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"Lo que más impresiona en una cueva es el silencio"

HÉCTOR JIMÉNEZ
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Carmen Vadillo es una de esas mujeres y esta es (parte de) su historia

Posando con un casco de espeleología, su gran afición, en su domicilio de Quintanadueñas. - Foto: Luis López Araico

Recuerda perfectamente aquel momento culminante del verano de 1969. Acompañaba aquel día a José Luis Uribarri y a los tres hermanos Rubio (su marido Aurelio y sus cuñados Elías y Eliseo) durante una incursión por el complejo kárstico de Ojo Guareña. Como en tantas ocasiones sucedía, por aquel entonces era la única mujer del grupo. El afán explorador les llevó a aventurarse por una cavidad aún no explorada, a ascender un pequeño montículo y a asomarse hacia una zona más abierta. Y entonces aparecieron ante sus ojos decenas de pisadas humanas, de pies descalzos estampados sobre la arena. "Fue emocionante estar delante de aquello y nos pusimos hasta nerviosos". Esos jóvenes acababan de descubrir la que sería bautizada como Galería de las Huellas.

Carmen Vadillo fue una de las pioneras de la espeleología burgalesa y el azar, el destino, la fortuna o su curiosidad innata le permitieron coprotagonizar uno de los descubrimientos más importantes de los últimos años en el subsuelo de la provincia. Aquellas pisadas humanas, ahora datadas en más de 4.000 años de antigüedad, se siguen estudiando 50 años después y han sido objeto recientemente de nuevas investigaciones en el CENIEH, como relata orgullosa esta mujer que a sus 86 años de edad conserva una memoria estupenda e irradia bondad.

Mientras relata aquella hazaña, sostiene entre sus manos un pesado álbum que es un tesoro. Son fotografías de la época, tomadas en 1970 y en años anteriores, no solo de la Galería de las Huellas sino de otras exploraciones bajo tierra y de buceo, casi todas protagonizadas por su difunto marido, Aurelio Rubio, que además de adentrarse en las entrañas de Ojo Guareña, Atapuerca o el Pozo Azul también fue una figura histórica del PSOE burgalés, líder de la oposición en el primer Ayuntamiento constituido tras la transición democrática.

Con veintitantos años, radiante, de boda en una sala de fiestas ya desaparecida. Con veintitantos años, radiante, de boda en una sala de fiestas ya desaparecida. - Foto: DB

En muchas de aquellas aventuras, sobre todo hasta que tuvo a sus hijas, participó Carmen, en cuyo salón todavía custodia piedras recogidas de diversas cuevas, fósiles de la zona de Villafranca Montes de Oca, en cuyo entorno nació.

Su localidad de origen fue Carrias y su año de venida al mundo 1936. Nada menos que a una España en la que estallaba la Guerra Civil. Hija de padres labradores, cuando ella tenía solo dos meses a su padre vinieron a buscarle para el alistamiento obligatorio y se marchó al frente hasta el 39. Mientras tanto, su madre tuvo que sacarla adelante mientras se ocupaba de las tierras con la ayuda de algunos parientes y de otras familias del pueblo.

La mayor de tres hermanos, vivió toda su infancia en un ambiente rural y cuenta que fue probablemente entonces cuando le despertó la afición por la exploración. "Me gustaba subir al monte y la naturaleza. Y me llamaban la atención las cuevas porque en mi pueblo había una muy misteriosa que llamaban 'De la acémila'. Una vez un hombre se perdió en ella y casi pierde la vida, así que a los niños nos insistían mucho que no nos acercásemos a ella". Como suele suceder con lo prohibido, quizás a la pequeña Carmen bastó que le impusiesen el veto para que se sintiese atraída por ello.

Pasaron, sin embargo, muchos años hasta que entró en contacto con los chicos de Edelweiss y empezó a practicar en serio la espeleología. En la escuela se le daba bien estudiar y un maestro les recomendó a sus padres que la mandasen a Miranda de Ebro, a vivir con una tía suya, para estudiar secretariado "en una academia que llevaban unos catalanes". El plan pasaba por entrar a trabajar en la FEFASA, Fabricación Española de Fibras Artificiales S.A., una fábrica ya desaparecida pero que en su momento llegó a tener casi 2.500 trabajadores.

Sin embargo, los avatares de la vida y una enfermedad de su hermano Ramón la condujeron por otros derroteros y acabó viviendo en Burgos. Una amiga de su madre cocinaba para la familia de los Santiago Rodríguez y trató de mediar por ella para que trabajase en la imprenta o en la librería, pero acabó cuidando a los niños. No se le daba mal, pero no era a lo que había venido a la capital.

Fue emocionante el momento en que descubrimos la Galería de las Huellas, nos pusimos hasta nerviosos"

Poco después, otra amiga le ayudó a colocarse en una fábrica de piensos que estaba en Los Vadillos y pronto se ocupó del laboratorio. A priori no tenía conocimientos técnicos, pero un químico le enseñó a hacer las soluciones, a analizar las materias primas y la producción, y allí se pasó nada menos que 18 años entre proteínas, celulosas, cenizas, fósforo y calcio, exactamente hasta que se casó.

Lo hizo con Aurelio Rubio, un muchacho al que conoció en Ojo Guareña . Las cuevas les unieron por mediación de Uribarri, fundador del Grupo Espeleológico Edelweiss, que invitó a Carmen y a una amiga a la experiencia de la exploración bajo tierra. "Al principio era la única chica, pero me trataban muy bien y eran agradables conmigo", cuenta nuestra protagonista mientras se le iluminan los ojos con los recuerdos. En efecto, en la historia oficial de Edelweiss figura como la tercera mujer en inscribirse, en el año 1966 junto a Blanca González y Amelia Martínez Quintanilla.

Poco a poco fue adentrándose en ese mundillo, asumiendo cada vez más retos y más responsabilidades. Recuerda, por ejemplo, que Aurelio hacía las fotografías y que ella ejercía algo así como de ayudante de iluminación. "Para poder sacar imágenes de las cavidades había que encender una especie de explosivos y estar muy quietos durante varios minutos, procurando además que el espacio no se llenase de humo porque si no era imposible fotografiarlo", explica.

En otras temporadas se ocupó también de recoger "muestras de bichejos en los gours", pequeños charcos formados en los suelos calizos, y hasta arena desprendida de las pinturas rupestres que ella sabía analizar gracias a sus conocimientos de laboratorio.

Las horas y horas de estar metida en la cueva se acabaron cuando empezó a tener a las niñas. Primero llegó Palmira, que incluso durmió dentro de una cavidad cuando apenas tenía unos pocos meses, y después vino Amaya. Entonces se asumía que la crianza correspondía a la madre, así que fue Carmen quien sacrificó la afición. Seguían yendo con los del Grupo Edelweiss los fines de semana a Ojo Guareña, pero la mamá y las crías se quedaban en la entrada o en los alrededores, pasando el día y esperando, mientras los hombres exploraban.

"El recuerdo más vivo que tengo de las cuevas, lo más impresionante, no es la oscuridad sino el silencio total, un silencio que no se puede sentir en el exterior. Cuando vas caminando escuchas tus pisadas y las del compañero, a veces el rumor de las corrientes subterráneas, pero hay un momento en el que si te callas no se escucha absolutamente nada. Si acaso un pitido dentro de tus oídos, eso es el silencio absoluto", apunta Carmen.

Los sustos de la política. Mucho más ruidosos y tensos fueron otros episodios que vivió como esposa de Aurelio Rubio. Todavía en los años de la clandestinidad se reunían "con Esteban Granado y en la sastrería de Bonilla" a escuchar a cantautores como Paco Ibáñez. El día que la ETA mató a Carrero Blanco lo recuerda pegada a la televisión, igual que a la radio la noche del 23-F donde llegaron a temer seriamente por la seguridad de la familia. Unos años antes, "en el 74 o 75", vinieron a buscar a su marido unos guardias civiles, revolvieron toda la casa buscando propaganda política y se lo llevaron detenido. Por un momento pensaron que acabaría en el penal. Por suerte solo fueron unas horas en comisaría.

Volviendo a recuerdos más agradables, además de Ojo Guareña, la intrépida espeleóloga también se ha adentrado en las entrañas de Atapuerca. No llegó a bajar a la Sima de los Huesos, pero sí a Cueva Peluda, donde recuerda restos de cerámica, sílex y hasta pinturas. Su experiencia la cuenta en la película documental sobre Ojo Guareña que firmó su sobrina Edurne Rubio y la culminación de todo aquello fue el descubrimiento sobrecogedor de la Galería de las Huellas, que sirvió de colofón a unos cuantos años de tiempo libre dedicado a la exploración bajo tierra.

Algunos comparan lo que hicieron aquellos jóvenes sin apenas medios, autodidactas y en un país todavía en blanco y negro con la exploración lunar. Eran, ciertamente, humanos caminando hacia lo desconocido, sin apenas protección para los riesgos que entrañaban las misiones y con el simple aliciente de, como relata Carmen, "ver qué había un poco más allá". Solo que ella se quita importancia y lo cuenta como el que iba los sábados por la tarde a pasear por el Espolón.

La motivación para explorar era simplemente descubrir qué había más allá"

En uno de esos paseos, por cierto, se encontró una vez con Aurelio, aquel mozo al que había visto poco antes en una cueva. Les invitaron a ella y a una amiga a ir a una sala de fiestas, aunque en realidad tuvo que ser Carmen la que pagase porque los demás no tenían dinero, y a partir de ahí surgió un amor de por vida que solo truncó la inesperada muerte de su marido en el año 2002.

Desde entonces esta mujer menuda y sonriente tuvo que volver a conducir, porque tenía carné pero había abandonado el volante, para ser independiente y poder ir y venir desde Burgos a Quintanadueñas, donde tiene su casa. La crianza de su primer nieto, Marcos, la ayudó enormemente a superar aquel palo de la vida, y luego vinieron otros tres nietos llamados Sofía, Antón y Millán.

De su afición a la pintura y a los esmaltes dan fe unos cuantos cuadros que tiene colgados en las paredes de su domicilio y que demuestran un nivel muy respetable, cultivado en las Aulas María Zambrano. Y de su compañía cotidiana se encarga su gata, Luna, que tiene 12 años. Se la encontraron por la calle, la llevaron a casa y ha sido durante mucho tiempo arisca con todo el mundo, menos con Carmen, hasta que llegó la pandemia y de repente se ha vuelto un animal más sociable. Otro efecto secundario e inexplicable del coronavirus.

Nuestra pionera se maneja con las nuevas tecnologías de una manera admirable pese a haber superado las 85 primaveras. Cuando necesita comunicarse tira de whatsapp, para leer la prensa digital tiene su tablet y ojo porque maneja Netflix y navega por sus menús como si de recorrer cavidades nuevas se tratase. Series y películas como Lupin, After Life, Toc Toc, Arriba y Abajo, La Trinchera o No Mires Arriba le han servido de entretenimiento en los últimos meses, y piensa seguir investigando el catálogo. Curiosidad no le falta a esta exploradora vocacional.