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El Dólar que no tiene precio

B.G.R.
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La mítica pizzería de la calle Vitoria cerró en diciembre tras el fallecimiento de su dueño. Los recuerdos de muchos burgaleses se aglutinaban en sus paredes

Imagen de los últimos años del local con lámparas decoradas por Pedro Jurado y el artista Fernando Arahuetes, que también pintó los murales. - Foto: Foto cedida por la familia

Para Pedro Jurado, su bar era, junto a su familia, su vida. Pero no solo eso. Café Pizzería Dólar forma parte de los recuerdos y las vidas de muchos burgaleses; generaciones que han ido pasando de padres a hijos y nietos. Un lugar de encuentro, con estilo inconfundible, que avanzaba con el paso del tiempo incorporando novedades, ya fuera en su carta de cocina como en la decoración del local, donde el mítico tren que circulaba por el techo dejaba boquiabiertos a grandes y pequeños.

Más de tres décadas desde su apertura dan mucho para contar. De familia hostelera, que regentaba un bar con el mismo nombre en el Hondillo, abrió junto a padre el establecimiento en el número 51 de la calle Vitoria en 1987. Pronto asumió su gestión en solitario, comenzando una historia en la que trasladó a su lugar de trabajo sus aficiones y forma de ser. Siempre con ideas nuevas, cada cambio era una oportunidad para crecer y adelantarse en el tiempo. Porque, aun manteniendo la esencia, el establecimiento de los últimos años difería respecto al de los inicios.

Comenzó siendo cafetería de día, especializada en desayunos y donde acudían no pocos trabajadores de la cercana Delegación de Hacienda, aunque tampoco faltaban los vermús y los cafés vespertinos. Entonces se apañaba con el pequeño horno de la cocina, pero en 1993 vio una oportunidad que no desaprovechó. Abrieron los cines Van Golem ubicados en la avenida Arlanzón y se hizo con el local anexo, ampliando así el establecimiento originario y también su oferta culinaria con hamburguesas y sándwiches, sin olvidarse de una extensa colección de cervezas.

En aquel momento, lo más característico era el billar, aunque poco después lo suprimió debido a la falta de espacio al embarcarse en una nueva aventura. Esta fue la de dar una vuelta de tuerca a su carta elaborando pizzas totalmente caseras en horno de piedra. «Su cabeza siempre estaba dando vueltas», explican fuentes familiares, al tiempo que recuerdan que viajó hasta Gandía para hacer un curso en una escuela de pizzeros capitaneada por un maestro italiano.

Con esa mano de maestro sirvió pizzas por doquier, ya que más tarde amplió el servicio con recogida en tienda o a domicilio, convirtiéndose en un local de referencia en la capital. Pero el atractivo del café Dólar no solo radicaba en la comida. La decoración, idea también de Pedro, iba cambiando dejando la impronta de sus principales aficiones: la música, sobre todo el jazz, el cine y los trenes. Personajes como los músicos, carteles de estrenos o de cintas legendarias, y un tren que recorría el techo del local como elemento de identidad. Lo vio «en algún sitio» y decidió comprar la locomotora en Alemania, añadiendo vagones o reparando piezas. No faltaban tampoco las exposiciones e, incluso, pensó en organizar conciertos, pero descartó la idea por falta de espacio. En los últimos años cambió las lámparas, algunas de las cuales se ocupó de embellecer, mientras que el artista Fernando Arahuetes decoró las de la barra y pintó los murales de las paredes.

La pandemia también afectó a la actividad, aunque las mismas fuentes precisan que siempre tuvo una clientela fiel y muy variada. «Ha pasado generación tras generación por la cafetería», evocan. Y durante todos estos años, este empresario ha estado detrás de la barra porque también era un apasionado de la hostelería. Con su fallecimiento en octubre del año pasado, el Dólar se cerró. «El bar era Pedro y no queríamos que siguiera abierto», reconocen, a pesar de que recibieron algunas ofertas para hacerse con el traspaso dado que el local era de alquiler. Con su temprano adiós se fue su negocio, pero no borrará los recuerdos de interminables tardes de charla y cenas antes o después de ir al cine.