El amor no tiene edad

Juana Samanes
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El realismo y la naturalidad son las notas características de este drama británico que narra una creíble historia de amor

El amor no tiene edad - Foto: NICK WALL

Hay pocas películas sobre gente mayor, entrada en años, que narren acontecimientos cotidianos sin caer en el drama. Aunque el punto de partida del veterano guionista y director británico Paul Morrison para escribir esta historia se le ocurrió mientras paseaba a su perro por parques y jardines cercanos a su domicilio. Lo que no sabía es que sus ideas derivarían en una bonita historia de amor. 

Dave y Fern son dos desconocidos que se conocen mientras pasean a sus perros. Ninguno de los dos ha tenido una vida fácil y, en sucesivos encuentros, se enamorarán. Pero ninguno ha sido totalmente sincero con el otro y eso puede conducir al final de su romance. 

Los británicos son expertos en actuaciones sin fisuras, donde la naturalidad es su mejor baza. Aquí los veteranos actores Dave Johns y Alison Steadman lo demuestran con creces en un relato que se desliza bien, sin estridencias, y resulta totalmente verosímil por el realismo que destila esa relación. En su desarrollo se defiende la posibilidad de encontrar el verdadero amor a una edad madura, a pesar de la complejidad que supone llevar colgada una mochila emocional a las espaldas cuando uno tiene ya cierta edad, se habla de la soledad de mucha gente mayor y de la compañía que los perros hacen a ese tipo de personas. 

Está dedicada a Benji, un golden retriever que fue la mascota de la familia Morrison, el guionista y director de la película, durante 16 años. El filme supone un canto de amor a esos animales fieles, pero se centra en las personas de la tercera edad, sobre las que solo se suelen hacer películas dramáticas que reflejan en la mayoría de las ocasiones su decrepitud y no sus ganas de vivir y de volver a tener una ilusión. Algo que conecta con Volver a empezar, la oscarizada película de José Luis Garci, muy olvidada. Ambas cintas también coinciden en la delicadeza con la que está narrado el romance que, en el caso de 23 paseos, empieza con una amistad que deriva, poco a poco, en amor, como suele ocurrir en la vida misma en multitud de ocasiones.

Como anécdota curiosa en el transcurso de la película se oye varias veces chapurrear español, la excusa es que ella (Fern) quiere aprenderlo porque su hija vive en Canarias, va a asistir a su boda y él, Dave, aprendió nociones básicas de su asistenta.

La pareja protagonista posee complicidad y química en su actuación y, desde luego, les agradaban los perros, puesto que casi todo el metraje reflejan esos 23 paseos por la Naturaleza con los animales, en distintas estaciones y diferente tiempo atmosférico. Los personajes que interpretan destilan empatía puesto que son dos seres humanos sencillos y trabajadores que, como cualquiera, solo aspiran a disfrutar de un cachito de felicidad.