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Estrellas sin rival

ALMUDENA SANZ
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Gigantillos y Gigantones mantienen su atractivo bien alto y, tras dos años de obligado parón, tanto sus portadores como el público viven como nunca el pasacalles y baile en la Plaza Mayor

El Gigantillo y la Gigantilla no han perdido agilidad durante la pandemia y así lo demuestran cada mañana en la principal ágora capitalina ante miles de ojos. - Foto: Jesús J. Matías

Nadie se refiere a ellos como superhéroes, pese a su porrón de superpoderes. Eliminan cualquier tipo de achaque; dibujan sonrisas en la persona más arisca a orillas del Arlanzón; provocan el olvido de los sinsabores del día a día; detienen el tiempo en el reloj para mandar a paseo al estrés; acallan los lloros del bebé más guerrero y calman al niño más inquieto. Basta su sola presencia para que Gigantillos y Gigantones consigan lo imposible. La pandemia que los ha castigado durante dos años sin salir de casa, con contadas escapadas, no ha mermado su poder de atracción. Mantienen el guapo subido y acaparan la mirada de niños y grandes. Por lo menos de las decenas de personas que durante las fiestas de San Pedro y San Pablo se acercan cada día a la Plaza Mayor para verlos bailar junto a Danzantes y Tetines. 

Los hay tan fanes que siguen sus pasos desde que enfilan El Espolón. Mateo y Lucía, cada uno de una mano de su abuela Teresa, dan saltos de alegría cuando los vislumbran bajo los plátanos. La timidez los asalta cuando se ven a su lado y ni se atreven a hacerse una foto con ellos. La resistencia dura medio segundo. Luego hasta se lanzan a curiosear qué hay debajo de la falda de esa señora de grandes pechos. 

Ese era el primer día que estos dos hermanos los veían. No es el caso de Lucas. Su locura por el mundo gigantones viene de lejos, en el tiempo y en el espacio. De Logroño, con mamá burgalesa, pasa estos días con la abuela. Y saludar a estos personajes cada mañana es de obligado cumplimiento. 

La misma ilusión con la que los burgaleses abrazan el regreso a la rutina de estas figuras la demuestran los responsables de sus movimientos y su buen hacer danzando. Los portadores tenían ganas de sentir el calor del público. Los que llevan toda la vida, como Julio Martínez Serna, 38 años debajo del Cid, y los que acaban de empezar, como Pedro Bujedo, aprendiz y suplente en las entrañas de la China, con la que, de momento, juega como titular su padre, Rubén, que, a su vez, cogió el testigo del suyo, Martín. «Esto viene de tradición familiar y es muy bonito», enfatiza. 

De casta también le viene al galgo a Diego Casas, que menea la estructura del Indio. Desde pequeño acompañó a su padre y se sabe privilegiado por haber sido testigo de excepción de los avatares de estas doce figuras. En 2010 pasó de ser un simple mirón a ayudar a su progenitor, que con la pandemia, tras más de 40 años, le pasó todos los trastos. «Nos hace mucha ilusión, sobre todo cuando ves a los niños emocionados, aunque los más pequeños siempre nos tienen miedo», convienen estos dos jóvenes minutos antes de un nuevo paseo de gloria que concluirá en la Plaza Mayor. 

Durante los veinte minutos que discurren entre la entrada británica, por lo de puntual, de los pizpiretos Danzantes y Tetines al son de dulzaina y caja y la retirada de la comitiva de vuelta a su hogar por los arcos de la Casa Consistorial, solo se mueven las manos para aplaudir a los protagonistas. Sonoros son los que dedican a los Danzantes y Tetines, que se marcan tres coreografías, y entusiastas los que siguen a la danza de Gigantillo y Gigantona, elegantones, festivos y admirados. Estos abren un baile que continúan las parejas india, negra y china ante la solemne mirada de los Reyes Católicos, escoltados por el Cid y doña Jimena. Mañana, a las 13 horas, cita con la misma troupe