Las extraordinarias horas

P.C.P.
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Alcaldes y trabajadores municipales se han multiplicado para llegar a los aislados por la pandemia y a quienes han llenado pueblos como Quintanar de la Sierra

Los bomberos de Quintanar de la Sierra han vuelto a desinfectar lugares públicos, como el Ayuntamiento y la residencia. - Foto: DB

‘Fuera del orden o regla natural o común’. Según la primera acepción del diccionario de la RAE, 2020 ha sido un año extraordinario. «El más raro» de los 25 que lleva como alcalde David Sebastián en Jaramillo Quemado, que empezó como un chaval y hoy ya tiene 44 años.

‘Añadido a lo ordinario’. Atendiendo a este segundo significado, 2020 también ha sido un año extraordinario. «Caótico a más no poder» y con una carga de trabajo para los alcaldes de la provincia muy superior a la de otros ejercicios. «He metido más horas en el ayuntamiento que nunca», asegura Montserrat Ibáñez, que durante los momentos más duros de la pandemia acudía junto a la secretaria todos los días a la Casa Consistorial de Quintanar de la Sierra, mientras que las auxiliares se turnaban los días para no coincidir en el mismo espacio.

Los integrantes de las plantillas de los municipios burgaleses, siempre pocos para demasiados cometidos, se han multiplicado y han atendido muchas veces a deshora cualquier demanda de sus convecinos. En Jaramillo Quemado, el alguacil fue durante semanas la única conexión entre los pocos vecinos. «Mi agradecimiento total a un personal entregado, que no ha puesto ninguna pega ni ha reclamado una hora extraordinaria», alaba la alcaldesa de Quintanar, aunque le consta que han sido muchas las que ha hecho.

En coordinación con ellos ha trabajado un parque de bomberos voluntarios que ha vuelto a desinfectar las calles y los lugares comunes, con especial atención a la residencia de ancianos. Y que durante los meses duros del confinamiento llevó luz por todas las casas de aquellos, niños o mayores, que cumplían años lejos de los suyos. Por si fuera poco, los vecinos de Quintanar respondieron en masa al llamamiento para echar una mano, aunque afortunadamente no ha hecho falta tirar demasiado de esa lista de voluntarios.

«Han sido días muy tristes pero muy solidarios», apostilla Ibáñez, que ensalza el comportamiento de sus vecinos, «muy concienciados», y de quienes han vuelto a su localidad natal en verano. Con el cámping y las piscinas municipales abiertas, «Quintanar se llenó de gente» que pudo disfrutar al menos de un entorno natural privilegiado.

‘Gasto añadido al presupuesto normal de una persona, una familia, etc.’ Esta tercera definición de extraordinario también se le puede aplicar al 2020 en todo lo relacionado con la lucha contra la pandemia, si bien es verdad que muchos ayuntamientos lo han detraído de otros conceptos. No ha habido fiestas, tan solo la ceremonia religiosa en el caso de Jaramillo Quemado, lo que les ha permitido pavimentar alguna calle más, con ayuda de la Diputación, «ya tenemos prácticamente todo el pueblo arreglado», confirma David Sebastián, y realizar algunos avances con la mejora del servicio de internet.

En Quintanar sí pudieron celebrar las Candelas, pero todos los demás festejos y jornadas (micológicas, del ajo carretero, matanza...) se tuvieron que suspender.
A cambio, han comprado 5.000 mascarillas quirúrgicas para donar a la residencia de la localidad y acaban de adquirir otras de tela lavables, con diferente color para cada día de la semana, que se distribuirán entre los alumnos del colegio Vera Cruz, que a lo largo de esta primera fase del curso ha tenido que cerrar alguna aula por positivos entre los escolares. El Ayuntamiento ha cedido espacio en un local municipal para que se puedan realizar las pruebas PCR a los estudiantes y a la plantilla del centro, al que también han entregado una máquina para la desinfección de aulas.

En resumen, 2020 ha sido un año de extraordinaria tristeza, pero también de trabajo y solidaridad.