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Elogio de lo inútil

ROBERTO PERAL
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«La 'Miscelánea original de Schott' es una colección de curiosidades y detalles baladíes que hará las delicias de los amantes del saber improductivo»

Algunas entradas de la ‘Miscelánea original de Schott’ (2002).

Graves estudiosos nos reprochan estos días en los medios de comunicación, ahora que todo parece indicar que la pandemia se bate en retirada y podemos empezar a recuperar poco a poco nuestros añorados malos hábitos, que hemos malgastado en tonterías todos esos meses que la calamidad del coronavirus nos ha retenido en casita, y que, en lugar de aprender un idioma extranjero, adquirir nociones de contabilidad o, en fin, emplear todo ese tiempo en algo verdaderamente útil, no hemos hecho sino procrastinar, verbo que ha hecho fortuna en los últimos años en el lenguaje de la calle y que se refiere al vicio de posponer las obligaciones más perentorias para entregarse irreflexivamente a ocupaciones menos productivas y bastante más placenteras. 

Está lejos uno de bendecir a aquellos que desatienden las responsabilidades de su trabajo, pero no puede evitar pensar, al hilo de unas acusaciones por las que acaso se siente un tanto aludido, que últimamente sufrimos el asedio de lo provechoso, las cadenas de lo urgente y la dictadura del beneficio material, y no se resiste a dejar escrito aquí que en ocasiones es una fiesta abalanzarse a los amorosos brazos de lo inútil. Por eso quiero traer hoy a estos párrafos un libro enloquecido e irrepetible, la Miscelánea original de Schott, un tratado desordenado, aleatorio y sin hilo argumental alguno publicado por primera vez en 2002 y que proporciona al lector horas de improductivo placer al salsear en unas páginas que, igual que nos dictan el número de la centralita telefónica del Vaticano, nos ilustran acerca de la compatibilidad de los grupos sanguíneos o nos enseñan a preparar un 'bloody mary' como es debido.

La Miscelánea del bueno de Ben Schott constituye, según declaración del propio autor, algo más y menos que una enciclopedia, un diccionario, un almanaque, una antología y un vademécum: el autor se confiesa un «afanador de humildes menudencias», eso sí, documentadas con rigor, que conforman una delirante y maravillosa colección -ni exhaustiva ni mucho menos práctica- de curiosidades, bagatelas y detalles baladíes que hará las delicias de los amantes del conocimiento perfectamente inservible.  

He aquí el libro ideal para quienes se han preguntado alguna vez cómo se dispone una orquesta sinfónica, han sentido curiosidad por los pesos que definen las categorías de los luchadores japoneses de sumo o han intentado desentrañar los secretos de un escudo heráldico. Si usted es uno de ellos, sírvase unirse al banquete que nos propone Schott, en su día creativo publicitario y fotógrafo de primeros ministros, y dispóngase a gozar sin tasa. Desde las solapas del volumen, que incluyen una regla de once centímetros con sus equivalencias en pulgadas, puntos, cíceros y ágatas, hasta su última entrada, que nos brinda una relación de algunos canadienses distinguidos, podrá sumergirse en un océano de saberes gloriosamente intrascendentes: aprenderá cuáles son las diferentes distancias de frenado según la velocidad del automóvil; le será dado consultar la lista de maridos de doña Elizabeth Taylor o los grados de la francmasonería; tendrá noticia de una escala llamada Scoville que clasifica los distintos tipos de pimientos según la intensidad de sus propiedades picantes; conocerá por fin las enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos, el alcance de los misiles balísticos o la escala Glasgow del coma; será informado del significado de los símbolos del cuidado de la ropa, del código irlandés del duelo y del lenguaje de las flores; y añadirá a la nómina de sus saberes el menú que se sirvió en el comedor de primera clase del Titanic la noche en que se fue a pique, las muertes intempestivas de algunas estrellas del rock o la enumeración de las personalidades que aparecen retratadas en la carpeta del disco de los Beatles Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band.

En su día se tradujo al español una segunda miscelánea de Schott, esta dedicada a la gastronomía y que prolonga la adicción que en muchos curiosos suscitó la primera entrega al husmear en los hábitos de desayuno de Winston Churchill y Marlene Dietrich, pormenorizar los ingredientes de los filtros amorosos que se preparaban en la Roma imperial, explicar por qué los espárragos proporcionan un olor desagradable a la orina o ilustrarnos sobre los alimentos de potencias afrodisíacas.

Uno no para de preguntarse por qué diantre ha de dejar de chapotear alegremente en este tipo de menudencias para esforzarse en comprender, por ejemplo, cómo demonios funciona el mecanismo de renovación del Consejo General del Poder Judicial en España, o el motivo por el que las compañías eléctricas de nuestro país son la empresas con mayor margen de beneficio del sector en Europa. Para cerrar este artículo, le tomaremos prestada a Schott una lúcida frase de Samuel Johnson: «Nada es pequeño en exceso para un ser tan pequeño como el hombre. Es mediante el estudio de las cosas pequeñas como alcanzaremos el gran arte de sufrir lo mínimo y gozar lo máximo posible».