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«Somos un país de lloricas»

A.G.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Rosa Eva Martínez es una de esas mujeres y esta es (parte de) su historia

Rosa Eva eligió posar ante el Teatro Principal porque la remodelación del edificio isabelino se inauguró durante su etapa como corporativa y lo considera «una joya» para la ciudad. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

*Este reportaje salió publicado en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 5 de julio de 2021.

 

Quince años. Esa era la edad que tenía Rosa Eva Martínez cuando comenzó a trabajar en Ory, la histórica firma textil donde el empleo femenino era abrumadoramente mayoritario. Solo dos años después entró en el Comité de Empresa como representante de las aprendices. Sin duda, tenía madera sindical y lo demostró desde muy jovencita.

Esta mujer nacida en Villafría en el año 1957, «cuando todavía era un pueblo y no tenía agua corriente», es conocida por media ciudad por ser una veterana de Comisiones Obreras y por haber formado parte de la Corporación municipal de la legislatura 1995-1999, la última de Valentín Niño, dentro de la lista de Izquierda Unida que con cinco concejales obtuvo el mejor resultado municipal de su historia.

Menuda de estatura pero enérgica, con convicciones políticas muy claras, está cerca de jubilarse y tras casi 50 años de cotización aún trabaja en el sindicato, ahora en el área de Autónomos. Sigue con una intensa actividad que la lleva a menudo a viajar por trabajo por toda Castilla y León y se mantiene enganchada a esa tarea, porque es una convencida de las bondades de la vida activa. «El trabajo dignifica a las personas», repite en varias ocasiones durante nuestra conversación, que salta continuamente del presente al pasado y vuelta al futuro.

Por ordenar mínimamente el relato diremos que Martínez vino al mundo en un ambiente rural pese a estar solamente a 8 kilómetros del centro de la capital. Dentro de una familia de cinco hijos, de padres labradores, a todos les tocaba trabajar en cuanto pudieran porque simplemente el hecho de ir a estudiar a Burgos ya era un coste adicional. 

Así que ella hizo la primaria en las escuelas de Villafría y acabó sacándose el graduado escolar donde hoy está el Centro de Educación Victoriano Crémer, en la calle Sanz Pastor. Poco después entró a trabajar en Ory y tuvo entre sus manos una máquina de coser que ya no abandonaría en varias décadas.

Se unió a las JOC (Juventudes Obreras Cristianas), de la que guarda un muy buen recuerdo, pese a no ser religiosa: «Allí encontré gente que me ayudó a ser la persona que soy, me inculcó los valores de solidaridad, justicia y respeto a los demás, me enseñó a asumir una responsabilidad personal con tu vida. Yo no soy una mujer de misa, ni me casé por la iglesia ni bauticé a mi hija, cosa que no era fácil de explicar ni siquiera a mis padres hace 31 años, pero me identifico con esos valores del cristianismo», defiende. 

La JOC era un movimiento obrero y de su mano fue como empezó a formar parte del Comité de la fábrica, aunque rápidamente se pasó a Comisiones Obreras. «Eran los tiempos en que el secretario era Paco Ubierna y todavía estaba la sede en Nuño Rasura. Luego nos fuimos a la plaza de Castilla, donde ahora está la FAE, y finalmente a la calle San Pablo».

Era casi una niña cuando vivió su primera «huelga ilegal», aún en el franquismo. «Yo creía firmemente en lo que estábamos reivindicando pero políticamente la verdad es que no me empanaba mucho», reconoce. Por su actividad sindical llegó a ser sancionada durante casi un año sin empleo y sueldo, y ahí resultó fundamental la ayuda de sus padres para no tener que recurrir a la llamada «caja de solidaridad».

Con el paso de los años se convirtió en la responsable del sector del Textil-Piel en CCOO, incluso a nivel regional. «Yo me conozco todas las empresas que ha habido en la región, un sector que tristemente ha sido arrasado, y he hecho sindicalismo a la vieja usanza, puerta con puerta», relata. Y durante todo ese tiempo compaginó el trabajo sindical con uno o dos días a la semana en la empresa, e incluso con la actividad política.

Etapa municipal. En 1995, siendo ya muy conocida en Burgos, aceptó una propuesta que ya le habían hecho en anteriores ocasiones y figuró en la lista de Izquierda Unida a las elecciones municipales. «Era la etapa final de los gobiernos de Felipe González, sonaba mucho el escándalo de los GAL, había un descrédito muy grande de la izquierda y vi que era el momento de defender mi ideología. Pensé que había que dar el paso», explica. Y así se convirtió en corporativa hasta 1999. 

«Fueron unos años bonitos porque conseguimos un gran resultado con los cinco concejales, pero al mismo tiempo era frustrante ante la mayoría absoluta del PP. Es curioso, porque yo llevaba muchos años ejerciendo un papel público y sin embargo entonces te hacían creer como que fueras más importante por ser concejala, aunque yo siempre me consideré una servidora de la ciudad».

Sostiene que su grupo planteaba «cosas muy sensatas» y que a la chita callando, como sin querer y dejando pasar un tiempo para disimular su aceptación, el PP acababa haciéndolas suyas y poniéndolas en práctica. «Ahí estaban por ejemplo varias peatonalizaciones, aunque a mí me hubieran gustado que fueran más, el primer centro cívico en Río Vena y la idea de crear una red de centros más pequeños en los barrios, los planes para empezar a desmantelar El Encuentro, e incluso inauguramos el Teatro Principal».

Habla en primera persona del plural. Defiende ese «inauguramos», aunque su grupo no gobernase, «porque éramos un colectivo, una única Corporación», sostiene. Y deja bien a las claras que guarda un gran recuerdo de aquel paso fugaz por el Ayuntamiento: «Durante esos cuatro años me di cuenta de la joya de ciudad que tenemos y de todo lo que se podría hacer para mejorarla. Me da rabia que los ciudadanos no valoren lo que se hace por ellos desde las instituciones públicas. Debería apreciarse más ese trabajo».

Aquí Rosa Eva Martínez se pone seria, e incluso dura en su discurso: «Somos un país de lloricas donde creemos que todo lo hacemos mal. El Gobierno no puede hacer todo mal, como ahora se le critica con la pandemia. En casi todos los países el impacto ha sido parecido y se reconoce muy poco el valor de lo que hemos avanzado en estos años, la importancia de la concordia o la convivencia. Todo el mundo se queja de los poderes públicos, es una actitud constante, y últimamente la tendencia es escandalosa, nunca se habían utilizado palabras tan gruesas como ahora. Llamar al Gobierno ‘enterradores’ o ‘ilegítimos’... pero ¿dónde estamos llegando? En otros países europeos no se les ocurre decir todo  eso…».

Su paso por el Consistorio solo duró cuatro años y afirma que Ángel Olivares, quien acabaría siendo alcalde, le propuso entrar en su lista del año 99, «pero ya estaba muy cansada. Trabajaba en el sindicato, en la empresa y era madre de una hija que entonces aún era pequeña. Tenía que priorizar». También se presentó a unas elecciones generales para ser diputada en el Congreso, como segunda en la lista del PSOE tras Julián Simón de la Torre, y no logró escaño. Aquello también le permitió conocer de cerca a Juan José Laborda, peso pesado del socialismo burgalés, a quien describe como «un hombre magnífico y de grandes valores».

En la ejecutiva de CCOO. Pese a la satisfacción de haber probado con la política, sin duda el sindicato sigue siendo su pasión, una tarea que para Rosa Eva significa «pelear por los compañeros, su dignidad y su respeto». Hasta el año 2017, Martínez formó parte de la Ejecutiva Regional de CCOO, primero como responsable de Comunicación, luego en la Secretaría de Afiliación y más tarde como secretaria de Mujer, Juventud y Migraciones, para acabar ahora en el área de Autónomos desde la organización Tradecyl, algo que le ha permitido conocer un sector totalmente ajeno a ella hasta hace muy poco, «y que proporciona un gran dinamismo al centro de las ciudades y un tejido urbano muy importante».

Vuelve a destacar la importancia del empleo, «porque hay que valorar el trabajo y no tanto el dinero. Gracias al trabajo de todos, del conjunto de la sociedad, estamos rodeados de cosas tan estupendas. Lo más importante es el trabajo y la libertad».

Y reflexiona sobre la situación actual del mercado laboral, especialmente la de los jóvenes. A su juicio, la cultura de trabajar obligatoriamente de lo que uno ha estudiado resulta contraproducente. «A veces tienes que reciclarte», apunta, «y no todo el mundo tiene que tener estudios universitarios. Es el trabajo lo que dignifica y no solo la cualificación. Todos somos necesarios, nadie es más que nadie porque tenga un título. Yo por ejemplo nunca entendí por qué los de las oficinas de mi fábrica tenían que estar por encima de los de producción. Como tampoco entiendo la actitud xenófoba hacia los extranjeros, que muchas veces hacen lo que no quieren los españoles, y toda la cadena de trabajo es necesaria en la sociedad».

Defiende a capa y espada que, si el trabajo dignifica, también necesita venir acompañado de una «remuneración digna», y por eso destaca la importancia de incrementar el salario mínimo. «Es fundamental en un país como España, donde tiene tanto peso el sector servicios, y donde no alcanzamos la media europea que debe ser un objetivo irrenunciable. Además, elevar el salario mínimo recorta la brecha de género, porque las mujeres somos mayoría en sectores peor pagados», recuerda.

Rosa Eva Martínez lamenta sobre todas las cosas la deriva que está alcanzando en los últimos años la crispación política, principalmente en el ámbito nacional. A su juicio, «la entrada de Vox ha pervertido todo lo que venía consiguiendo la sociedad española y está arrastrando al PP, que intenta no perder comba o espacio político. Todo lo miramos con actitud cortoplacista, con un individualismo muy peligroso. Por ejemplo Isabel Díaz Ayuso. Cuando dijo aquello de ‘socialismo o libertad’ o ‘comunismo o libertad’ me habrían dado ganas de ponerme frente a ella y decirle que yo sí sé lo que es luchar por la libertad. Nunca he sido del PCE, pero sus valores son los que conocí en las JOC. Me fastidia, me resulta indignante esa dicotomía, la crispación, la xenofobia. ¿Pero qué España estamos haciendo?», lamenta.

Si todo discurre según lo previsto, espera jubilarse al año que viene y dedicarse entre otras cosas a viajar, una de sus grandes pasiones. A mediados de la semana pasada, cuando conversamos con ella, acababa de regresar de unos días en Córcega y Burdeos, donde vive su hija, y no oculta su sorpresa por qué en España en general, y en Burgos en particular, sigamos llevando tantas mascarillas por la calle pese a no ser ya obligatorias. «Somos conservadores hasta para acatar esa norma», apunta con sorna. Ella, sin duda, prefiere las caras descubiertas.