Oficios desaparecidos (I). La 'profesión' va por dentro

GUILLERMO DÍEZ
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Hay una larga lista de empleos que estuvieron relacionados con la catedral y ahora ya no existen o apenas los podemos encontrar

Los restauradores son profesionales que realizan su trabajo con mimo y mucha paciencia. - Foto: G.D.

A muchos de los habitantes de este planeta nos ha tocado ser testigos de vertiginosos cambios en las formas de vida, llegados a través de la evolución científica. Hasta el s. XX ninguna generación anterior vio tal rapidez; nunca las personas tuvieron que adaptarse a la incorporación de tantas novedades para uso cotidiano... 

Los más mayores vieron desaparecer de las calles vehículos de tracción animal que fueron sustituidos por la automoción. En un ‘pestañeo’ se encontraron en un habitáculo silencioso, cómodo, en el que los baches producen un vaivén que hasta divierte a los niños, a una temperatura agradable y estable, con música a la carta; muchos de ellos no pueden valorar algunas cosas, como las ayudas a la conducción (ADAS) porque ni siquiera las comprenden... y se ha ido reduciendo notablemente el tiempo de llegada al destino.
En menos de un siglo cambió lo que se llevaba haciendo miles de años...
Y hay importantes consecuencias. Entre ellas, la desaparición en las calles de unos olores y suciedades que -cuidado; la moneda tiene reverso- fueron sustituidos por otros menos apreciables (pero ¿más nocivos?). Además, exigió la rápida adaptación de las personas para aprender a utilizar lo que iba a convertirse en habitual y supuso necesarias modificaciones lingüísticas para poder expresar todo lo que irrumpía tan repentinamente en nuestro entorno. La lengua está viva; tiene que ‘andar viva’ para adaptarse, actualizarse y cumplir su principal función.

Dejando a un lado la jerarquía eclesiástica y las profesiones más obvias -que aún siguen con sus labores-, hay una larga lista de empleos que estuvieron relacionados con la catedral y ahora ya no existen o apenas los podemos encontrar.
Los datos proceden del archivo de la catedral de Burgos. Los datos proceden del archivo de la catedral de Burgos. Mientras algunas de esas actividades -muchas de ellas no religiosas- han ido desapareciendo por innecesarias, o han sido sustituidas por otras formas de trabajo actualizadas, otras han cambiado su nombre o la forma preferente para denominarlas, aunque sigan ejerciéndose con igual normalidad.
Actualmente, por ejemplo, una sola persona -o un equipo perteneciente a una misma empresa- hace varias labores que antes eran realizadas por diferentes profesionales.
También el uso lingüístico inadecuado, que es causa constante de fechorías, ha creado extrañas modificaciones: en muchos establecimientos preguntamos por ‘el baño’, pero ni vamos a bañarnos ni podríamos hacerlo... Tampoco es habitual tirar de la cadena literalmente, porque ya no existe; hay un pulsador, pero seguimos utilizando la misma expresión... Y esto mismo ha ocurrido con algunos quehaceres cotidianos.

Acicalador:
Vinculado principalmente a la cerrajería, hoy lo llamaríamos bruñidor.
7 de enero de 1428: Inventario presentado por Juan Fernández de Orbaneja, cerrajero, vecino de Burgos, de todos los bienes que dejó su mujer María Fernández. Son testigos Pedro Fernández, especiero; Martín López, acicalador; y Gonzalo Fernández, cerrajero.

Agente:
Persona que gestiona asuntos ajenos o presta determinados servicios obrando con el poder de otra.
28 de octubre de 1858: Carta de Andrés Corral, agente del cabildo de Burgos en Madrid, dirigida a la duquesa de Gor, sobre la administración de los bienes de la capilla de la Visitación de esta catedral.

Coetáneo de la primera piedra de la seo burgalesa es el vocablo ‘secreto’: «lo que está encubierto y callado» dice -el capellán de Felipe III, maestrescuela y canónigo de la catedral de Cuenca- Sebastián de Covarrubias en su diccionario ‘Tesoro de la lengua castellana o española’ publicado en 1611. Es un préstamo del latín secretus (lo que está apartado). De ahí, a mediados del siglo XV, surge el ‘secretario’: «oficio de mucha confianza cerca de los reyes y sus consejos, en todos los tribunales y entre señores particulares», por ser evidente conocedor y guardador de los secretos personales de su confidente señor...
El 18 de septiembre de 1420 se procede a la lectura del testamento del cardenal Pedro de Frías. En la extensa lista de herederos está incluido su secretario, Francisco Vilella -prueba de afecto y cercanía-, a quien deja una verdadera joya: el Libro de Jeremías de Montimaco. 
Una de las funciones de un secretario es la de «escribir a mano, copiando o poniendo en limpio escritos ajenos, o escribiendo lo que se le dicta», y en 1706 aparece un nuevo término con un bello y peculiar matiz: es el amanuense... aunque desde 1607 también había escribientes.
7 de mayo de 1751: ‘Manuel de Molinuevo, procurador del tribunal eclesiástico, Santiago Gadea, escribiente en él, y Manuel de Íñigo, amanuenses durante las visitas en la sede vacante, solicitan se les tenga presentes en la provisión de la receptoría que ha quedado vacante.’

Apuntador:
En las iglesias catedrales, encargado de anotar las horas en que cada religioso entraba en el coro o salía de él. En la actualidad sigue vigente.
5 de junio de 1444: ‘Manda apuntar a Alfonso Fernández de Busto, mayordomo, a las horas de coro que falte, porque tiene que acudir a recaudar dinero perteneciente a este cabildo. También se debe apuntar al racionero Juan Jiménez, durante la reparación que ha de hacer en la iglesia de San Miguel del Mercado.’

Cabezalero:
«Testamentario o albacea, que está a la cabecera del enfermo, antes que muera, para enterarse de su última voluntad de palabra, ultra de lo que deja dispuesto en su testamento». También se llamó así al representante de un grupo de arrendatarios para pagar al dueño y entenderse con él. 
1 de marzo de 1291: Pedro Pérez, hijo de Juan Pérez de Castro, reconoce haber recibido de Juan Martín y Pedro Sarracín, canónigo, como cabezaleros del deán Pedro Sarracín, 600 mrs., que le correspondían de su padre.

Cancelario:
Se llamaba cancel a la «clausura hecha con verjas, sean de hierro o de palo, que defienden la entrada, pero no quitan la vista ni el trato de los de dentro con los de fuera, ni impiden que el aire pase de una parte a otra». De ahí el cancelario como portero o ujier.
Pero cuando alguien con potestad para anular un escrito lo atravesaba con rayas de una parte a otra, se decía que lo había cancelado; de ahí, surgió el dignatario, generalmente eclesiástico, que en las universidades tenía la autoridad pontificia y regia para dar los grados.
31 de octubre de 1576: Título de doctor en Teología obtenido por Jerónimo de Herrera y Salazar en el colegio de San Antonio de Sigüenza que le fue concedido por el cancelario Diego de Balbás ante el rector de dicho colegio Antonio Gómez.

Clavero:
Persona que custodia las llaves de algún lugar de confianza. Viene del latín clavis (clave) de donde surge ‘llave’, «Cualquier instrumento con que cerramos o abrimos alguna cosa; y particularmente las de las puertas o arcas que tienen cerraduras.» Por eso las claves de acceso que nos solicitan los ordenadores o las que se usan en las partituras musicales.
1 de febrero de 1745: ‘El doctoral expone que todas las alhajas del espolio (conjunto de bienes que quedan al morir un obispo) corresponden a la fábrica, salvo dos casullas para el espolista y carbón, paja y otros emolumentos para el clavero de la Clerecía; pide el maestrescuela que se pague doblería al clavero por el trabajo que ha tenido en la vacante.’

Colector:
Recaudador de tributos (clara afinidad con hacer una colecta, colección o recolección...).
30 de diciembre de 1221: ‘Acta por la que consta que Diego Manso, hermano templario, ha recibido de la abadesa de las Huelgas 4.706 áureos, como colecta entregada por Huguición, colector de la vigésima en España.’ (vigésima parte de las rentas).

Comensal del arzobispo:
«Comensal es el que come a la mesa y a expensas de otro y tiene en su casa lugar de Amigo o Camarada, y no de criado para servirse de él.»
Fray Francisco Giménez de Cisneros, arzobispo de Toledo, hizo comensal suyo a Francisco de Herrera, enviándolo a Roma para negociar la fundación de la Universidad de Alcalá de Henares.
10 de octubre de 1421: El obispo de Burgos concede a Fernando Sánchez Santamaría, su comensal, una ración que quedó vacante en esta iglesia de Burgos por muerte de Juan de Ortega, racionero.
8 de junio de 1888: El arzobispo comunica el nombramiento de Miguel Castillo Rosales como su comensal, para la visita pastoral.

Todos estos datos proceden del archivo de la catedral de Burgos; Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias; Diccionario de uso del español de María Moliner; textos de: Elena Gallego (filóloga y japonóloga), José López Calo (sacerdote y musicólogo), Álex Grijelmo (periodista y escritor), Francisco Sanz de la Higuera (profesor jubilado de Historia en el I.E.S. Torreblanca de Sevilla, autor de numerosas publicaciones) y de conversaciones con los citados autores.