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«Para vivir no necesitamos 9 pares de zapatos ni 20 camisas»

A.G.
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Entrevista con el delegado episcopal de Cáritas Burgos, Mario Vivanco

Mario Vivanco, delegado episcopal de Cáritas Burgos - Foto: Alberto Rodrigo

Mario Vivanco (Aranda de Duero, Burgos, 1975) es un cura de barrio y esa condición la lleva muy a gala porque a lo largo de la entrevista la evocará varias veces y se mostrará muy orgulloso del trabajo que se hace a pie de calle.  Lerma, La Ventilla, Castañares o la parroquia de la Inmaculada han sido algunos de sus destinos y esta labor la compaginará, al menos al principio, con su dedicación al cargo para el que acaba de ser nombrado: delegado episcopal de Cáritas, una de las caras más humanas de la Iglesia Católica pero también muy crítica con el sistema que hace que tanta gente se quede descabalgada. Este sacerdote de aspecto tímido, ojos claros y  vocación temprana (tenía 11 años cuando decidió  lo que quería ser tras algunas dudas sobre la posibilidad de hacerse bombero, «aunque como cura también me ha tocado apagar fuegos», dice) tiene la intención de que el trabajo siga como hasta ahora, tal y como le ha indicado el arzobispo, Mario Iceta, llega con muchas ganas de aprender y con la capacidad de asombro a flor de piel. «No sabía que se hacían tantísimas cosas», comenta sobre el recorrido que está haciendo estos días por los programas de la entidad caritativa de la mano de su antecesor, Fernando García Cadiñanos, que apura sus últimos días antes de tomar posesión del cargo de obispo de Mondoñedo-Ferrol. 

¿Tardó mucho en decir que sí a la propuesta?

Me pilló completamente por sorpresa porque considero que hay otros sacerdotes que estaban más cerca de Cáritas que yo y, además, entre los corrillos de curas ya habíamos hecho quinielas y yo no salía en ninguna porque yo soy un cura de barrio y me he movido mucho en la educación, dando clase en muchos colegios. Cuando me llamó Carlos (Izquierdo, vicario general de la diócesis) para proponérmelo me dio una semana para que lo pensara y mi primera reacción fue preguntarle si no había otros más adecuados. Me contestó que Don Mario (el arzobispo) se acordaba de mí de una visita que hizo a mi parroquia y que consideraba que podía hacer esta tarea. Así que le avancé que le daría una respuesta antes de una semana porque no me gusta dar muchas vueltas a las cosas y después de hablarlo con gente cercana, amigos y gente de mis parroquias, que son los que van a ‘padecer’ esta situación...

¿Por qué dice ‘padecer’?

Porque voy a compaginar esta responsabilidad con la de seguir siendo párroco y entendía que ellos también tenían que asesorarme... y nadie me dijo que no, todo el mundo  me animó y a los tres días llamé al vicario general y le dije que sí y con todo el dolor de mi corazón, porque me encanta la docencia, le pedí que se me eximiera de dar clases porque no creo que pueda abarcarlo todo. El 9 de agosto, que además es mi cumpleaños y me lo tomé como un regalo, me llamó el señor arzobispo para agradecerme haber dicho que sí y que entendía lo de no poder compaginar con la docencia y para hablarme muy bien de la labor de Cáritas.

¿Le ha dado algún encargo concreto con respecto a su gestión?

No, que se sigan haciendo las cosas como hasta ahora. No me ha dado ninguna estrategia sino que se continúe con el trabajo, con el que están muy contentos.

¿Y usted con qué espíritu llega? ¿Qué cree que puede aportar a la entidad?

De momento, llego para aprender, que ya es mucho. En estos primeros días me he dado cuenta de que lo que conozco de Cáritas es muy poquito y me estoy quedando alucinado del trabajo que se hace a todos los niveles. Me ha impresionado mucho, por ejemplo, el reciclaje de la ropa y cómo se fomenta el empleo, es una pasada. Y después de aprender me toca empujar las tareas, habrá que estar muy atentos a la realidad. La pobreza es un término que  va evolucionando y que tiene muchas aristas, no solo económicas y habrá que estar muy pendientes para intentar ayudar a las necesidades que se vayan planteando junto con otras instituciones y las administraciones para salir adelante.  

Llega en un momento bastante crítico puesto que la crisis económica que ha acompañado a la pandemia se ha cebado -como ya nos habían advertido desde Cáritas- con muchas personas que apenas se habían recuperado de la anterior recesión. ¿Cree que hay personas condenadas a vivir en la pobreza, que se trata de una batalla perdida’

No, no. Y lo digo convencido porque lo he vivido en la acogida de Cáritas de mis parroquias y es tremendamente emocionante cuando llega alguien a decirnos que ya no necesita de la ayuda porque ha encontrado un empleo. Ese día para nosotros es una fiesta, una alegría inmensa, sobre todo sabiendo que son estas personas las que han hecho todo el esfuerzo; nosotros les damos escucha, acogida, acceso a los programas y una pequeña ayuda material, es decir que son ellos los que se lo han ganado. En cualquier caso voy a trabajar para que nadie se vea condenado a vivir en la pobreza: todo el mundo tiene derecho a salir adelante y como sociedad tenemos que ayudar a que esto sea así, que haya un pobre es un fracaso para toda la sociedad porque bienes y medios y alimentos y casas hay. ¿Cuántas casas están construyendo? En Capiscol nos están haciendo una torre que flipas y van a hacer otras dos, fíjate cómo ha crecido toda la zona de Coprasa... casas hay.

Una de las características de su organización es la crítica sin paños calientes que hace del sistema, hecho por el cual mucha gente le tiene simpatía sin tenérsela a la Iglesia Católica. ¿Cómo vive esa dicotomía? 

Tengo muy claro que Cáritas es la Iglesia y que la Iglesia es Cáritas. Yo he estado en la acogida, que está en la parroquia, lo que no quita para que se acoja a todo tipo de personas con diferentes sensibilidades porque es que estamos luchando por un solo objetivo que es erradicar la pobreza. En cualquier caso, la identidad no la podemos perder y, de hecho, esta es una de las labores del delegado episcopal porque, además, si no sabes de dónde vienes, no sabes adónde vas. 

Se lo digo porque ha pasado muchas veces que ante un hecho ocurrido en la sociedad Cáritas ha tenido un discurso alto y fuerte y la jerarquía de la Iglesia Católica o no ha dicho nada o se ha puesto de perfil...

Es que es nuestra labor como Iglesia. Tenemos que cuestionar la realidad pero sin criticar a las personas porque hay hechos ante los que hay que decir que no. Tenemos que partir de la realidad por dura que sea porque si no, difícilmente vamos a poder ayudar a resolver los problemas. Si somos ciegos, si no vemos la realidad, si no detectamos los problemas, nunca encontraremos una solución. 

¿Qué sentido cree que tiene hoy la caridad? ¿Lo considera un concepto ‘antiguo’? 

Es verdad que la palabra puede tener un cierto eco a ‘limosna’ aunque aquí está clarísimo que no vamos por ese camino. La caridad es el amor de Dios que se manifiesta en ayudar al pobre, esa transformación que tiene que haber, y es un concepto que no es antagónico para nada con la solidaridad y con la justicia, estas ideas son como las cerezas, coges una y te salen las demás. 

Está tomando ahora el primer contacto con la entidad, que ayuda a muy diferentes colectivos con problemas muy distintos. ¿Hay alguno que le haya parecido especialmente vulnerable o al que haya que darle una atención prioritaria?

Estoy muy unido al tema de la acogida, que está muy presente en los barrios y atiende a las familias, que no están aquí (la entrevista tiene lugar en la sede de Cáritas de la calle San Francisco), las familias están en sus barrios donde los vecinos, además, se ayudan entre sí y cuentan con el trabajo de los voluntarios.

¿En sus parroquias se han encontrado durante la pandemia con familias que nunca hubieran pensado que les iban a pedir ayuda?

He visto esta realidad, a padres que otros años habían llevado a su hijo a la catequesis para hacer la comunión y que ahora han pasado por la acogida.

¿Cómo se hace para que esa persona, que seguramente pasará mucha vergüenza o miedo o dolor, no se sienta peor durante el tiempo que habla con ustedes? 

Pues tratarle de la misma manera que cuando vienen a hablar de la primera comunión de sus hijos. Hacemos que se sientan cómodos, hablamos a puerta cerrada e intentamos buscar soluciones.

¿Le han cambiado los valores al estar tan cerca del lado de la sociedad que peor lo pasa?

Sí, mucho. Para empezar, soy muy consciente de que todos podemos estar en el lugar de la persona que ahora pide ayuda, la vida se te puede torcer por mil cosas y puedes estar ahí y esto, por supuesto, te hace cuestionarte las cosas. A mí me cambió mucho una experiencia que tuve en Uganda, adonde fui con Carmelo del Río, un misionero comboniano de Lerma, volví con los esquemas totalmente cambiados.

¿Le hizo dudar de su fe?

No me hizo dudar de mi fe porque Dios estaba ahí, pero sí hizo que cambiara mi estilo de vida y, sobre todo, mi manera de consumir. Para vivir no se necesita tanto, no necesito nueve pares de zapatos ni 20 camisas. También me llamó mucho la atención la alegría de la gente y la esperanza que tienen, a pesar de todo, y nosotros la alentábamos. 

¿No se da nunca un capricho?

¡Hombre, es que eso es necesario! Los pobres también tienen derecho a darse caprichos, a disfrutar de la cultura, a ver cine, necesitan expansionarse... La pobreza no es solo dinero, hay mucha pobreza cultural y por eso desde aquí se organizan muchas actividades lúdicas y culturales. Los pobres no tienen que estar con cara de haberse comido un yogur caducado y llorando todo el tiempo, también tienen derecho a la felicidad. Aunque ellos también nos dan lecciones en este sentido. Antes de ser cura, cuando tenía 20 años, yo bajaba a la Bakimet en los tiempos de ‘El Huevo’ (famoso delincuente de los años 90), como voluntario del Centro de Apoyo al Menor de Cáritas, sacábamos de allí a los chicos y nos los llevábamos a hacer actividades, talleres, juegos...

Cuénteme, por favor, cómo era El Huevo, al que rodeó tanta leyenda...

A mí me trataba siempre bien, yo entraba en su casa a tomar café y después le acompañamos en su proceso de enfermedad, algo que fue muy duro y doloroso. Recuerdo que, además, se les murió un niño pequeño, lo que fue un mazazo.

¿Qué le aportó esa experiencia?

Yo pensaba que mi profesión iba a ir por ahí, por la acción social y ahora mira dónde me vuelve a colocar la vida. Recuerdo que a la gente le daba miedo entrar en Bakimet pero yo nunca lo sentí aunque se podía dar una situación puntual de una persona adicta en un momento de abstinencia. A nosotros, los gitanos nos defendían hasta de la policía. Lo cierto es que la situación de la población gitana ha cambiado mucho en todo este tiempo; ahora me hace mucha gracia cuando paso por allí y leo un cartel que dice ‘Residencial Bakimet’ pero, sobre todo, me alegra que ya no exista aquel poblado.

Imagino que ya conoce el albergue municipal que gestiona Cáritas...

Sí, cuando llego a las 9 me arremolino con la gente que está allí y charlo un rato con ellos. 

¿Qué actitud tiene que tener la sociedad ante la gente que vive en la calle?

Mirarles, porque no les miramos, no les vemos. Te los encuentras en la calle y cambias el foco, ojos que no ven, corazón que no siente. Frente a esto hay que seguir sensibilizando en el sentido de que son personas, un hombre, una mujer, un hermano, un ser humano... 

¿Cree que nos estamos deshumanizando? 

Somos muy indiferentes. Pero yo creo en la capacidad y la potencialidad de los seres humanos y que, al final, hay cosas que te tienen que tocar el corazón para comprender y para ayudar. 

¿Qué puede hacer la persona que le está leyendo ahora mismo para evitar esta reacción?

Pues muchas cosas. Mira, en Cáritas necesitamos voluntariado, pero que la gente no se piense que tiene que dedicarle mucho tiempo o hacer grandes cosas. Por ejemplo, si alguien sabe maquetar un cartel pues lo puede hacer desde su casa y nos es de mucha ayuda, o puede echar una mano para enfrentar la brecha digital que a tanta gente le es tan difícil de superar, haciendo gestiones en internet sin moverte. 

Este verano hemos sido testigos de cómo hay países que no tienen un descanso como Haití o Afganistán. ¿Entiende que alguien se pregunte dónde está Dios en esos casos? 

Lo entiendo y es algo que hay que preguntarse siempre porque siempre hay que buscar, la fe es buscar, Dios no es algo que tienes en la mano. Qué miedo me da esa gente que anda muy segura de todo por la vida, los que no dudan, porque esos no buscan nada. Y también hay que buscar a Dios y echarle la bronca cuando te encuentras con familias de esas a las que les han caído muchas desgracias y muy seguidas, que te preguntas... ¿pero qué es esto, Señor, por favor?

¿Usted se enfada mucho con Dios?

Sí, (risas) tengo esa confianza. Luego  me habla y me va llevando y haciendo las cosas. 

¿Cómo debemos acoger a las personas que llegan de otros países para mejorar sus vidas?

Al igual que yo tengo derecho a ir a otro país para buscar un trabajo y hacer un proyecto de vida, ellas también, no voy a entrar en que tenga que ser más o menos reglado, que tiene que serlo, pero estas personas tienen derecho a vivir y si en su país no hay posibilidad ellos tienen derecho a buscar una solución.

¿Qué le parecen los discursos que demonizan a este colectivo?

No me gustan nada. Todos somos hijos de multitud de culturas, no hay la persona con el ADN burgalés cien por cien, eso no existe, somos fruto de miles de culturas de integración. Cuando escucho estos discursos pienso que no tienen nada que ver con el Evangelio de Jesús ni con la naturaleza de la Iglesia. 

Me he dado cuenta de que no tiene ningún problema por utilizar la palabra ‘pobre’. ¿Es importante llamar a las cosas por su nombre?

Sí, yo estoy muy acostumbrado a decirlo así aunque en los pocos días que llevó aquí he visto que se habla más de vulnerabilidad, de personas vulnerables, a lo mejor es algo que tengo que ir aprendiendo, pero también pienso que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Pero tendré que aprender.