Un confinamiento con sabor rural

I.P.
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La italiana Arianna Lazzini y la húngara Vivien Korom viven el estado de alarma en Santa María del Campo, donde hacen un voluntariado europeo con la Asociación Brújula Intercultural

En primer término, Arianna; más atrás, Vivien, y en el círculo azul, Beatriz, sobre el parchís que han realizado con los escolares junto al polideportivo y las piscinas. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Más de 2.500 kilómetros de distancia separan Burgos de Budapest; menos, en el caso de Italia. En ambos países están las familias de Vivien Korom y Arianna Lazzini. dos jóvenes a las que crisis internacional por la pandemia de la covid-19 no ha pillado en el salón de su casa con sus padres, sus hermanos, sus amigas y amigos... No es en sus habitaciones donde se pasan las horas muertas, sin clases, sin poder ir al trabajo o teletrabajando o siquiera salir a buscarlo, a comprar, al cine... El estado de alarma las pilló en Santa María del Campo, el pueblo donde también Juana la Loca tuvo que pasar unos días en aquel camino que emprendió con el cuerpo sin vida de su esposo, Felipe el Hermoso.
Las dos jóvenes participan en la localidad en un programa europeo, concretamente una iniciativa solidaria en el medio rural, que gestiona la Asociación Brújula Intercultural, con sede en este pueblo del Arlanza, en colaboración con el Ayuntamiento de la localidad. No llegaron las dos al mismo tiempo, por lo que mientras a Vivien se le acababa su estancia de once meses el 12 de abril -un mes después del decreto de alerta-, a Arianna le queda aún hasta el 30 de junio.
La crisis ha interrumpido esta última etapa de desarrollo del programa, en el que han trabajado con los escolares de la localidad y de otros pueblos vecinos que acuden al centro educativo de Santa María del Campo. Talleres sobre materias diversas, juegos, danzas, curso de inglés, defensa personal, ayuda en las tareas del colegio, además de intercambiar experiencias y actividades con los mayores de la residencia de ancianos... han copado su tiempo con los chavales cuando estos terminaban su jornada escolar durante el curso, y más relajado el tiempo en verano. Pese al confinamiento no se han interrumpido del todo los trabajos, porque la tecnología ayuda a seguir en contacto y así se han ido grabando vídeos para que los chavales siguieran practicando y aprendiendo. Ha sido también una forma de llevar mejor la cuarentena y de explorar otras vías de trabajo no presenciales.
 Ahora, una vez que Santa María está en la fase 1, Arianna podrá estar con los chavales y seguir el voluntariado este mes y medio que aún le queda. Su intención luego es volver a casa, en Sarzana, en la región de Liguria, y seguir con su formación en Idiomas, que es lo que estudia, aunque no el español entre ellos; de hecho cuando llegó al pueblo no sabía palabra de castellano, aunque tampoco le ha costado muchos, «porque el italiano y el castellano son parecidos», dice.
 En el caso de Vivien, su intención no es regresar a Hungría, sino buscar trabajo por Burgos, sin descartar otras opciones, como la costa, que le encanta. Ahora, Vivien está ocupada, ya que le ha salido un trabajo en el pueblo desde hace unas semanas, cuidando a un par de niños de un matrimonio de la localidad que tenía difícil conciliar la vida laboral y familiar con el confinamiento. Vivien está encantada de esta oportunidad, aunque eso la haya obligado a dejar la casa que compartía con Arianna.
Reconocen ambas que, como a todos, les han sorprendido la virulencia de este virus, y el estado de alerta, que al principio nadie se imaginaba que se iría a prolongar tanto tiempo. Sus padres, como es lógico, les requerían para que volvieran a casa, más aún cuando España ha sido uno de los países, junto a Italia, precisamente, donde más casos de contagio se registran, pero el cierre de fronteras lo impidió, aunque Vivien insiste en que su intención no era regresar a Debrecen. Reconocen que al principio pasaron miedo y apenas salían de casa más que a la compra y alternándose. Sobre su experiencia en el pueblo, añade que ha vivido más estos meses que todo un año antes. «Me apunté al proyecto porque quería hacer algo diferentes una vez terminada la carrera y antes de buscar trabajo; quería ir fuera y era la primera vez que vivía sin mi familia, además de querer practicar el español». Ha estudiado Psicología Clínica y le encanta trabajar con niños.

En el ámbito rural. Brújula Intercultural se mueve en el campo de la movilidad juvenil, promocionando oportunidades de aprendizaje a los jóvenes. Beatriz Barbero es una de las responsables del proyecto y, al igual que sus compañeros, antes de poner en marcha la asociación, ya tenía conocimiento en este tipo de actividades al haber participado en proyectos europeos.
Se centran, tanto en el programa Erasmus+ (Programa de Educación, Formación, Juventud y Deporte de la UE), con intercambios juveniles y cursos de formación, como con el Cuerpo Europeo de Solidaridad, que desarrolla programas de voluntariado. Es precisamente en este último en el que participan las dos jóvenes que están en el pueblo, con un voluntariado enfocado en el ámbito rural.
Los proyectos están subvencionados por la Comisión Europa y Vivien y Arianna reciben alojamiento y dinero para manutención y de bolsillo. Hay programa de solo 2 meses de duración y otros que se extienden 12 o algo menos, como es el caso de las estas dos jóvenes.