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Los Burgos de Cela

R. PÉREZ BARREDO
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En el 20 aniversario de la muerte del Premio Nobel y el 80 de la publicación de su primera novela, 'La familia de Pascual Duarte', recordamos la importancia que tuvo Burgos en su carrera literaria y cuantos episodios vivió el autor de 'La colmena'

Cela, flanqueado por su mujer, Marina Castaño, y Cristino Díez, en Covarrubias en 1989. - Foto: Ángel Ayala

Cuando Camilo José Cela envió a Baroja el manuscrito de su primera novela, La familia de Pascual Duarte, con la petición de que se la prologara, la respuesta de don Pío fue contundente: "Si usted quiere que se lo lleven a la cárcel vaya solo, que para eso es joven. Yo no le prologo el libro". El viejo y venerado novelista vasco tuvo claro que aquel artefacto tremebundo, feroz y telúrico era una bomba de relojería. No fue el único que lo pensó: aquel aspirante a escritor se las vio y se las deseó para encontrar quien se la editara en aquel famélico y yermo año de 1942. Todas las puertas se le cerraban al gris escribiente del Sindicato Nacional Textil que, a ratos, había ido estampando en cuartillas aquella brutal historia llamada a convertirse en una obra literaria universal.

"Mire, su libro está muy bien, pero yo no se lo puedo editar; ahora tengo otras cosas entre manos. Además, debo serle sincera: de su libro no se venderían más allá de los diez o doce ejemplares, no nos engañemos", le espetó Fermina de Bonilla, propietaria de Ediciones Cigüeña. No tenía dotes de vidente, claro está: desde hace años, este relato sobre la España más profunda y cruda es la segunda obra española más traducida, tan sólo superada por El Quijote. Pero Cela era obstinado. Resistió. Insistió. Y venció porque Burgos se cruzó en su vida para bien, como tantas veces reconoció en público. Porque fue en Burgos donde halló quien le imprimiera la primera edición de La familia de Pascual Duarte: en la imprenta Aldecoa. La tirada fue de 1.500 ejemplares. Volaron.

Sin embargo, la censura se echó encima (¿demasiado verdadera?) tratando de confiscar la edición, y el franquismo prohibió el libro, que hasta la década de los 60 sólo pudo editarse en países de Latinoamérica. Pero aquella Inquisición no desanimó al escritor gallego, del que se cumplen veinte años de su muerte y ochenta de la publicación en Burgos de aquel novelón, sino que se abismó en el alucinante viaje de la literatura: De Iria Flavia a Burgos; de la Alcarria a Estocolmo. El futuro premio Nobel siempre guardó un grato recuerdo de la editorial burgalesa y de la familia que apostó por aquel libro, cima de la literatura contemporánea.

No en vano, en la edición definitiva de esta obra cumbre, aparece así reflejado: 'Quiero que conste aquí mi agradecimiento a los Aldecoa, mis primeros editores'. De su puño y letra anotó asimismo en un ejemplar que siempre conservó esta familia la siguiente frase: 'Para don Rafael Ibáñez de Aldecoa, que tuvo el suficiente valor de editarme este momio, con todo el agradecimiento y la sincera amistad'.

Así, la relación que tuvo Cela con Burgos fue siempre estrecha. Visitó la ciudad y la provincia en numerosas ocasiones. Una de las primeras, ya convertido en un escritor de éxito (había pubicado Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes, La colmena o Mrs. Caldwell habla con su hijo, entre otras obras) y recién elegido académico de la Lengua, data del año 1957, cuando asistió como invitado a impartir la conferencia inaugural del curso académico de la Institución Fernán González. Allí charló sobre la condición de escritor del gran pintor Gutiérrez Solana, y aprovechó para recordar con agradecimiento el episodio de la publicación en Burgos de La familia de Pascual Duarte.

En 1978, durante la clausura del Milenario de la Lengua, ofreció Cela una charla en la que abundó en consideraciones sobre el lenguaje y la lengua. "Las palabras se subliman o se prostituyen, se angelizan o se endemonian a consecuencia de una cruel determinante como es la vida misma", prolamó. Una de las visitas más recordadas fue aquella de 1989, meses antes de convertirse en el quinto Nobel de Literatura español, cuando fue elegido pregonero de la Fiesta de la Cereza de Covarrubias. Confeso tragaldabas, Cela aceptó y en la villa rachela dio muestras de su genio en todas las acepciones de la palabra: increpó a un niño ordenándole callar desde el balcón del Ayuntamiento y deslumbró con su alocución, brillante, enjundiosa y bienhumorada. "Frutilla de carne prieta y de gustoso paladar", dijo del manjar que le había llevado a la hermosa localidad burgalesa, cuya belleza elevó con sus palabras. He aquí otras: "Metámonos de hoz y coz en esta fiesta de la cereza y disfrutemos viendo cómo disfrutan quienes no se han olvidado de disfrutar y de vivir con un cascabel sonando, a veces, en la más remota esquina del corazón".

En el año 1995 visitó Burgos en dos ocasiones. Una, en julio. Fue en Silos, donde acudió con el resto de académicos de la RAE a la abadía benedictina, que inauguraba la exposición Scriptorium Silense. Allí dijo: "La Universidad de este país cada vez está un poco peor, algo lógico si se tiene en cuenta que ahora a los catedráticos les jubilan y les envían a la Real Academia, que de alguna manera es el Inserso de la Universidad"". Genio y figura, Cela. En octubre regresó a Burgos invitado por la FEC para dar una conferencia. El público burgalés abarrotó la sala. También allí dejó perlas como ésta: "En la historia de todas las lenguas, las oraciones comienzan siendo simples y primitivas para acabar complicándose tanto en su sintaxis como en su contenido".

El festival Burgos de Cine y Literatura dedicó en 2002, año de fallecimiento del Nobel gallego, un ciclo de charlas sobre el autor así como la proyección de películas inspiradas en sus libros.

Una Artesa para Cela. Pocos homenajes más literarios recibió en vida el autor de La colmena que el que le tributó Artesa, aquella revista vanguardista y experimental creada en Burgos a finales de los años 60. El futuro Nobel fue celebrado en el número 13 de la revista (año 1971) por su faceta como poeta por autores de la talla de Vicente Aleixandre (otro Nobel), Dámaso Alonso, Max Aub, Miguel Ángel Asturias (otro Nobel), Gabriel Celaya, Victoriano Crémer o Celso Emilio Ferreiro, entre muchos otros. Es un número sublime, soberbio, en el que se incluyó un poema inédito escrito a mano por el autor y titulado 'Escribo en el tren' (Sí/ tú lo sabes aunque estés muerta/ Escribo en el tren./ Y en el barco, y en el avión en el retrete de la fonda de tercera/ mientras me miro la panza que se desinfla/ También escribo procacidades/ un corazón, dos flechas/ sobre los ataúdes de las colegialas/ Nunca es tarde, jamás es tarde. Y en la ropa interior de la madre de familia que lee a Adorno y a San Juan de la Cruz y a los poetas de secano./ Entre palabra y palabra te toco las tetas de memoria/ me consuelo de mi falta de talento./ Y abro el diccionario y surge la palabra ángulo/ ignoro si es verso o prosa/ a lo mejor alguien lo sabe/ los muertos suelen adivinar el necesario número de la poesía/ y el sexo plurivalente del ciempiés/ que contempla a la Venus de Milo manca y sublevada./ España limita al norte con los Pirineos/ Júcar y Segura, la Guardia Civil).

En el prólogo, el alma de Artesa, Antonio L. Bouza, escribió: "Hombres de ayer para hoy, de hoy y para hoy y de hoy para mañana, componemos el coro en este número específico que llenará de gozo a Cela y a muchos hombres de espíritu sereno y panorámico, y que saben anteponer a la ocasión del propio lucimiento la extraña admiración".