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Del infierno al cielo en 5 años

I.E.
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Jesús Sainz relata la dura experiencia de levantar un concurso de acreedores por las deudas que a punto estuvieron de hacer sucumbir a su empresa: Cierres Metálicos

Jesús Sainz posa en una de las naves que ocupa su firma en el polígono de Gamonal, en Pentasa. - Foto: Luis López Araico

Jesús Sainz, a sus 70 años, es un hombre nuevo. La tensión acumulada durante el lustro largo en que su empresa ha estado en la cuerda floja ha debilitado su salud y le ha provocado algunos tics de los que no se desprenderá fácilmente. Pero ya respira, porque el juzgado de lo Mercantil ha declarado íntegramente cumplido el convenio que firmó con sus acreedores tras el procedimiento concursal que solicitó en el año 2015. Cierres Metálicos, que cumple este año 50 desde su fundación, ya es libre, ya no está ‘intervenida’ por un administrador concursal y ya puede acceder a los créditos que las entidades financieras le han negado en el último sexenio. No es fácil salir indemne de un concurso y tampoco resulta sencillo contarlo. Pero Jesús y su hija Esther, que será su sucesora junto a su hermano Alberto, dan el paso porque, entre otras cosas, quieren agradecer el apoyo recibido de la sociedad burgalesa y de las empresas que han confiado en su trabajo en estos años. 

Jesús empezó con el negocio en Villariezo -su padre era herrero- y en 1971 lo trasladó a Burgos capital, en concreto a la plaza del Rey.  No tardaría mucho -con el polo de desarrollo en pleno auge- en mudarse al polígono de Gamonal, a Pentasa, donde adquirió seis naves donde está asentada actualmente la empresa. Con 22 trabajadores en sus inicios empezó a fabricar estructuras metálicas para obra pública, construcción e industria. Le fue bien, llegó a tener 50 empleados, fue presidente del Real Burgos. Con los vaivenes propios de gestionar un negocio que facturaba grandes cantidades de dinero, llegó la crisis económica de 2008, que logró capear hasta el año 2014 a base de endeudarse. De endeudarse demasiado: 2,6 millones debía en esos días a sus acreedores, Seguridad Social, Hacienda, proveedores, etc. «Llegó un momento en que las empresas dejaron de pagarnos por la crisis y nuestra deuda no paró de crecer», explica.

Cuando la sombra de la quiebra técnica se cierne sobre un negocio hay varias formas de reaccionar. Una de ellas era la de seguir refinanciando la deuda. Tuvo opciones de conseguirlo, pero pensó que era «pan para hoy y hambre para mañana», que el dinero que debía «solo iba a aumentar». Otra de las salidas, a la que recurren no pocos empresarios, es la de liquidar el negocio y pagar a los acreedores con lo que se saque. Se le pasó por la cabeza, qué duda cabe. Pero lo descartó. «Pensé que no iba a poder mirar a la cara a quienes habían confiado en mí; aunque fuera devolviendo algo menos de lo que debía, tenía que intentarlo;no podía dejar a todo el mundo tirado», indica. Y así lo hizo, en buena medida también porque sus hijos le animaron. «Si decides tirar para adelante te ayudamos», le dijeron, recuerda Esther. Así que finalmente solicitó un concurso de acreedores para mantener viva la empresa.

La tarea no era sencilla. El administrador concursal, que le ha ayudado mucho en estos años, «no las tenía todas consigo». Su abogado, Miguel Sebastián, sí confió en que saldría adelante, pero hubo que hacer muchos sacrificios y moverse de forma hábil para firmar un buen convenio con los acreedores. Empecemos por esta última tarea. Lo más importante pasaba por negociar una quita, para lo cual Jesús tuvo que «visitar a mucha gente» y persuadirla de que le condonasen la mitad de la deuda, que eso le permitiría «seguir» con su actividad y continuar con ellos como proveedores en el futuro. Lo consiguió. Entre los sacrificios, el más duro, sin duda, fue prescindir del personal. Se quedó con solo 6 trabajadores, «aunque a los pocos meses» pudo recuperar a varios y formó una plantilla de 22 que «crecerá en los próximos años». «Los menos acudieron al juzgado y los más esperaron a que les llamásemos de nuevo;se lo agradezco», admite. Antes de lograr la quita hubo de desprenderse de numerosos inmuebles para hacer frente a la deuda con la Seguridad Social y Hacienda, la primera que hay que saldar.

El momento «de más tensión» es en el que «hay que tomar la decisión de ir o no a concurso». «Al mes, empezamos a tranquilizarnos porque sabíamos que el negocio iba a ir bien», advierte. A ello contribuyó la confianza que depositó en él Andrés Hernando, propietario de Hiperbaric, que le encarga la ejecución de una buena parte de los diseños que hace su ingeniería. «Le estoy muy agradecido, sin él hubiera sido más difícil, quizá imposible», asegura. No obstante, el día a día fue complicado, porque cualquier movimiento de dinero tenía que ser aprobado por el administrador concursal. «Tengo que decir que desde el principio recibí su apoyo, estudiaba lo que pedíamos y daba el sí», afirma Esther, que es la que lleva el día a día de la empresa.

A padre e hija se les ve felices, porque a partir de ahora se sienten liberados y con capacidad de maniobra para realizar inversiones que hasta ahora no podían hacer por falta de crédito. «Los bancos que antes te refinanciaban todo ahora nos han cerrado la puerta; pero eso cambia ahora con la salida del concurso», explican. En todo caso, la experiencia les ha enseñado a que «endeudarse no es buena práctica», de manera que serán cautelosos en sus nuevas aventuras.