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La fe en tiempos modernos

ARSENIO BESGA
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Con tan solo 25 años, Víctor López ocupa desde el fin del verano el cargo de vicario de la parroquia El Buen Pastor, se desenvuelve como sacerdote en varios pueblos de la comarca y también imparte clases de religión en el instituto

El nuevo vicario de El Buen Pastor tiene claro que su deseo es «compartir la alegría del Evangelio». - Foto: A. Besga

Nadie conoce lo que le depara el futuro. Ante esto, hay quienes ponen su destino en manos de otros. Víctor López, en su caso, se deja llevar por el plan que Dios tiene preparado para él. El nuevo sacerdote de Miranda ejerce ya como vicario de El Buen Pastor, Nuestra Señora de los Ángeles y Santa Ana de Bayas, así como, párroco de Valpuesta y San Zadornil. Este religioso burgalés descubrió la fe hace más de diez años, siendo un mero adolescente, y a sus 25 tiene claro en qué consiste su mayor deseo: «Quiero compartir la alegría del Evangelio». 

El párroco no recuerda cómo llegó a este punto, pero jamás olvidará a quien le inspiró. López narra que, mientras realizaba la catequesis, «vino un cura joven, que me hizo replantearme todo».  Con solo quince años, el ahora sacerdote comenzó a dudar sobre el motivo de sus actos, buscaba un porqué a sus decisiones. A veces, basta con un empujón para entender las cosas. «Este hombre me ayudó a poner palabras a lo que sentía», explica.

Una vez que el vicario de Miranda descubrió su fe, dio una vuelta más a su perspectiva. Con pausa, tras meses de reflexión, Víctor López se planteó, «¿y si Dios quiere que sea sacerdote?». Entonces, el que un joven burgalés como otro cualquiera tomó la decisión de embarcarse en la carrera eclesiástica. Hoy, no considera que se trate de un viaje al azar y aguarda expectante sobre lo que le depara su aventura o, mejor dicho, «por saber qué quiere Dios de mí, aquí».

El sacerdote recuerda con cariño sus siete años de seminario. Allí profundizó en la dimensión espiritual de su vocación, así como, en la intelectual y pastoral. López asegura que «la formación empieza, pero no termina», por lo que  seguirá examinando lecturas con ahínco y aprendiendo de su comunidad.

Su profesión no difiere tanto de otras, al menos, en el  trámite inicial cuando se llega a un nuevo destino. «Lo primero que se hace es la mudanza», dice. Semanas más tarde de ese momento, el sacerdote ya va conociendo la comarca en líneas generales. Según López, el ambiente en la parroquia «es algo intenso», sobre todo si se compara con «Salas de los Infantes, de donde vengo, que tiene un ritmo más pausado», argumenta.

Los retos. La edad de las personas que reciben la misa  aumenta conforme avanzan los años. Los jóvenes ya no visitan apenas a sus consejeros espirituales y las familias no acuden tan regularmente como antaño a la parroquia. «Los retos están claros», comenta el cura y enumera, «la catequesis, la familia y la juventud». Aún así, la actividad religiosa no debe abandonar a nadie. Víctor López es consciente de esto y afirma que su reto también consiste en «acompañar a los que ya están con nostros».

En estos desafíos, el religioso describe una receta común que podría ayudar a expandir, y mantener, la fe. Según él, «para transformar o enriquecer una realidad, debes conocerla, no traer prejuicios». En ello está el sacerdote, compartiendo el día a día con los mirandeses, descubriendo sus necesidades y promulgando la noticia del Evangelio, como él la llama. «Jesucristo me da fuerza para hacer lo que hago», afirma, por lo que a su labor le quedan varios años de recorrido.