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Roberto Peral

Habas Contadas

Roberto Peral


Fuera máscaras

18/04/2022

Nos ha acompañado en nuestros quehaceres cotidianos durante los dos años más extraños de nuestras vidas. De constituir una rareza reservada a cirujanos y a algunos excéntricos turistas asiáticos que se paseaban por Madrid y Barcelona, pasó en un abrir y cerrar de ojos a generalizarse como una medida preventiva básica para limitar el avance de una enfermedad desconocida y terrible. Se ha convertido en la imagen indiscutible de estos tiempos de pandemia, en la gran barrera protectora contra la propagación del coronavirus, con una potencia simbólica similar a la que adquirió el preservativo en los ya lejanos días de la explosión del sida. No solo ha funcionado como una herramienta profiláctica: también ha expresado valores colectivos como la solidaridad y el compromiso, y, en su reverso, ha sido objeto de nauseabundos negocios en la vecindad del poder que han sacado a la luz lo peor de la condición humana. Y, al cabo, a su naturaleza sanitaria también se ha sumado su condición de atuendo adaptado a las nuevas tendencias de la moda.

El Gobierno decreta ahora el fin del uso obligatorio de la mascarilla en interiores públicos, con las excepciones de rigor (hospitales, centros sociosanitarios, autobuses, aviones y trenes…), y nos iremos acostumbrando a partir del miércoles a entrar y salir de la zapatería y del colmado a cara descubierta, por mucho que el fantasma de una sexta ola siga bien presente y que algunos expertos expresen en voz alta sus reservas contra el alivio. Las empresas son libres de establecer si sus empleados han de usar o no el cubrebocas en su desempeño laboral, y se apela a un difuso 'sentido común' y a una no menos evanescente 'responsabilidad individual' para que cada cual decida sobre la conveniencia de embozarse en establecimientos especialmente concurridos, como teatros, tabernas y grandes almacenes, lo que sin duda dará lugar a no pocas miradas aviesas y a algún que otro destemplado reproche. 

En fin, lo cierto es que ya podemos andar sin mascarilla por la vida. Cada cual resolverá si prefiere estrenar una sonrisa o seguir exhibiendo el gesto preocupado que hasta ahora ha mantenido a resguardo bajo la tela, que eso es algo que ningún gobierno será capaz nunca de imponer.