La eterna feria itinerante

R. PÉREZ BARREDO
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Nunca hubo un Real de la Feria fijo, y así nos va. La feria ha estado en el Mercado de San Lucas, El Empecinado, La Merced, entre el puente de San Pablo y la plaza de Santa Teresa, en Los Vadillos, en La Quinta, en La Milanera...

En los años 80 y primeros de los 90, La Quinta acogió la feria. - Foto: Jesús J. Matí­as

La historia enseña que no siempre fue sencillo encontrar un lugar para instalar el Real de la Feria, o las barracas, por decirlo con la voz del pueblo. Aunque es cierto que en los últimos lustros se han recrudecido las polémicas -cada vez que se habla de una nueva ubicación salta la chispa y se crea un incendio, como se está viendo-, las atracciones, tómbolas, teatros y circos que en esta ciudad han sido han estado ubicados en muy diferentes lugares. Tiene sentido, puesto que las ciudades crecen y se expanden, que se haya producido esa itinerancia. Pero también es verdad que jamás se ha afrontado con seriedad la opción de encontrar un espacio definitivo para ello. Quizás, en su día, La Milanera fue lo más parecido a un Real de la Feria. No cuajó, pese a que hizo las veces de ello durante más de una década.

Vicente Ruiz de Mencía, cronista oficial de la ciudad, señala el Mercado de San Lucas como uno de los primeros emplazamientos que tuvo la feria en la primera mitad del siglo XX. Era, explica, un mercado habitualmente de ganado que se ubicaba en el entorno del cuartel de Caballería (hoy complejo de la Evolución Humana), lo que hoy es el colegio Jesús María e inmediaciones de la plaza de Santa Teresa. De aquel lugar pasó a otro: durante unos años se instaló entre el paseo del Empecinado y la iglesia de la Merced, recuerda Ruiz de Mencía. Y recuerda el cronista que también se barajó el Parral, el cerro de San Miguel y el Camino a Cortes.

Ya en torno a la década de los años 50 la feria fue se desplazó nuevamente al entorno de Caballería. Hubo un primer tramo que iba desde el puente de San Pablo hasta el puente Gasset, incluyendo la plaza de Santa Teresa. Afirma el cronista de Burgos que esta fue la época dorada, "la época más importante del Real de la Feria". Y eso que, apunta, las monjas del convento carmelita tuvieron que 'convivir' con sendos teatros de varietés. Posteriormente se hizo un segundo tramo de feria desde el puente Gasset o arranque del paseo de La Quinta -entonces se hallaba allí el Depósito de Sementales, instalación militar- hasta lo que hoy son los bajos del ronda. Muchos feriantes de aquella época estaban relacionados con Burgos, como Caballitos Ortega, evoca Ruiz de Mencía. Pero hubo un íntering en el que, en algunos años, la feria se trasladó al entorno de la plaza de toros de Los Vadillos, lo que revela que ya entonces no se tenía una idea clara y fijada de qué hacer durante las fiestas con la feria.

La Quinta se convirtió, durante años, en su hogar. Y quizás sea el sitio que de forma más indeleble permanece en la memoria de varias generaciones de burgaleses. Allí, entre los chopos, se vivieron años de felicidad. A comienzos de los noventa se decidió llevar la feria a La Milanera, donde estuvo durante más de una década. Su cierta lejanía de la ciudad, que no convencía a los feriantes, hizo que terminara cambiándose la ubicación y trasladándose al polígono docente, donde lleva los últimos años hasta el actual, que parece que va a inaugurar un nuevo espacio, en esta ocasión aún no se sabe dónde, aunque parece que será en el polígono industrial de Villalonquéjar.