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Editorial

La variante ómicron desata un alarmismo infundado por ahora

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Pasarán semanas antes de que comprendamos cuánto riesgo verdadero presenta ómicron, la nueva variante del coronavirus que la OMS califica de «preocupante», pero de repente se ha vuelto a esparcir el temor por todas partes. En otro contexto, y ante la evidente falta de certezas científicas, parecería más que injustificado el súbito desasosiego desatado, por ejemplo, en los mercados financieros. Con los contagios al alza en medio mundo, los hospitales sobrecargados en muchos países de Europa central, y la resistencia de parte de la población a la vacunación y a nuevas restricciones, la economía se ha vuelto a poner en alerta ante la nueva amenaza. Algo debemos estar haciendo muy mal a nivel global para que casi dos años después de la aparición del virus y un año después de la llegada de las vacunas estemos de nuevo así. 

Aún no está claro que sea significativamente más transmisible, ni que los casos de infección sean más graves o aumente la mortalidad, ni que sea capaz de evadirse de la respuesta inmunitaria. Es más, una de las descubridoras de la variante ha pedido que no cunda el pánico innecesario ante esta nueva modalidad, cuyos síntomas son, según los datos que baraja en estos momentos, muy débiles. En todo caso, la comunidad científica y las grandes empresas farmacéuticas están cada vez mejor preparadas, y podrían adaptar las vacunas a la nueva variante en unos 100 días. Los antivirales son también cada vez más eficaces. La experiencia aconseja actuar con cautela, y por eso la UE ha estado esta vez rápida suspendiendo los vuelos con siete países del sur de África, continente descolgado vergonzosamente del despliegue mundial de las vacunas. Aunque las prohibiciones de viaje ayuden a frenar la propagación de ómicron, lo ocurrido con la variante delta también nos dice que detenerla en seco resultará misión imposible. Cuando llegue habrá que ser precavidos y no repetir errores del pasado. Y eso pasa también por no relajarse ni pensar que la pandemia ya está superada. Sabemos que para ponérselo difícil al virus hay que secuenciar, rastrear y, por supuesto, vacunar. Pero también se precisa evitar el alarmismo infundado que, por fatiga económica y mental, es imprescindible soslayar a toda costa. 

De momento, lo que sí que es ómicron es un recordatorio de que nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo. Para fin de año se habrán fabricado suficientes vacunas para haber inyectado al mundo entero contra la covid. Las brechas en las tasas de vacunación entre los países ricos y los pobres no solo son éticamente reprobables, también aumentan la probabilidad de que se desarrolle una cepa resistente a la vacuna. Si no se acelera el proceso de inmunización en los países subdesarrollados, y no se protege a los más vulnerables, se correrán más riesgos desconocidos e inexplorados como el que afrontamos ahora.