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Editorial

Los incendios no se apagan desde la crispación y el enfrentamiento

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A los indudables factores climáticos hay que sumar como causas de los incendios que asolan estos días España el despoblamiento rural, el abandono de las actividades tradicionales y la falta de inversiones que gestionen el territorio de forma ordenada y sostenible. Sin embargo, sería un grave error obviar que la acción humana está detrás de la mayoría de los fuegos. Por eso, la petición de refuerzo policial para perseguir a los causantes que hace Castilla y León, comunidad autónoma que más está sufriendo el embate del fuego este caluroso verano, no debería caer en el mismo saco roto al que parece que ha ido la solicitud de una Conferencia de Presidentes monográfica sobre incendios.

Mucho queda por hacer en el terreno preventivo y punitivo contra los autores de estas catástrofes si se tiene en cuenta que el 55% de los incendios registrados en España en las dos últimas décadas fueron intencionados y otro 23% se debieron a negligencias y descuidos. Es preciso apelar a la ciudadanía para que conmine a los posibles causantes, ya sea de forma involuntaria o intencionada, a extremar las precauciones, y a penalizar socialmente, cuando proceda. Levantar la voz, así como contribuir a esclarecer los hechos, se antoja determinante ante tan devastadores delitos. Desde la reforma de 2015, el Código Penal castiga la provocación de incendios forestales con pena de cárcel de entre 10 y 20 años en caso de que haya existido peligro para la vida o integridad física de las personas y de uno a cinco años en caso contrario, a lo que se añaden multas y responsabilidad civil por daños y perjuicios. Suele escapar al debate público sobre el eventual endurecimiento de estos castigos que el esclarecimiento de los hechos es ínfimo, según atestigua la estadística judicial. 

Es obvio que la prevención y extinción requiere de una gestión mejor planificada, que vele porque todo funcione con eficiencia, mejorando la coordinación de los medios disponibles y con ideas innovadoras. Mucho de eso está fallando, y lo más preocupante es que las administraciones involucradas no parecen dispuestas a reconocer errores para poder enmendarlo. Esparcir culpas y echar balones fuera solo suponen intentos baldíos de tratar de eludir responsabilidades. Señalar a los ecologistas, por ejemplo, cuando tus políticas forestales son pasto de las llamas es gasolina para la gresca, la rabia y la impotencia. Tan imprudente como achacarlo todo solo al cambio climático, y tan penoso y peligroso como quien niega por negar. Los incendios no se apagan desde la crispación y el enfrentamiento. Hastía sobremanera que se esgriman a conveniencia unos argumentos o los contrarios, mientras un color negruzco reviste paisajes de la España vaciada y calcinada donde todo se torna desolación.