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«Soñaré fútbol hasta que me muera»

R.P.B.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Pepe Fernández Manzanedo es uno de esos hombres y esta es (parte) de su historia

Manzanedo, en su hábitat: balón, portería. Fútbol. - Foto: Patricia González

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 14 de junio.

Conserva la planta imponente del porterazo que fue, más aún cuando se coloca entre los tres palos, y no cuesta nada imaginárselo lanzándose como un felino, dibujando una de aquellas estiradas fabulosas que lo convirtieron en uno de los mejores guardametas españoles en una época cuajada de ellos. Dice que uno de los grandes secretos para ser un buen portero es el equilibrio mental: en la soledad del puesto más singular del fútbol el tiempo va muy despacio y un error, una mala salida o un despeje fallido pueden convertirse en una legión de fantasmas, en un tormento, un suplicio que al cabo puede derivar en unas manos blandas, en un ataque de inseguridad, en otra cantada segura. Escuchando a José Luis Fernández Manzanedo (Burgos, 1956), se diría que esa máxima del equilibrio la ha llevado también al ámbito personal: preside un maravilloso club, fruto del sueño de un puñado de locos, que acaba de lograr un ascenso histórico tras una temporada de incertidumbre. Pese a que lo normal sería seguir en una nube,Pepe Manzanedo se muestra tranquilo, sosegado, haciendo gala de una sensatez extraordinaria, de la que suele adolecer cuanto rodea al deporte rey.

El sol de junio convierte los campos de la ciudad deportiva del Burgos Promesas en un jardín del Edén en el que reina la calma. Por él se solaza un hombre feliz al que el fútbol ha dado muchas alegrías. Y eso que creció en un barrio y una época en la que no había apenas balones con los que jugar. Chamarilero de BarrioGimeno, fue la suya una infancia asilvestrada: se la pasó en la calle, bien destrozando pantalones en un campo de carbonilla que había frente a la tienda de ultramarinos y bar que regentaba su padre, bien jugando al burro, al dólar, a lo que fuera. «Los niños, en general y salvo alguna excepción, son felices. Yo fui feliz, aunque no tuviéramos casi nada, ni balones, ni chándal. Pero nos lo pasábamos muy bien porque estábamos todo el día en la calle, jugando a todo. Los niños de ahora no han jugado en calle. Y la calle da picardía. Cuando veo a críos jugando en algún parque me alegro. Tienen que jugar y hacer alguna picia, no tanta maquinita y tanta tecnología. Asegura que tuvo claro, muy pronto, que quería ser portero. «Debía tener unos cuatro años. Iba a los Maristas -cuando estaba en la calle Concepción- y recuerdo que hicimos un partido de pequeños contra mayores. Y ya me puse de portero. En el colegio hacíamos mucho deporte, no sólo fútbol. Jugué también mucho al balonmano, y también de portero».

Desempeñarse bajo palos en balonmano -que es como someterse a un fusilamiento a quemarropa casi permanente- le ayudó a desarrollar unos reflejos espléndidos. «El balonmano me dio ventajas. Era bastante atípico, sacaba mucho los pies, era rápido». De ahí a apuntar hacia lo más alto fue todo uno. Tanto llamó la atención que antes de cumplir los 15 años ya había fichado por el San Juan; de ahí pasó el Marvi; y, de ahí, al Burgos CF. «Yo era un niño y lo que recuerdo con más cariño es cómo me protegieron y cuidaron los más veteranos.Guardo muy buenos recuerdos». Con el guipuzcoano Galarraga en el banquillo hizo su primera pretemporada con el primer equipo, que terminó bajando a Segunda tras una mala campaña. Y en la siguiente llegó el debut.En Vallecas. «Perdimos 2-0. Pero fue muy importante para mí. Yo tenía 17 años. Aquella temporada jugué varios partidos, que para mí fueron clave. No era nada fácil siendo tan joven». Al año siguiente se asentó definitivamente y se convirtió en titular pese a que tenía compañeros de posición tan buenos como Navarro y Gorospe. Toda la confianza se la dio el entrenador de ese momento, una de las personas más importantes en su vida deportiva: Lucien Müller. El preparador francés le dio la titularidad cuando se lesionó Gorospe. «Fue en un partido contra el Calvo Sotelo. Debutamos como titulares Juanito, Palmer y yo. Y, de ahí, hacia arriba.El equipo cambió. Y terminamos ascendiendo a Primera División».

Guarda un gran recuerdo de Müller. «Fue muy importante en mi carrera. Para triunfar en el fútbol hay que tener condiciones, un poco de suerte y, para cuando esta llega, estar preparado. Y eso me pasó a mí cuando Müller confió en mí, cuando podía haberlo hecho en Navarro, que era un porterazo». Aquella temporada del Burgos en Primera fue buena. «Teníamos un equipo joven pero con condiciones. Navajas, Juanito, Garrido, Kresic -que nos dio mucha estabilidad en el centro del campo-, Tito Valdés, Requejo, Navarro, Viteri, Quini... «Juanito era un fenómeno. Es el único jugador del Burgos al que he visto poner a la gente de pie.Era eléctrico. Tenía un carácter difícil, un pronto complicado, pero era buena gente. Era un hombre cercano, sencillo.Le faltaba un poco de cabeza para estar más asentado, pero era buen tipo. Y tenía un espíritu ganador, ganador. Era muy rápido, especial. Sólo tenía un defecto: hacía pocos goles. Pero daba muchos. Llegaba a línea de fondo, centraba... Era un espectáculo».

Con Juanito coincidió en Burgos cuatro temporadas y además compartió con él una experiencia única: participar con el combinado nacional en los Juegos Olímpicos de Montreal, celebrados en el verano de 1976. «No esperaba la llamada de Kubala. Fue una satisfacción. Pero yo estaba en la Mili y tuvieron que hacerme un pasaporte especial de 40 días para poder ir con la selección. Fue como ir a otro mundo. En la ciudad olímpica, con miles de deportistas de todas las disciplinas y todos los países. Fue una experiencia inolvidable, aunque me dio pena que Kubala no nos dejara ir al acto inaugural para que descansáramos y lo que peor llevé fue la estricta seguridad, obligada por lo que había pasado en Munich cuatro años antes [la masacre en la que murieron once atletas israelíes a manos de terroristas palestinos]. Los controles eran enormes, cada desplazamiento se hacía con soldados armados. Pero fue toda una experiencia convivir con todos esos deportistas. Recuerdo mucho al jugador de baloncesto soviético Tkachenko, 2,21 metros, que apenas cabía en el ascensor y siempre iba con un boxeador pequeñajo. La imagen era... También recuerdo haber visto por la televisión el primer 10 de la historia, el que se dio a Nadia Comaneci...». Aquella experiencia internacional tendría su extensión más adelante. Kubala, míster de la absoluta, le convocó para un partido amistoso contra Suiza en Berna. Fue en septiembre de 1977. Jugó uno de los dos tiempos; el otro portero era Arconada. España venció por 1 a 2. «Fui convocado más veces. Con Kubala siempre tuve buen feeling.Nos clasificamos para el mundial de Argentina 78 y no fue por mala suerte: me lesioné. Tanto Kubala como Di Stéfano, que me entrenó en Valencia, eran dos buenísimas personas, muy buena gente, sencillos, cercanos».

Tras la temporada 76/77 el Burgos necesitaba dinero, y se vio obligado a vender futbolistas. A algunos de sus mejores futbolistas: Juanito fue traspasado al Real Madrid. Al Valencia en el que brillaba Mario Alberto Kempes llegaron Cabral, Palmer y Manzanedo. Y eso que el cancerbero burgalés fue durante unas horas jugador del Barcelona. «Fue mi cuñado a firmar el contrato y cuando salía de las oficinas Albadalejo, que era el jugador que iba a formar parte del trueque, se negó a ir al Burgos. Y se rompió el acuerdo». No siente Manzanedo ninguna espina clavada por ese fichaje frustrado. Ni mucho menos. Fue feliz en Valencia. «Fueron unos años maravillosos». Y eso que la adaptación no fue sencilla. «Fue un cambio enorme para mí. Llegaba con 21 años a una gran ciudad y un gran club. Dejabas a la familia y a los amigos... Los primeros meses fueron duros, pero una vez que hice migas con varios compañeros todo cambió y fue mejor.Estuve siete años allí y aún tengo relación con mucha gente de Valencia, con casi todos los compañeros. Éramos un grupo extraordinario».

Años maravillosos. Tan es así, que además de amigos eran unos peloteros de campanillas. El Valencia, con Manzanedo como titular, ganó la Copa del Rey al Real Madrid en el Calderón. 2-0. «Fue muy importante porque hacía mucho que el Valencia no ganaba un título. La afición se volcó.Es cierto que la afición del Valencia es difícil, exigente, pero a las buenas es extraordinaria. No la hay en el mundo tan entregada y festera. Aquello fue una exhibición de valencianismo». Esa temporada también ganó el trofeo Zamora (sólo 26 goles encajados; y no la ganó el año anterior porque en el último partido de Cruyff el Barca le metió un gol que impidió que se hiciera con ese ‘título’). Al año siguiente, campeón de la Recopa en una final contra el Arsenal con Di Stéfano de entrenador. Casi nada. De Kempes, el ‘Matador’, habla maravillas Manzanedo: «Mario es un fenómeno como persona y como compañero. Y como futbolista... Había que verle. Era un goleador tremendo, con gran poderío físico, gran golpeo de balón, buen remate de cabeza, calidad técnica. Te podía meter un gol desde cualquier lado. Un verdadero espectáculo».

No hubiese querido tener a Kempes en el equipo contrario, pero Pepe Manzanedo sufrió a grandes delanteros. Cita a Hugo Sánchez, a Cruyff, al austriaco Krankl...  Pero ninguno le fascinó tanto como aquel muchacho contra el que se enfrentó por primera en una gira de pretemporada con el Valencia en el campo de River. «En Argentina ya se hablaba de él, pero cuando le vi jugar en aquel partido que nos enfrentó a la selección sub-19... Me impresionó. Fue un espectáculo fuera de lo normal. Nunca he visto un jugador igual. Hacía cosas que no hacía nadie. Me di cuenta de lo que venía». Ese muchacho se llamaba Maradona, y Manzanedo se enfrentó más veces con él ya en España.

En el Valencia le fue muy bien las primeras temporadas, pero había mucha competencia en la portería, empezando por Sempere, que era de la tierra. Y recuerda Manzanedo que en aquellos años, siguiendo el ejemplo de Athletic y Real Sociedad, que ganaron ligas con gente de la casa, en equipos como el Valencia se decidió apostar por los paisanos antes que por jugadores que no fueran del terruño. Y empezó a jugar cada vez menos. «Como dejé de jugar no por cualidades sino por otras cuestiones, pedí salir, pero entonces existía el derecho de retención. Y eso me hicieron hasta que en el último año llegó Paquito y volví a jugar hasta que me rompí el cruzado y el menisco. Estaba negociando mi continuidad...».

Fue mala suerte, porque no se recuperó bien de aquella lesión; anticipaba su regreso y volvía a recaer. «La medicina de entonces no era como la de ahora. No me recuperé bien, el entrenador quería que jugara y yo también, pero volví a romperme». Al acabar aquella temporada (84/85) le dieron la baja y fichó por el Real Valladolid, etapa de la que no tiene buen recuerdo porque se pasó casi toda la temporada lesionado pese a que empezó físicamente perfecto y consciente de que el Atlético de Madrid andaba detrás de él. Pero se truncó otra vez. Y fichó por el Sabadell, con el que disputó tres temporadas buenas temporadas en Primera, convirtiéndose en el héroe de una permanencia agónica al parar varios penaltis el play off. Antes de colgar la botas pasó por la Cultural Leonesa en 2ªA. Y colgó los guantes.

Se sacó el título de entrenador. Fue segundo entrenador y entrenador de porteros del Real Burgos en Primera; luego pasó un año por el Palencia. Asegura que el fútbol ha cambiado mucho. «Los jugadores han cambiado en el aspecto técnico. Hay más calidad. Porque han mejorado los campos, los balones y la formación. Y por los entrenamientos.Hoy se trabaja mucho el aspecto técnico. En ese sentido, en España se está trabajando muy bien y somos referencia a nivel mundial». Durante un tiempo se alejó de su gran pasión. Hasta que surgió, junto con excompañeros de la cantera del Burgos de su época, montar el Promesas porque el primer equipo necesitaba cantera para recibir subvenciones. Fue en el 99. Se fundó en el año 2000. Hoy es una maravillosa realidad, con una ciudad deportiva envidiable. Costó mucho, admite. Trabajo, dinero y quebraderos de cabeza peleándose con las administraciones para los permisos. Tuvieron ambición porque entendían que una cantera es vital. «Y confianza», apostilla.Este último, aunque haya tenido un final dulce, ha sido un año duro por los desencuentros con el Burgos CF de Caselli. Pero prefiere mirar con optimismo al futuro. El Promesas tiene un reto por delante. Y también el Burgos. «A ver si de una vez por todas reina la coherencia y se hacen bien las cosas. Si no, mejor que lo dejemos». Él seguirá amando el fútbol. «Y soñando fútbol hasta que me muera». Grande.