes arcos de construcción efímera se erigieron en el centro de la ciudad: uno, a la altura del puente Besson; otro, a la entrada del Arco de Santa María; el tercero, frente a las Casas Consistoriales; el cuarto, en la entrada del Espolón, entre el Principal y la el Palacio de la Diputación. Éste, según las crónicas, era especialmente bello: «Representa la puerta de entrada a una fortaleza, con sólidos muros de sillería, coronados de castilletes almenados (...) variños cañones, bombas, banderas, armas y trofeos de guerra completan la decoración, remando el arco con un gran escudo de España, sobre el que ondea airoso el pabellón nacional». 

Había ambientazo en la ciudad, que también invirtió de lo lindo para que la iluminación fuese especial. Llegaron numerosas gentes de fuera, al punto de que todas las fondas se encontraban de bote en bote. Todo se dispuso para que Alfonso XIII tuviera un recibimiento de campanillas, y se adecuaron las estancias del Palacio Provincial para acoger el descanso de su majestad.El día de su llegada, una multitud se arracimaba en torno a la estación del tren; todo fervor y entusiasmo, al decir de las crónicas no cabía un alfiler para dar la bienvenida al monarca. «La población presentaba aspecto de fiesta, siendo indescriptibles la animación y bullicio que reinaban por todas partes.Los vistosos colores de las banderas y colgaduras, el alegre sonido de las trompetas y bandas de música, los innumerables coches que corrían sin cesar en todas direcciones, el paso de las tropas que acudían a sus puestos, la muchedumbre que se agitaba en las calles y el estampido incesantes de bombas y cohetes formaba un conjunto de imposible descripción, en que palpitaban la alegría y la vida, viéndose retratado en los semblantes todos el deseo de tributar alMonarca un cariñoso recibimiento».

Cuando hizo aparición en lontananza el ferrocarril, comenzaron a repicar las campanas de la Catedral y de todos los templos de la ciudad, y a estallar cohetes y bombas. «A lo lejos se escuchaban el estampido de las salvas de artillería; las músicas tocaban la Marcha Real; y una aclamación inmensa resonó en la estación, al tiempo que llegaba el tren conduciendo la joven soberano», que saludó sonriente al público, y descendió enseguida para subirse al coche real que le trasladó al Palacio Provincial.En el Espolón le aguardaba otra muchedumbre enardecida.«ElEspolón estaba de bote en bote, y el paso del rey por el hermoso túnel que formaban las bombillas eléctricas ofrecía un admirable golpe de vista.Los balcones se veían atestados de elegantes damas que arrojaban flores y palomas, y al llegar el coche real al Palacio Provincial, el entusiasmo de la multitud llegó al colmo».Luego de ser recibido por las autoridades, Alfonso XIII se retiró a descansar a los aposentos habilitados para tal menester por la institución provincial, que por boca de su presidente, hizo todo lo posible, y hasta lo imposible («convertir a los diputados en obreros») en aras al mejor descanso del monarca.

Un joven rey en BurgosUn joven rey en Burgos - Foto: Archivo municipal de BurgosAunque se cerraba la noche, Alfonso XIII tuvo el detalle de salir al balcón a agradecer al pueblo su calurosa acogida, momento en el que el Orfeón Burgalés se lanzó a tributar una Serenata en la que interpretó temas variados mientras el rey se fumaba un pitillo en compañía de su primogénito. «Apenas el público que llenaba el Espolón se apercibió de la presencia del monarca, corrió hacia el Palacio, apresurándose a tributarle la más espontánea y cariñosa manifestación.DonAlfonso contestaba a los aplausos con sonrisas afectuosas y expresivos ademanes, y permaneció en el balcón largo rato, escuchando dos de las piezas que el Orfeón ejecutó y que fueron 'La noche', 'Los contrabandistas' y la jota 'La alegría de la huerta', ésta con coplas alusivas».

Una agenda apretada. Madrugó el Borbón porque la agenda del día era más que apretada. Lo primero que hizo fue asistir a un Te Deum en la Catedral, antes de personarse en la recepción que el Consistorio, engalanado como nunca con tapices y plantas, le tributó. Pudo ver el monarca los restos óseos del Cid que su padre,Alfonso XII, había conseguido devolver a Burgos luego de hacer unas gestiones con los nobles del castillo de Sigmaringen, en Alemania, adonde fueron a parar después de que fueran expoliados por las tropas napoleónicas durante la ocupación francesa. Tras la recepción, el rey regresó a la Catedral, prolongan su visita durante una hora. Le llamó poderosamente la atención el Papamoscas, el cuadro de la Magdalena atribuido a Da Vinci, el cofre del Cid y la Carta de Arras del Campeador. Como no podía ser de otra manera, Alfonso XIII también rindió visita al Monasterio de Las Huelgas, adonde fue en carruaje y donde admiró «Las magníficas yeserías mudéjares que hay en diversos puntos del monasterio, la capilla de Santiago en que se custodia la celebérrima imagen del Santo, que por medio de un mecanismo daba el espaldarazo a los reyes al ser armados caballeros». Naturalmente, disfrutó de la contemplación del Pendón de las Navas de Tolosa y de Lepanto.

Antes de abandonar el cenobio se produjo la anécdota del día. La abadesa del monasterio había hecho entrega al monarca, siguiendo la tradición, de la llave de la puerta real. Alfonso XIII se la dio a su hijo para que la guardara y, a la hora de salir, el príncipe de Asturias no recordaba qué había hecho con ella.Hubo minutos de tensión y azoramiento por parte de los presentes, pero el rey lo tomó a broma, llegando a decir que estaría dispuesto a salir del recinto saltando sus gruesos muros.Finalmente la llave de marras apareció, y no hubo tal. La siguiente parada del rey fue la Cartuja de Miraflores, donde pudo admirar todas las joyas que atesora el templo consagrado a San Bruno.

ElTeatro Principal acogió después un concierto al que asistió lo más granado de la sociedad burgalesa.Hubo ópera de calidad y se remató con temas del Orfeón, que concluyeron su actuación entonando estas coplas que coreó toda la concurrencia: «El Orfeón Burgalés/ gustoso a cantar se ofrece/ y grita con todo el pueblo/ ¡Viva el rey Alfonso XIII. Si algún día os hace falta/ quien por vos quiera morir/ llamad a los burgaleses/ ¡todos son hijos del Cid! Como no podía ser de otra manera la jornada se remató con un banquete suntuoso. El último día de su estancia en Burgos, el rey lo dedicó a pasar revista a las tropas y a visitar ingente infraestructura castrense de la ciudad. Con una sesión de fuegos artificiales y una despedida a la altura de las circunstancias, Alfonso XIII salió hacia SanSebastián honrado y encantado del cariño de Burgos y de los burgaleses.