Los burgaleses de la Vuelta al Mundo

R.P.B.
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Detrás y en la propia gesta que dio fama Magallanes y Elcano -de la que se cumple el V centenario- hubo protagonistas locales sin los cuales la proeza no hubiese llegado a buen fin: un marino, un ambicioso comerciante y un todopoderoso obispo

Cristóbal de Haro. - Foto: Valdivielso

La primera vuelta al mundo fue la pieza clave, o más aún, la clave de bóveda para que hoy podamos hablar de una primera globalización o de una primera mundialización", asevera el historiador Carlos Martínez Shaw en el artículo Después de Elcano. Repercusiones de la primera circunnavegación. Es una afirmación contundente, rotunda, que da medida de lo que supuso aquella gesta universal, de cuyo inicio se cumple este año el V centenario. Una proeza que si bien ha pasado a la historia con los nombres de Magallanes y Elcano escritos en letras de oro, jamás hubiese llegado a buen fin sin el concurso esencial de tres burgaleses: un marino de Espinosa de los Monteros, un rico y ambicioso comerciante y un obispo todopoderoso y visionario.

Aunque nacido en Toro, Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos desde 1514, fue uno de los personajes más influyentes de la España imperial. Hombre cultivado y conocedor de los avances científicos de su época (fue discípulo de Elio Antonio de Nebrija). Muy vinculado siempre a la Corona (fue hombre de confianza de Fernando El Católico), su papel más destacado fue el de organizador de flotas, tanto militares como de colonización. Así le retrató Bartolomé de las Casas: Era muy capaz para mundanos negocios, señaladamente para congregar gente de guerra para armadas por la mar, que era más oficio de vizcaínos que de obispos. Miembro del Consejo Real e inspirador de los Consejos de Indias y Hacienda, desempeñó un papel fundamental en todos los proyectos ultramarinos de la Corona (formó parte de la Junta de Burgos de 1512, en la se estudiaron a la luz de la teología los derechos de los indios) y fue el principal impulsor de la expedición que un navegante portugués llamado Fernando Magallanes propuso a la Corona después de que no lograra convencer al monarca de su país.

Magallanes obtuvo el favor del emperador Carlos V para aquella fabulosa empresa gracias a la recomendación del obispo Fonseca (cuya efigie luce en la puerta de Pellejería de la Catedral) y de otro aliado esencial, al cabo el hombre con cuyos dineros pudo financiarse la mayor parte de la misma. Otro burgalés -de origen judío, por más señas-: Cristóbal de Haro.

Comerciante próspero, avezado mercader, Haro había hecho fortuna comerciando desde Lisboa con hombres y especias, pero su relación con la Corona portuguesa se vio truncada cuando un navegante lusitano le hundió una flota de navíos negreros. Así, desencantado y de la mano de Magallanes, y con la connivencia del obispo de Burgos, se sentaron las bases para emprender la fabulosa hazaña. El burgalés fue el principal financiero de la expedición (también hubo apoyo económico de los Welser): aportó el burgalés 1.592.769 maravedís, una verdadera fortuna. Haro (cuyo sepulcro está en la iglesia de San Lesmes) sabía que acceder a las islas especieras que dominaba Portugal por una nueva ruta le haría inmensamente rico y poderoso, mucho más de lo que ya era. La expedición se preparó en Sevilla, siendo supervisada por otro burgalés, llamado Juan de Aranda, que era oficial de la Casa de la Contratación.

Fueron cinco las naves que zarparon en septiembre de 1519 del puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda. A bordo había otros dos insignes burgaleses: Juan de Cartagena, que embarcó en representación de la Corona castellana (era sobrino del obispo Fonseca, si bien hay teorías que le sitúan como hijo ilegítimo del prelado) y un marino de tierra adentro, natural de Espinosa de los Monteros: Gonzalo Gómez de Espinosa. La tripulación constaba de 234 hombres y un objetivo: alcanzar por el Oeste Las Indias, aquello que ambicionaba Colón cuanto se topó sin querer con las Américas. El destino era Las Molucas, las islas de las especias, por una ruta que evitaría la travesía por las aguas controladas por Portugal.

El marino burgalés jugó un papel fundamental. Gonzalo Gómez de Espinosa zarpó a bordo de la nave capitana, la Trinidad, a las órdenes de Magallanes y con el cargo de alguacil mayor de la expedición. A los cuatro meses tocaron la costa de Brasil y se encaminaron hacia el sur, donde Magallanes creía que existía un paso hacia el océano que terminarían bautizando con el nombre de Pacífico por la calma de sus aguas.

Hubo muchas decepciones, pero ya a pocas jornadas de la Patagonia y muy cerca de ese estrecho ansiado entre el Cono Sur y la Antártida, se produjo un motín. Fue en el puerto de San Julián. Juan de Cartagena, Gaspar de Quesada y Luis de Mendoza, capitanes de la expedición que apoyaban a Juan Sebastián Elcano, se enfrentaron a Magallanes, queriendo forzar el regreso a España. El navegante portugués envió a Gómez de Espinosa a la nao Victoria, donde se hallaban los amotinados, con una misiva para Luis de Mendoza. Acompañado por seis hombres y ocultando unas cuantas armas, mientras el rebelde leía la misiva el burgalés le clavó un cuchillo en la garganta mientras sus acompañantes dominaban al resto de la tripulación de la nao.

Así fue como la histórica expedición continuó su rumbo y alcanzó el ansiado y peligroso paso, hoy conocido como Estrecho de Magallanes, que ellos bautizaron como Todos los Santos por haberlo atravesado el 1 de noviembre. No fue hasta dos años después de zarpar de Sanlúcar, en 1521, cuando llegaron a las islas Filipinas, donde, en un enfrentamiento con los indígenas, el marino portugués halló la muerte. Magallanes fue sustituido por Gonzalo Gómez de Espinosa, convertido desde ese momento en el jefe de la expedición, de la que sólo quedaban dos embarcaciones.

El burgalés permaneció en la nao Trinidad mientras Juan Sebastián Elcano lo hizo en la Victoria. Si Gonzalo Gómez de Espinosa no comparte la eternidad que para la historia tiene Elcano fue por mala suerte: cuando ya habían resuelto emprender el viaje de regreso a España, cargadas ambas naos de especias, observaron que la Trinidad no se hallaba en buen estado; para que la misión no se prolongara más de lo que ya lo había hecho, el marino burgalés ordenó a Elcano poner rumbo a España, quedándose él dirigiendo las labores de reparación de la otra embarcación, que se prolongaron durante tres meses. Cuando por fin pusieron rumbo a España, corrientes y tempestades se lo impidieron, obligándoles a regresar a Las Molucas, donde la tripulación superviviente cayó presa de los portugueses. Gómez de Espinosa y sus hombres concluyeron la vuelta al mundo, si bien cautivos, quedando encerrados en la prisión lisboeta del Limonero, de la que fueron salvados por el emperador Carlos V. En 1529, Gonzalo Gómez de Espinosa fue nombrado por por el emperador visitador y capitán de las naos de las Indias, y recibió una pensión de 300 ducados.

*Este artículo fue publicado en la edición impresa el 10 de febrero de 2019