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Martín García Barbadillo

Plaza Mayor

Martín García Barbadillo


Sí, piojos

29/11/2021

Lo que va a leer a continuación es un testimonio verídico, descarnado y, sobre todo, necesario.
-Mi nombre es Manuel Gutiérrez Becerra, tengo 47 años, vivo en Burgos y sí, tengo piojos. Poder hablar de ello me ha costado lo indecible pero aquí estoy para dar visibilidad a este drama silenciado. Durante años, o décadas, viví ajeno a este problema, pensaba que estos parásitos habían sido erradicados, al menos en Europa. Eran solo un recuerdo lejano de la infancia, poco más que el olor a Filvit impregnado en el subconsciente. Pero tuve hijos y descubrí, con horror, que lo piojos siguen aquí.
La primera vez que visitaron mi hogar no podía creerlo; en mi casa somos limpios como gatos, esto no era posible. Pero el niño se rasca un poco la cabeza, al día siguiente continúa y al tercero lo hace como un chimpancé; le inspeccionas y los ves, en todos sus estados de desarrollo: larvas, liendres y adultos asesinos. Revisas a la niña, a tu pareja, te dejas examinar tú mismo y ¡pleno!
Ahí empieza el show piojos: todo lo que ha tocado cualquier cabeza, a la lavadora, y la familia, en fila, pasa a la zona de fumigación. Actualmente se usa un producto que se vende a 20 euros el envase de 100 ml. El litro sale a 200 euros, más o menos como el champán en los chill outs playeros de Ibiza. Después, la liendrera hace su trabajo, destrozando el cuero cabelludo y arrastrando los cadáveres de los invasores. Este proceso nunca se hace una vez, siempre son más, a veces muchas más. Hay que persistir y no desesperar, aunque he de confesar que en ocasiones dan ganas de llorar.
Pero todo esto no es lo peor. Lo verdaderamente insoportable es la soledad con la que se afronta el problema. Uno llega a pensar que es el único al que le pasa algo así, aunque en el fondo sabe que les sucede a muchos pero callan. Cuando, por responsabilidad social, siente la necesidad de comunicárselo a las personas más cercanas teme encontrarse rechazo y estigma. Pero este drama nos atañe a todos y está en nuestra mano sacarlo a luz y combatirlo juntos, como con el Covid. Por eso me he decidido a dar la cara, con nombre y apellidos, y confesar que tengo piojos, sí, y no pasa nada, esperando que cunda el ejemplo y podamos vencer esta lacra. Aprovecho, también, para instar a la ciencia a que se ponga las pilas con este asunto, que vamos a llegar a Marte y aquí seguimos con las liendreras.
Por cierto, ¿no le empieza a picar la cabeza? Salud y alegría.