Placentero viaje en el tiempo

A.S.R.
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La soprano burgalesa Alicia Amo, junto a su grupo Música Boscareccia, traslada al público a los salones de los siglos XVIII y XIX se felicita por el regreso a los escenarios, aunque esté envuelto más que nunca de incertidumbre

La burgalesa Alicia Amo (c.) y el donostiarra Andoni Mercero (d.) son los creadores de la formación Música Boscareccia.

La agenda de Alicia Amo echa humo estos días. No importa. El placer de volver a cantar delante del público suple cualquier atisbo de cansancio, que no es el caso. Ni siquiera le importa acomodarse en el camerino para hablar por teléfono antes del segundo pase del concierto del sábado noche en el Palau de la Música de Barcelona. Es la primera vez que le ocurre. Cosas de la nueva normalidad. Ayer tocaba traslado, ensayos y recital en Zaragoza con Música Boscareccia, el grupo que creó con el violinista Andoni Mercero, con el mismo repertorio que hoy interpretan en el Teatro Principal (20.30 h., 10 euros) dentro del VI Festival Antonio de Cabezón.
Con Arianna a Naxos, que incluye obras de Haydn, Schumann y Schubert, Boscareccia guiará un viaje a los siglos XVI y XIX. Los espectadores olvidarán la mascarilla y el olor del gel para abandonarse al arte de aquella época.
Y es que uno de los rasgos que identifican a esta formación es el acercamiento a la música antigua intentando respetar cómo se interpretaba en su momento. «Boscareccia hace música clásica y romántica hecha con criterios historicistas, que se aplican hasta el siglo XX. Hoy en día se hace sin tener en cuenta las prácticas anteriores, cuando hay escritos sobre ellas e incluso documentos sonoros si hablamos del Romanticismo», expone Amo, feliz de reencontrarse con el público de su ciudad, entre el que estará su abuela, de 97 años, y asomarse por tercera vez al cartel del Antonio de Cabezón.
Agradece ser profeta en su tierra. Algo que, clama, no es habitual en general en el mundo de la música en el que se mueve. «Se sigue programando a mucha gente extranjera. Estamos en una situación terrible, se dan ayudas a las entidades para que mantengan los ciclos y aquí continúa la idea de que lo de fuera es mejor. Pensamos que la pandemia iba a cambiar esta mentalidad, pero no ha sido así. Y estamos ante una situación terriblemente peligrosa. Otros países sí cuidan a sus artistas», arremete.
Y es que el campo de la música antigua tampoco ha sido ajena a la bofetada que la cultura ha recibido de la crisis sanitaria. Durante el confinamiento, vieron como se aplazaban conciertos y, en el peor de los casos, se suspendían. «Ha sido tremendo. A mí me entristece porque se han cancelado citas buenísimas como una gira en Asia y eso no se va a reprogramar. No es solo el tema económico, sino el valor artístico de lo perdido», lamenta para enseguida espantar esos fantasmas y centrarse en lo que sí se ha salvado.
El 1 de julio reanudó sus actuaciones en el Arriaga de Bilbao. «Al principio se hacía raro. No había pasado tanto tiempo, porque mi último concierto fue en marzo, pero como una está acostumbrada a estar activa en lo físico, sí te sorprendes del esfuerzo que requiere. Pero eso me duró dos días», recuerda.
Ahora cruza los dedos para mantener la agenda, en la que asoman proyectos muy especiales como un Mesías de Haendel en Israel o el papel de Titania en El sueño de una noche de verano, de Britten, en el Festival de Granada. «El problema en las citas internacionales no es lo mal que esté cada país, sino que tú seas española. Te obligan a presentar PCR negativos con horas o a hacer cuarentena», observa.
Le preocupan igualmente los vicios adquiridos durante la pandemia como la oferta de cultura gratis a través de la pantalla. «Cuidado, que es nuestra profesión, comemos de esto», avisa y, sin entrar a juzgar las circunstancias de quienes lo han abrazado, cree que puede volverse en su contra.
Ojalá, dice, perviva en la gente la necesidad por el arte en vivo. «No es lo mismo ni para el espectador ni para el músico interpretar en un escenario a hacerlo en su casa. No tiene color. Y me da miedo que la pandemia haya acelerado esa dirección», reflexiona y posa su mirada en los jóvenes.
¿Hay relevo generacional en el patio de butacas para la música antigua? «Sí hay jóvenes pero no son la inmensa mayoría y depende del país; en Suiza la media en un concierto puede ser de 40 años, en España, imposible», contesta y acusa a la educación: «No está dando a las artes la atención que merecen».
¿Y encima del escenario? «Muchísimo. Se puede decir que está de moda», enfatiza antes de volver a las tablas del Palau.