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Médicos voluntarios intentan repescar a los no vacunados

A.G.
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Estos facultativos jubilados forman la Unidad Médica de Apoyo de Burgos para aliviar la presión de los centros de salud. Ahora, con el incremento de los casos, tienen agendas de hasta 50 personas al día

Juanjo Aliende, Juan Francisco Lorenzo, Manuela Rubio y Javier Espiga. - Foto: Luis López Araico

Desde el pasado 22 de septiembre Juanjo Aliende, Javier Espiga, Juan Francisco Lorenzo, Manuela Rubio y Marina Serna conforman la Unidad Médica de Apoyo de Burgos (UMAB), la segunda que se pone en marcha desde que se inició la pandemia (la anterior lo hizo en diciembre de 2020), y con la que se intenta aliviar la presión asistencial que sufren los centros de salud. Tiene su sede en el punto de atención continuada (PAC) del Divino Valles y estos profesionales, médicos ya jubilados, realizan su labor de lunes a viernes entre las 9,30 y las 12,30 horas de la mañana.

Hasta hace apenas una semana su trabajo principal consistía en hacer barridos intensos por los listados de no vacunados que tienen los centros de salud y llamar por teléfono a estas personas para sondear las razones de su falta de inmunización, lo que les ha llevado a calcular que alrededor del 10% de la población no ha recibido la pauta completa y a constatar que, como ya publicó este periódico, son los varones de la franja de edad entre los 20 y los 30 años los que menos se han vacunado. "Hemos llegado a hacer cien llamadas en un día", cuenta Aliende, médico de Familia que presidió durante ocho años el Colegio de Médicos.

Esta actividad les ha llevado a recolectar no pocas anécdotas. Manuela Rubio cuenta que una mujer le amenazó con denunciarla por 'intromisión en su intimidad' y Juan Francisco Lorenzo, que dio con una persona antivacunas que, a pesar de su posición le hizo muchas preguntas: "Yo le iba contestando y en un momento dado le digo que si ella no está vacunada y en su grupo de amigos, que sí lo están, hacen una actividad es posible que la excluyan y me contestó: 'oiga, doctor, está usted cometiendo un delito de odio contra mí' y ahí se acabó la conversación. Con los activistas no hay argumentos que les puedan convencer".

Esta labor, no poco ardua, la han tenido que dejar a un lado hace unos diez días conforme la incidencia de casos de covid ha ido subiendo. Tal es la presión que vuelven a sufrir los centros de salud que su repercusión en estos médicos voluntarios está creándoles agendas diarias de hasta 50 personas. Se ocupan de casos individuales y brotes familiares de covid. Llaman, por ejemplo, con los resultados a los pacientes a los que se ha hecho una PCR por ser contacto estrecho de un positivo y luego hacen el seguimiento de esas personas: en el caso de que la prueba sea positiva y tenga síntomas leves siguen pendientes, siempre y cuando no se necesite una valoración de presencia física. Cuando proceda también se encargan de dar altas y bajas, de hacer recetas y de responder todas las dudas que les plantean. "A la gente le da mucha seguridad que les digamos que están hablando con un médico y prácticamente todo el mundo lo agradece mucho", cuentan estos veteranos, que son de tres especialidades diferentes: Medicina de Familia (Aliende, Rubio y Serna), Urología (Espiga) y Medicina Interna (Lorenzo).

De las preguntas que les hacen los pacientes, intuyen que aún quedan dudas o ideas confusas sobre la covid, casi siempre más en las personas de mayor edad. "Aún hay ideas 'propias' que no son reales porque se dan casos de personas vacunadas que antes de darle los resultados de la segunda PCR ha tenido contacto con otro positivo. ¿Qué conocimiento de la enfermedad es ese? Quizás nos hemos confiado demasiado a raíz de ser vacunados", afirma Manuela Rubio. La mayoría de los casos que están viendo son "cuadros catarrales" en los que lo único que cambia es la pérdida del olfato y del gusto y una tos "que es, yo diría, un poco más pesada", precisa Aliende.

Los cinco se presentaron voluntarios a la llamada de la Gerencia de Primaria, vía Colegio de Médicos, sobre todo, al conocer el nivel de presión que este verano tenían sus compañeros en las consultas, situación con la que se identificaban porque también la vivieron y no hace mucho. Espiga y Lorenzo se jubilaron en el 2018 después; Aliende, en el 19 y Rubio en julio de este año. Entre los cuatro suman más de un centenar de años de dedicación a los pacientes y, en principio, el 31 de diciembre es el último día que dejan de prestar este servicio altruista al sistema.