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«Yo no pienso en la muerte cuando voy a una zona en conflicto»

ALMUDENA SANZ
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Sergio Caro abomina del periodismo de sillón, disfruta en la búsqueda de historias singulares y a ello se ha entregado media vida en el equipo del asesinado David Beriain, pero confiesa que lo suyo va más allá de la guerra. Hoy lo cuenta en el MEH

Sergio Caro, en pleno corte de pelo ante la mirada de David Beriain.

Rechazar la propuesta fue la primera reacción de Sergio Caro cuando le propusieron dar una charla en el ciclo Un mundo en conflicto, incluso dio el nombre de otros compañeros que él creía que podían hacerlo mejor. Finalmente, dijo sí y hoy estará en el Museo de la Evolución Humana (20.15 h.) en la quinta entrega de este ciclo orquestado por el MEH y Diario de Burgos. Conducirá desde Sevilla previo paso por Valladolid para ver a su colega Roberto Lozano, al que conoció como parte del equipo de otros dos de sus grandes amigos, David Beriain y Roberto Fraile, asesinados hace un año en Burkina Faso mientras realizaban su trabajo. 

¿Cómo se afronta la muerte de un compañero?
Mal, fatal, los dos eran amigos, compañeros de muchos años de trabajo. Te hace un agujero muy grande, en todo, en lo personal y en lo profesional. 

Precisamente, con Beriain estuvo en Iraq, Afganistán, El Congo, Colombia, Venezuela... ¿Cuando se va a un sitio en conflicto se tiene presente a la parca?
Yo no, no pienso en la muerte cuando voy a una zona en conflicto, si lo hiciera, no iba, igual que cuando salgo a escalar o subo en un barco. No piensas en ella, aunque sí eres consciente. David lo era mucho más, él hablaba de lo que podía pasar, lo racionalizaba. Yo no, yo si me van a matar, no voy. Si pasa, pasa, es un accidente de trabajo. 

¿Qué pasó para que el joven que había empezado con 20 años en la agencia Efe decidiera coger una cámara e irse a la guerra?
Fue a través de David Beriain. Nos conocimos en 2005 en el Sáhara, en Tifariti, en los territorios dominados, que ahora tienen una guerra abierta, pero en ese momento era un sitio de conflicto, pero bastante tranquilo. Yo estaba haciendo mis fotos como freelance, para El Periódico de Cataluña, él apareció allí trabajando para La Voz de Galicia, con su cámara, pero el cargador no iba, la batería tampoco; yo le dije que no se preocupara, que le pasaba fotos y luego se apañarían los periódicos. Salió todo muy bien. Y me invitó a ir a Artajona. Hablamos, a los dos nos interesaba hacer cosas chulas, él ya había ido en 2003 a Iraq, ya estaba muy enfocado en los conflictos, y al año siguiente me invitó a ir a Afganistán y empezamos a trabajar. Vino la crisis, salimos de los periódicos, de rebote le llamó Cuatro para ver si podíamos hacer lo mismo que para el periódico para la televisión y ya enganchamos el mundo audiovisual. Luego montó la productora y yo seguí trabajando con él hasta el año pasado.

Dice que se fue a Afganistán como el que se va aquí al lado...
Él era un buen referente, sabía lo que hacía, no me iba con cualquiera. Yo nunca he estado tan enfocado en los conflictos, me gusta hacer de todo. Con él alucinaba, cuando se ponía a entrevistar a gente era un disfrute. Una maravilla. A Roberto lo conocí en 2009, primero como tenía trabajo iba a los conflictos en vacaciones, pero luego lo enganchó y ya no lo soltó.

Partiré de la historia más loca que he vivido para que entiendan el gazpacho mental en el que vivimos»

¿Ir a cubrir conflictos engancha?
No, no, David tenía mucho trabajo y para mí era una solución, ir con alguien con el que disfrutaba, estaba a gusto y tenía la parte económica resuelta. Esto es periodismo, esto es un desastre. Disfruté mucho durante muchos años, pero ya llevaba dos o tres que se me hacía cuesta arriba este circo, ya había visto las orejas al lobo, e intenté cambiar la temática.

¿Qué es lo que más cuesta cuando se está tanto tiempo fuera y en un lugar, a priori, poco amable?
Yo echaba mucho de menos la familia. A mí me costaba mucho. (Tiene dos niños, uno de 12 años, Roberto, se llama así precisamente por Fraile y Lozano, y África, de 8 años). 

Y después de estar al pie del cañón tanto tiempo. ¿Cómo se ve la guerra en Ucrania desde el sofá?
Desde el sofá se ve súper a gusto, con mucho miedo porque vaya tela la que se está liando, da mucho miedito, pero no me hace falta estar allí. Si hay que ir, se va, pero ir para dar de comer a la bestia, a las televisiones, eso ya se pasó. Si me propusieran hacer una historia chula, voy, pero a lo loco solo iría si no me quedara más remedio y, por suerte, me está yendo bien. 

¿Decepcionado con el periodismo?
Aburrido. La manera de consumirlo no invita a hacer nada. No me entusiasma y luego todo está muy sesgado. Cuando empiezas lo ves todo muy bonito, pero cuando pasa el tiempo y ves la maquinaria a la que estás dando de comer... 

¿La tribu de los reporteros de guerra es mito o realmente existe? ¿El compañerismo es más necesario que nunca en esas situaciones?
Lo de la tribu lo he vivido poquito. A los conflictos no he ido a cubrir el breaking news (última hora), sino que han sido trabajos en solitario, solo con el equipo, más contenidos y con otro enfoque, como otra mucha gente. 

Con ese equipo sí se establece una relación especial... 
Esos son hermanos. 

Cuando vuelvo a mi casa no me quedo con los fantasmas; estarán ahí pero tampoco son tan limitantes»

En el documental Morir para contar hablan colegas suyos de la dureza de la vuelta a la rutina cotidiana tras cubrir esas guerras. 
Para mí la vuelta no era ningún problema, yo volvía encantado (ríe). Yo estaba deseando venir. Ves cosas duras, pero como otras profesiones aquí, una enfermera, un bombero o un conductor de autobuses. Si te mueves y no te encasillas en una oficina, es normal que veas mil cosas. No me siento especial. Sí que es necesario digerir bien lo que ves, pero cuando vuelvo a mi casa no me quedo con los fantasmas. Estarán ahí, pero tampoco son tan limitantes, aunque, de vez en cuando, sí te viene ese bajón. 

Experiencias en un mundo convulso es el título con el que presenta esta charla. ¿Hay alguna que le ha marcado más o todas lo hacen?
Cuando me lo preparé pensé que iba a poner a esta gente la historia más loca que yo he vivido, un pequeño resumen con fragmentos, para que vean el gazpacho mental que se te crea cuando vas a sitios anacrónicos, extraños. 

¿Y cuál es esa historia más loca?
Esa historia más loca es la de El ejército perdido de la CIA. Los hmong, una etnia que vive entre Tailandia, Laos y Vietnam, lucharon contra los comunistas en la Guerra de Vietnam. Había una ruta, la Ho Chi Minh, del norte de Vietnam, por la que salían los suministros por Laos hasta el sur, y la CIA creó un operativo secreto y los hmong, personas civiles, marcaban los objetivos que luego bombardeaban. Se acabó esa guerra y los gobiernos de Vietnam y de Laos se dedicaron a perseguirlos y aniquilarlos. Unos se van a Estados Unidos, otros se esconden por los países del alrededor, pero quedan bastantes en Laos escondidos en las montañas que siguen peleando hasta hoy. Estuvimos con ellos y allí sientes que sigue la Guerra de Vietnam. Es muy loco. Esto es lo que contaré para que entiendan mi gazpacho mental. La semana pasada di clases en un máster de la CNN en Sevilla, con gente de 20 años, que creen que todo lo hace una App, luego trabajé en un documental sobre Kiko Veneno, estuve siguiendo al emérito y al volver grabé una fosa de represaliados de la Guerra Civil... Es todo muy loco, los periodistas somos así, como la Canción del pirata, de Sabina. 

Hace buena esa definición que encabeza su web de ser un jornalero de la imagen... 
Mercenario suena más feo. Cobramos por jornada. 

¿Está claro que ese mundo convulso puede estar a miles de kilómetros o a la vuelta de la esquina?
Todos los guiones se basan en el conflicto; si no hay conflicto, no hay película. A todos nos gusta el conflicto y vivimos por ello. Y si no hay, nos lo tenemos que inventar, grandes o chicos. Todo guion tiene un conflicto y la vida son guiones.