Así fue el asedio al Castillo

R. Pérez Barredo / Burgos
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Alrededor de 600 personas recrearán este mes de junio uno de los capítulos más importantes de la Guerra de la Independencia: el fracaso de Wellington en su intento por expulsar a los franceses de la fortaleza burgalesa en el otoño de 1812

Defensa del Castillo de Burgos en octubre de 1812. Heim, grabado por Aubert.

El duque de Wellington, futuro héroe de Waterloo, se las prometió muy felices cuando llegó a Burgos en septiembre de 1812. Al mando de 35.000 hombres, el estratega británico tenía un plan concreto y, a su entender, de ejecución sencilla: tomar el castillo de la vieja ciudad castellana, donde se hallaban acantonados apenas 2.500 franceses. La diferencia en número era notable, y la misión se antojaba asequible máxime cuando la vetusta fortaleza presentaba un flanco débil, en el cerro de San Miguel, que ya en su día, consciente de la importancia de la barbacana burgalesa, había querido fortalecer el mismísimo Napoleón. Coser y cantar, se pensó Wellington, resuelto a expulsar a los franceses para seguir reconquistando terreno en dirección al Ebro. 
El diagnóstico no era errado.El hornabeque que los gabachos habían iniciado en el flanco más frágil por orden del emperador estaba a medio terminar. Así que aquel fue el primer objetivo de la ofensiva aliada. Y se saldó positivamente para las tropas angloespañolas, si bien es cierto que las bajas de ese lado fueron muy superiores a las registradas en el bando francés, aproximadamente el doble: 400 por 200. Los soldados del emperador presentaron feroz batalla a aquel primer asalto, pero terminaron claudicando y refugiándose en la fortaleza. Tras el éxito, Wellington concluyó que el resto del castillo se tomaría también con cierta facilidad y, a ser posible, sin tantas bajas.
En el interior del castillo, Dubreton, general gobernador de la fortaleza, se conjuró para resistir con mayor fiereza y solvencia las futuras embestidas. Por su parte, Wellington echó cuentas: calculó que el castillo podía ser bombardeado sin riesgo para sus hombres y que haría mucho daño si los artefactos impactaban en el depósito de víveres; imaginó, además, que el agua escasearía para los defensores. Siendo buena la estrategia de los bombardeos, el inglés tenía un problema: apenas poseía artillería.Con todo, decidió intentar una ofensiva relámpago.Con nocturnidad, para añadir el factor sorpresa. 
Dispuso a 400 hombres para que, en grupos de 50, intentaran abrir una brecha en el muro norte del castillo. Sin embargo, la maniobra fracasó con estrépito: los defensores localizarn a los atacantes y reprimieron con sencillez la ofensiva, causando una verdadera escabechina entre los aliados.
El inesperado revés sufrido Wellington le hizo tomar conciencia de que no sería tan fácil como a priori parecía. Además, el golpe moral, sumado al alto número de bajas, había hecho mella en el ánimo de los atacantes. Decidió cambiar de estrategia y abordar un asedio convencional, más lento pero también más seguro. Se empezaron a excavar zanjas, trincheras que permitieran comunicar todos los flancos. También comenzaron a excavarse minas con las que socavar cimientos a base de barriles de pólvora que permitieran abrir brecha. 
La primera mina explosionó el 29 de septiembre, a medianoche. Sin embargo, la detonación no resultó lo suficientemente fuerte como para que se despejara el paso. A pesar de ello, al menos cinco hombres consiguierin coronar el muro, pero los defensores los rechazaron a bayonetazos. Cinco días más tarde, tras un mejor y más logrado trabajo de zapa (se excavó una galería de 25 meotros de lengitud que llegaba hasta el basamento de la muralla) se hizo estallar una segunda mina, que iba cargada con 1.400 libras de pólvora. Ésta sí resultó eficaz: a los franceses les pilló por sorpresa y la infantería atacó con diferentes unidades, lanzándose hacia las breschas abiertas por la gran explosión. Pero la escasa coordinación a punto estuvo de hacer fracasar la ofensiva.Con todo, los gabachos tuvieron que recular y guarecerse en el interior de la fortaleza, que ya no parecía tan inexpugnable. O sí. Dubreton apostó a sus francotiradores de forma estratégica. A menos de cincuenta metros, abatir a los atacantes era una verdadera caza al hombre. Pero los aliados aguantaron y se hicieron fuertes en la zona xonquistada, donde, a duras penas y expuestos a la puntería del enemigo, siguiente excavando zanjas. Avanzando lenta pero inexorablemente. Dubreton, sabedor de que el tiempo iba en su contra, ordenó el 5 de octubre una maniobra audaz: varios franceses atacaron la posición aliada bayoneta en mano, y al grito de ¡Viva el emperador!, consiguieron expulsar de la zona a quienes se afanaban por avanzar. No fue el único ataque de los acantonados en el castillo. El día 8 de octubre fueron 400 los galos que salieron de la fortaleza en tromba, consiguiendo desalojar a los atacantes, matando a muchos de ellos.
 
Desánimo. Ese nuevo revés volvió a llenar de desánimo a los aliados, presos de una desolación a la que no contribuía el clima: días, lluviosos, frío, viento. Unas condiciones que en nada facilitaban las labores de los asaltantes. Las bombas de mano y los morteros que lanzaban los defensores eran, además, una amenaza constante y un lastre para la evolución del asedio. Se intentó, en vano, incendiar la fortaleza: los franceses se multiplicaban para sofocar cualquier conato de fuego.
Hartos del largo e inútil asedio, los aliados intentaron el último asalto. El 18 de octubre hicieron volar una mina bajo la terraza que soportaba la iglesia de San Román. Y atacar la fortaleza desde todos los puntos, simultáneamente. Todas las columnas fueron rechazadas excepto la que intentó atacar por el flanco de la iglesia, donde llegaron a refugiarse los atacantes luego de expulsar a los franceses de su interior. Pero estos, en previsión de que algo así pudiera ocurrir, hiciero detonar unos hornillos que habían sido preparados para ello si la coyuntura lo exigía. La explosión destruyó el templo y, bajo sus escombros, quedaron sepultados numerosos soldados españoles y portugueses. Un golpe demoledor.
En otras zonas la ofensiva también fue rechazada y, tras una hora de refriera encarnizada, los aliados se retiraron con ánimo de derrotado. Wellington decidió desistir. El asedio había resultado un rotundo fracaso. Había perdido más de 2.000 hombres. Las bajas de los numantinos franceses apenas habían superado las 600. Como la cosa se estaba poniendo fea en otras latitudes, Wellington decidió levantar el asedio, convirtiéndose Burgos en el gran baldón del intachable currículum del eminente militar del británico. El hombre que derrotó al todopoderoso Napoleón en Waterloo, una de las batallas del siglo, no pudo conquistar la vieja fortaleza castellana.
*Fuentes: Diego Peña Gil y Fabiola Monzón.