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Ignacio Camarero

Dibujos de Ciudad

Ignacio Camarero


Comprar en el centro

09/01/2022

Se forma una pinza con el pulgar y el índice. Se estira y gira el brazo hasta situarse por encima y en la vertical del objetivo. Se le comprime ligeramente por dos de sus laterales. Y se procede a su traslado aéreo. Algo parecido a como el señor Fernández Mañueco, don Alfonso, ha cogido por el pescuezo al señor Igea, don Francisco, hasta introducirlo en el triturador. Coger los pasteles con los dedos sin mancharse no es fácil. Y resulta una cochinada cuando la mano queda pringada. Requiere pericia. No está al alcance de cualquiera. Exige, además, como ser modelo de calzoncillos, ciertas condiciones de naturaleza óseo muscular. Dedos de guitarrista. Largos y huesudos. Lo contrario puede resultar fatal. Nata. Crema. Moka. Frutas del bosque. Espuma de chocolate. El más mínimo roce con cualquiera de estos semifluidos, acaba rebozando las zonas de la roña de la mano. Y siendo tentación del lametón sanador de una lengua golosa. Propia o extraña. El protocolo y etiqueta de ingestión y manipulación de los dulces es inequívoco. Los pasteles pequeños se cogen directamente con los dedos, desde el plato de servir. Y deben depositarse previamente en el citado menaje con la ayuda de una pinza repostera. Dicho de otra manera. El señor Fernández Mañueco, don Alfonso, está en su derecho de usar la mano para llevarse a la boca a la señora Casado, doña Verónica. Pero el dulce de mandarina debe llegar a la mesa presidencial en su justo momento, después del queso y antes de la fruta. En plato de porcelana. Como una convocatoria electoral. La gran pregunta, sin embargo, es por qué en Burgos no ha sido así durante estas fiestas. Porque los pasteles más caros del centro se han dispensado a dedo. A mí me sucedió en la Inmaculada. A mano y a pelo. También a uña. Así me los sirvieron. Y también con morro cuando solicité a la encargada el empleo de una pinza. En el puente de Navidad no me lo pensé. Fui a por mis dulces a Gamonal. Me habían hablado maravillas de un obrador en la bocacalle de la carretera de no sé qué pueblo famoso por su sal. Y acerté. Una magnífica herramienta de acero inoxidable introdujo, uno por uno, todos mis polvorones en su bolsa celofán. Llegó el día de Año Nuevo. Sí. Ya no bajé al centro...