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Roberto Peral

Habas Contadas

Roberto Peral


Cañones y latidos

07/11/2022

Ni las graves cuestiones que se dirimen en la cumbre del clima de Naciones Unidas que comenzó ayer en Egipto, ni la inminencia de la copa del mundo de fútbol que dará inicio dentro de unos días en la exótica satrapía de Catar, parecen ni mucho menos capaces de restar lustre al acontecimiento que concita el interés de todas las Españas en este mes de noviembre: el encendido de las luces navideñas de la ciudad de Vigo.

La tradición, de reciente cuño, se ha convertido en los últimos años en un producto turístico de primer orden, al punto de que otras urbes españolas han resuelto emular al puerto gallego y anuncian para las cercanas fiestas una rumbosa profusión de bombillas de colores para que el personal se vuelva mochales de puro júbilo. En Valladolid han contratado un alumbrado de diseño exclusivo que les va a costar un ojo de la cara, y en Burgos vamos a gastarnos 200.000 euros más que el año pasado, hasta llegar al medio milloncete, para iluminar nuestras calles con la pompa debida.

Ya sabemos, porque no se cansan de repetírnoslo, que las lámparas LED consumen como un mechero y que las tan traídas y llevadas luces de Navidad no suponen una carga excesiva para los Ayuntamientos (en comparación con qué, habría que preguntarse). Pero la verdad es que, en un escenario de alarmante cambio climático y feroz crisis energética, el ejemplo que brindan algunas ciudades empeñadas en poder ser avistadas sin dificultad desde la estratosfera durante las fiestas de final de año no parece el más edificante, y muchos echamos en falta una pizca de imaginación para dar con soluciones ornamentales algo más coherentes.

El caso es que, mientras el Gobierno nos instruye sobre las medidas de ahorro que debemos aplicar en casita durante el invierno y media Europa tiembla ante la posibilidad de un apagón sin precedentes provocado por la guerra en Ucrania, algunos alcaldes andan ya conectando a la red eléctrica refulgentes estrellitas, delicadas guirnaldas y siluetas de briosos renos. Y uno, ante frivolidades tales, se acuerda de la espléndida cursilería que le susurra Ingrid Bergman a Humphrey Bogart, poniéndole ojitos con una copa en la mano mientras los nazis están a punto de entrar en París: «¿Son los cañones alemanes o los latidos de mi corazón?».