Médicos sin escudos

EFE
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Los sanitarios españoles batallan jornada tras jornada para frenar la enfermedad, la mayoría de las veces sin la protección suficiente

Médicos sin escudos - Foto: RAYNER PEÑA R.

España tiene uno de los sistemas de salud pública más amplios del mundo, con un ratio de casi 41 médicos por cada 10,000 habitantes, un dato muy similar al de países como Italia o Rusia aunque inferior al de Alemania (42), Suecia (54)y Cuba, que ocupa el primer puesto con casi 82.
Por ello, los trabajadores de la salud nacional son el escudo contra la Covid-19. Una frase repetida por las autoridades desde el comienzo de la pandemia que e ha demostrado literalmente cierta.
Además, para atender la avalancha de enfermos por coronavirus, el Gobierno movilizó a 50.000 profesionales, incluyendo jubilados, recién licenciados y estudiantes de últimos cursos, y ordenó que los hospitales privados se pusieran al servicio de la emergencia. De la misma manera, para centralizar la gestión puso a todas las regiones autónomas a las órdenes del Ministerio central de Sanidad.
Sin embargo, es la falta de medios, y no de personas, la causa por la que España no ha sido capaz de contener aún la curva en ascenso de casos de la enfermedad.
El número de camas en hospitales solo llega a 30 por cada 10,000 habitantes, frente a las 56 de promedio en la UE, con Alemania a la cabeza (86).
El Ejército ha levantado un hospital provisional específico con capacidad para 5.500 camas, ubicado en el centro internacional de congresos de Madrid, epicentro de la epidemia en España.
Y solo esta semana el Gobierno pudo asegurar un contrato con China -por valor de 578 millones de euros- para el suministro regular de millones de mascarillas y guantes y apenas un millar de respiradores.
«Nos ha sobrepasado. No nos imaginábamos la magnitud del problema. Yo también pensaba que esto era como una gripe», reconoce bajo condición de anonimato una enfermera de urgencias de un hospital de la región de Madrid.
«Habría desbordado a cualquiera. Ningún profesional sanitario estaba preparado para una pandemia de estas características. Era algo desconocido para nosotros», añade una compañera de un centro de atención primaria de la capital, que se identifica como Iria Suárez.
La mascarilla es hoy un bien preciado, todo el mundo cree necesitarla, incluso la persona sana que sale a pasear el perro a unas calles vacías. Los sanitarios se desesperan por la falta de buenos equipos de protección para seguir combatiendo la pandemia. «No nos han faltado, pero cada vez son peores. Nos han llegado unas batas que son como chubasqueros, sin empuñadura. Y están pensando en lavar algunos equipos para reutilizarlos», desvela una enfermera de Urgencias. «Sé que me arriesgo a ser infectada, solo quiero tener herramientas», añade.
Suárez también relata que han recibido una especie de delantales de plástico en lugar de batas y que están ya esterilizando las mascarillas especiales, para reutilizarlas.
De hecho, en el hospital donde trabaja la fuente anónima se necesitan camas para que los pacientes no pasen tres días hacinados en sillas por los pasillos de Urgencias, sin espacio para mantener distancias seguras, sin manos para atender todas las bombonas de oxígeno que hay que revisar, señala.
Los equipos de protección no se desechan y cambian como antes, también para ganar un tiempo que necesita la atención constante de los pacientes. Hay enfermos leves que se agravan súbitamente y pueden pasar desapercibidos.
A veces, los pacientes reclaman un beso, sobre todo los mayores. «Necesitan cariño, están solos. Yo ya no pienso en si me contagio», reconoce angustiada. «Es muy duro ver morir a la gente sin sus seres queridos cerca. Te angustias. No quiero que tengan que sufrir, nadie se merece esto», sentencia.
A las 20:00 horas, los españoles encerrados aplauden cada día a sus sanitarios desde los balcones y las ventanas de todo el país.
Se nota que lo necesitan. En muchos hospitales, grupos de sanitarios salen a la puerta a tomar aire fresco y aliento de sus ciudadanos, y a veces se suman patrullas de policía y ambulancias en un estruendo de sirenas y ánimos.
«No sabes cómo se agradece. En mi hospital, todos los pacientes nos aplauden a esa hora todas las tardes. Yo termino llorando cada día», explica la enfermera de Urgencias.
«Me emociona el agradecimiento. Te da fuerzas para aguantar un día más en esta lucha agotadora», comenta Suárez.