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Remanso de paz en el valle de Tabladillo

J.Á.G.
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Pasear y admirar uno de los claustros más más bellos del arte medieval europeo es una delicia

Remanso de paz en el valle de Tabladillo - Foto: Patricia González

Domingo Manso seguro que nunca pensó cuando san Millán de la Cogolla le encomendó, allá por el siglo X, restaurar la martirizada abadía de San Sebastián, sita en el remoto valle serrano de Tabladillo, que acabaría -cosas del destino o de la voluntad divina- prestando además su nombre a una villa y, sobre todo a un monasterio, que se han convertido además de un referente de turístico y cultural universal en faro de espiritualidad y fe y, en eso el actual abad, dom Lorenzo Maté, es tajante en que esa fusión de turismo y oración -diálogo con Dios- debe responden a un fin superior, que no es otro que perfeccionar la mente y el corazón, impulsando valores culturales, estéticos, pero también religiosos y comunitarios.

El municipio no ha sido elegido capital nacional del turismo rural, pero merecimientos, desde luego, le sobran. Solo hay que darse una vuelta, callejear por el empinado caserío apiñado en torno a la abadía benedictina para percatarse de que algo tiene el agua para bendecirla. Abadía y villa forman un matrimonio de conveniencia, pero muy bien avenido. Santo Domingo de Silos, que hunde sus raíces más señeras en la Castilla condal de Fernán González, superó tiempos duros como territorio de frontera -la fiesta de los Jefes recuerda algunas gestas defensivas de enorme valor épico - y una desamortización y exclaustración que estuvieron a punto de acabar con el cenobio. Cuarenta y cinco años después, monjes galos venidos de Solesmes iniciaron la aventura de rescatarlo y, sobre todo, engrandecerlo. En eso sigue la comunidad benedictina que resiste los zarpazos de secularización creciente en la sociedad. Casi una treintena de frailes continúan a pie juntillas la regla de San Benito, ora et labora, a rajatabla.

Bajo el manto protector del santo esa villa, que nació entre el ruido de los canteros, los cinceles de los escultores y las sierras de los carpinteros…, floreció como las rosas. Hoy silente sigue atenta a los tañidos de campanas que marcan las horas y los rezos gregorianos. Maitines, laudes, tercia, sexta, nona, vísperas y completas… Esa relación simbiótica y fructífera con la abadía sigue hoy más fuerte que nunca. El turismo monacal es la principal fuente de ingresos para la municipalidad, aunque hay muchos vecinos que no han abandonado la agricultura, la huerta, las viñas y la ganadería, especialmente en la aldeas de Peñacoba, Hinojar de Cervera y Hortezuelos. Todas ellas conforman también el municipio, situado a caballo entre el la comarca serrana y la arlantina. Lejos del mundanal ruido y de las prisas, la abadía benedictina, la urbe que la circunda y los parajes que rodean son, en un mundo agitado y presuroso, potente 'medicina' para la mente, el cuerpo y el alma.

Para empezar, nada mejor pasear y admirar uno de los claustros más más bellos del arte medieval europeo. Es una experiencia singular. El arte trasciende a la estética y los 64 capiteles del claustro bajo, preñados de simbolismo geométrico y delirantes escenas -sirenas, arpías, grifos, leones, centauros, monos y fabulosas aves…- fascinan, pero los que de verdad atrapan son esos ocho grandes relieves, estaciones finamente en piedra de Hontoria, que adornan las esquinas y que salieron de los propios talleres silenses. Esa conjunción perfecta entre pilares, bancos, arcos y columnas se completa con un policromado y restaurado alfarje, que cubre las pandas del claustro. Conviene fijar la mirada arriba para admirar y desentrañar esas geometrías y escenas que tienen que ver con escenas religiosas, pero también mundanas y hasta irreverentes. La nueva normalidad pandémica ha impuesto los códigos qr para las visitas por libre. Los grupos tienen que llevar su propio guía.

En la galería especial atención merecen dos piezas únicas, la lauda sepulcral de Santo Domingo y el relieve -grilletes incluidos- que da fe de la intercesión del santo en la liberación de cautivos en tierras musulmanas. Cerca está también la impresionante Virgen de Marzo, del siglo XIII, que conserva sobre la piedra parte de su policromía original. Detenida visita merece la antigua sala capitular. Al fondo de la galería, se encuentra la escalera y puerta románica de las Vírgenes, que comunica con la iglesia.

El solado, de canto rodado y colocado con primor, data de 1954, permite ese viaje interior en el que no se puede pasar de largo de ese verde, esbelto y tupido surtidor de sombra y sueño, ese ciprés plantado en 1882, al que han cantado insignes poetas como Gerardo Diego o fray Justo Pérez de Urbel, que fue monje blanco. Puestos a admirar portentos arbóreos, en la entrada principal hay una magnífica secuoya.

La rebotica y botica es ineludible en este viaje a la ensencia benedictina. La farmacopea floreció también en Silos y no solo en el ámbito medicinal, sino también en el etílico. Con los monjes galos llegó el famoso benedictine, pero el licor se dejó de elaborar por imperativo legal y cuestiones de patentes. La magnífica colección de albarelos -tarros de cerámica- y orzas que lucen el escudo del monasterio, redomas, pildoreros de madera, alambiques, instrumental… comparten espacio en sus estanterías con una completa colección de códices y libros de farmacopea, una de las mejores de España. Por cierto, de sus archivos ha sido recuperada una receta de ginebra que está siendo elaborada, con permiso de los monjes, por una firma licorera silense. También puede admirarse, entre otras piezas, un retablo de San Cosme y San Damián.

La visita sigue por un extraordinario museo, que ocupa las salas del antiguo refectorio monacal. En este espacio se conservan esmaltes y obras de orfebrería singulares y señeras. Entre otras muchas, el abad muestra con orgullo el bello y enorme cáliz que tuvo entre sus manos el propio Santo Domingo e invita a ver la inscripción reflejada en el espejo inferior. El famoso frontal de Santo Domingo y otras piezas están en el Museo de Burgos, pero sí se pueden admirar otras no menos icónicas. La escultura también tiene su espacio y es llamativa una imagen de Santa Ana triple, que acoge en su seno a la Virgen y el Niño. Antes de abandonar el museo, si aún no lo ha visto, sobre el suelo un cristal de metacrilato deja ver el manantial subterráneo que discurre bajo la abadía y que conectaba con el río Mataviejas. El movimiento del agua tiene truco, un ventilador se encarga de ello.

El románico es también un magnífico contenedor para el arte contemporáneo. Para demostrarlo está sala del antiguo museo medieval recoge diferentes exposiciones de artistas contemporáneos de primerísima línea, como Tàpies, Miró, Sicilia… de la mano de la comunidad, la Fundación Silos y el Museo Reina Sofía, entre otras entidades. Para completar la visita ya solo queda acceder a la iglesia neoclásica que se construyó sobre la románica, cuyo tímpano por cierto se conserva en el museo monacal. La misa conventual, con cantos gregorianos, es otra de las experiencia singular de Silos. Si quieren seguir la apretada jornada de un monje de Silos -desde maitines hasta completas- nada mejor que convertirse en huésped, aunque en la hospedería monacal solo se acepta a varones. Su scriptorium y biblioteca, con más de 160.000 ejemplares, tan solo es accesible para los huéspedes del monasterio e investigadores que lo soliciten.

Extramuros, a medio kilómetro de la abadía, está el rehabilitado convento de San Francisco, que se ha convertido de la mano de la orden benedictina y de la Fundación Silos, en un centro de arte y espiritualidad, que dispone además de una moderna y acogedora hospedería, en este caso mixta, que además oferta espacios singulares para eventos, encuentros y debates. Si perder un ápice de esa arquitectura de sobriedad frailuna, este complejo monacal bien vale también una visita para ver esa exposición permanente y viajera sobre el monacato en el claustro y dependencias anejas del convento de San Francisco. También puntualmente acogen exposiciones singulares.

Silos no es solo el monasterio, es también una villa acogedora, de calles empedradas y blasonadas caserío, que invita a perderse por ellas para descubrir esos rincones especiales, que no solo pocos, empezando por la Plaza Mayor, donde se sitúan además de la abadía, una pequeña iglesia, la de San Pedro, que guarda el fervor y la talla de la Virgen del Mercado, patrona de la localidad. Fuera del casco, está la ermita de la Virgen del Camino además de la de Santiago. Enlazando con la tradición musical silense, que ha permitido internacionalizar el canto gregoriano, la Asociación Amigos de Silos, que también colaboró en los inicios de la restauración del convento de San Francisco, abrió en marcha en el 2000 el Museo de Músicas del Mundo en la antigua casa cárcel, un edificio señorial del siglo XVII situado en la calle de las Condesas. La muestra recoge instrumentos de distintos puntos del mundo. La exposición se distribuye en dos plantas. Hay que pedir hora, pero merece la pena la cita.