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"En el quirófano es vital la solidaridad entre compañeros"

ANGÉLICA GONZÁLEZ
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Salva Rodríguez Serrano es uno de esos hombres y esta es (parte) de su historia

Salvador Rodríguez Serrano, el pasado miércoles en la plaza de los Castaños. - Foto: Patricia

*Este reportaje salió publicado en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 21 de junio de 2021.

Es uno de los cirujanos con más pericia y más arte que han pasado por la sanidad burgalesa en los últimos años. Cualquiera que haya coincidido en el plano profesional con Salvador Rodríguez Serrano -Salva para todo el mundo- sabe que en el quirófano era de los audaces pero no kamikazes, un equilibrio que él siempre consideró imprescindible para realizar su trabajo de la forma más impecable, y en el ámbito personal, probablemente no le haya habido con más guasa, sentido del humor, ingenio y ritmo. Los más viejos del lugar le recuerdan como una de las estrellas de los festivales navideños del Hospital General Yagüe, donde con su guitarra era uno de los platos principales. En algún rincón del archivo de este periódico se conserva una foto suya tocado con un cachirulo aragonés y dándole a las cuerdas junto a una compañera que parece estar interpretando una sentida jota.

La medicina y la música, dos de las grandes pasiones que jalonan su biografía, aparecieron bien pronto, según recuerda, en su pueblo natal, Fresno el Viejo (Valladolid), donde nació en 1948 y al que sigue estrechamente vinculado. Rodríguez Serrano es el menor de 11 hermanos de una familia de labradores. Su padre, además, fue el alcalde de esa localidad durante más de 20 años, "aunque ser alcalde entonces no significaba tener ninguna prebenda, era del régimen que había, pero te aseguro que en el fondo era mucho más socialista que otros que decían que lo eran y una bellísima persona". Tal es así que decir que uno era hijo de Sergio, que así se llamaba, significaba una gran carta de presentación "no solo en Fresno sino en los pueblos de alrededor".

Hasta los 9 años estudió en la escuela rural con don Pepe, el maestro, y luego pasó al seminario -cosas de la época, la iglesia buscaba por los pueblos a los chicos más despejados y las familias lo veían como una forma de dar estudios en tiempos inciertos- para volver después a Fresno y terminar bachillerato y PREU en el instituto Zorrilla de Valladolid, un lugar que para él fue "una maravilla" y donde se encontraría con compañeros que después marcarían mucho su vida en el ámbito personal. Como tantas veces pasa, la infancia de Salva es el territorio de los juegos, del contacto con los animales, de la libertad y la felicidad: "Doy gracias a Dios por haberme criado en una familia numerosísima que aún hoy en día somos una piña, en nuestra casa se celebra mucho San Queremos y antes de la covid no era difícil que nos juntáramos setenta".

Fue un buen estudiante "pero no un empollón, siempre he sido muy alegre y con ganas de pasármelo bien, de hecho en sexto de bachillerato formamos un grupo de rock con unos amigos, que duró tres años, en el que yo tocaba la guitarra". Su hermano le regaló la primera que tuvo (ahora son once las que atesora) y aprendió a tocarla de forma autodidacta con los acordes de canciones sencillitas que se publicaban en una revista del corazón: "Todo de oído, no sé lo que es un fa mayor sostenido y me dan mucha envidia mis nietos, que saben leer música". Los Ponys se llamó aquel conjunto, que llegó a ser telonero de Los Mitos y se hinchó a hacer bolos por los pueblos de Valladolid, Palencia y Burgos y probablemente a ligar, aunque aquí, Salva echa balones fuera con una sonrisa de oreja a oreja y le da todo el mérito al batería, "que aunque era el más feo llegó a firmar autógrafos en los muslos de alguna chica". Con Los Ponys, que actuaron en junio de 1970 en La Garrocha y en Tucán, la sala de fiestas de moda de la época, Rodríguez Serrano pisó por primera vez suelo burgalés sin saber entonces que aquí se desarrollaría el resto de su vida.

No fue una anécdota aquella aventura musical, ya que llegó un momento, cuando estaba en tercero de Medicina, que se planteó seriamente si optaba por una salida profesional o por la otra: "Fue a raíz de que los Pop Tops, que actuaron en la feria de San Mateo de Valladolid, nos vinieron a ver tocar en un pub donde teníamos una actuación. Vino Phil Trim, Santi y el batería, que se quiso llevar al nuestro para hacer multipercusión, lo que luego sería un bombazo. Y luego estaban aquellas carreteras infernales por la que íbamos de un pueblo a otro. Fue entonces cuando aposté totalmente por la Medicina".

La vocación le venía de largo. Dice que nunca quiso ser otra cosa y cuando se le pregunta en qué momento supo que esa sería su profesión cuenta una anécdota descacharrante. Resulta que era amigo del hijo del practicante de su pueblo, que era un niño que tenía de todo y que un día estrenó a la vez una bicicleta y una carabina: "Aquello me parecía que era abusar -dice entre risas- y estábamos un día en el pueblo él tirando con la carabina a una diana y con la bicicleta en el suelo, así que se la pedí para dar una vuelta, no me la dejó pero a pesar de ello me monté... ¡y el tío me pegó un tiro!".

El padre del ‘francotirador’ le curó a Salvador la herida sacándole el balín con una pinza y aquello le impresionó. También recuerda cómo veía con mucho interés las curas que hacían a una hermana suya que tuvo un accidente y que le encantaba coger mariposas y otros insectos y disecarles con mucha pericia: "Siempre he sido muy mañoso", reconoce.

Aunque parecía cantado que lo suyo iba a ser la cirugía su carrera profesional se inició como médico de pueblo en Pancorbo en el año 1974, y en Tarazona de Guareña (Salamanca) en el 75, una experiencia que recuerda con mucho cariño pero que no se alargó en el tiempo. Eran los tiempos anteriores al MIR y los jóvenes médicos se buscaban la vida como podían. "La primera experiencia que tuve fue horrible de verdad, aquellos eran años de muchos accidentes de tráfico y muy graves y nos encontramos el cabo de la Guardia Civil, el practicante y yo, que íbamos acojonados, con uno con cinco muertos, el coche se había caído al río. Dentro vi a una chica apoyada en el volante y cuando fui a comprobar cómo estaba me quedé con su cabeza en la mano. Solo tenía 25 años y lo recuerdo como algo tremendo".

No todo fue tan cruento, por supuesto. Hubo cosas entre curiosas y divertidas como el primer (y último) parto que atendió después de que le sacaran de la celebración de una romería "intentando demostrar un aplomo que no tenía y haciendo memoria a toda pastilla de lo aprendido en la clases de Ginecología, creo al final parecí un partero de verdad", o el hecho de que la telefonista del pueblo, Fidela, a la que recuerda con mucho cariño, cada vez que había una urgencia a deshoras tenía el recado de llamar al discjockey de la discoteca MASK, de Miranda, donde el joven Salvador movía el esqueleto: "Bajaba la música y daba el aviso para el médico de Pancorbo y allí que iba yo".

Después de aquellos dos años de vida rural, Rodríguez Serrano recuerda que alguien le dice que fuera a ver a Guillermo Dierssen, jefe del servicio de Neurocirugía del Hospital Marqués de Valdecilla de Santander, por si quería dedicarse a esta especialidad: "Me recibió un adjunto y me dijo que allí iba a estar encantado. Fíjate, un tío de pueblo que era yo pensar en abrir cerebros, estaba acojonado, a pesar de que ya había cosido a muchos accidentados de tráfico, y me dijo que tal día me incorporaba, así eran las cosas entonces".

Pero, circunstancias de la vida, nunca lo hizo. Además de aquella entrevista en Cantabria había pedido plazas en varios hospitales de Castilla y León para hacer Cirugía General y le llamaron para decirle que se la daban en el Hospital General Yagüe. Llegó el 14 de junio de 1976 "con un traje gris y una corbata de esas de nudo gordo y recuerdo que pasé un calor horrible, cosas rara en Burgos". Allí conoció al jefe del servicio, José Luis Santamaría, que entonces era también director del hospital, y a Pedro Avellanosa, "que venía fumando": "Los dos me encantaron y Pedro me dijo ‘a mal sitio has venido’, porque él era así. Recuerdo que no había UVI y que a las horas a las que yo llegué tampoco tenían mucha actividad". El jefe le dijo que al día siguiente empezaba pero nadie le preguntó si tenía dónde alojarse o dónde comer. Así que se fue a la cafetería Iturriaga, en los Soportales de Antón: "Sentado en una mesa en el segundo piso me di cuenta que desde allí se veía la Catedral por detrás del edificio Campo y me quedé pasmado. Recuerdo que en aquel momento tuve un poco de angustia porque me pregunté qué pintaba aquí si no conocía a nadie. Por eso siempre me solidarizo mucho con los inmigrantes cuando se tienen que marchar de su país y eso que yo estaba muy cerca de casa".

Fueron aquellos años de mucho trabajo y enorme aprendizaje -"estaba solo de R-1 con ocho adjuntos, era una rata de quirófano, estaba lavado desde que llegaba hasta que me iba a casa"- pero también de mucha diversión con veladas en las discotecas Roma y Don D. "Después de los años creo que la clave para ser un buen cirujano es tener un poquito de destreza manual, habilidad, osadía a veces, y sangre fría. Antes de una cirugía larga y complicada no pasa nada si la has hecho más veces, el problema es cuando se trata de algo nuevo". Se refiere, sobre todo, a la laparoscopia, técnica mínimamente invasiva que a principios de los años 90 del siglo pasado empezó a sustituir a la cirugía abierta en muchas patologías porque era más cómoda para el paciente y más rentable para el sistema al reducir la estancia hospitalaria, y de cuya llegada a Burgos fue testigo y protagonista ya que se implantó en el General Yagüe de su mano en 1993: "Fui el único de los viejos que se subió al carro porque enseguida tuve claro que el futuro ya estaba allí y el tiempo nos dio la razón. Luego nunca me importó compartir todos los trucos que había aprendido, en un quirófano es muy importante la generosidad entre compañeros porque lo que está en juego es el bien del paciente".

En esta disciplina se formó con los mejores -el hispano belga Santiago Azagra, en Bruselas, y José Luis de la Cruz Vigo, en León, con quien hizo la primera cirugía laparocópica de Burgos, una colicistectomía- y nunca dejó de aprender. Salvador Rodríguez Serrano es el protagonista, además, de otra importantísima historia de innovación en el Hospital General Yagüe: en 1998 implantó la cirugía bariátrica para corregir la obesidad mórbida, con la que cerca de 300 personas a las que operó mejoraron su salud y su calidad de vida.

Con este médico de carcajada fácil y ojos sonrientes se deshace el mito de que la relación de un cirujano con su paciente es fría y técnica frente a la que tienen otros médicos: "Yo he sufrido y me he emocionado con los enfermos, a algunos les he llegado a sentir como de la familia, sobre todo en determinadas patologías como la obesidad porque estaban muchos días ingresados y porque era muy duro. Con los dos que por desgracia fallecieron sufrí como si fueran alguien cercano".

Calcula que por sus manos han pasado más de 4.000 personas y se reconoce un afortunado que disfrutó muchísimo de su profesión, a pesar de tener jornadas maratonianas -siete cirugías en un día, por ejemplo, y guardias interminables- pero desde que se jubiló en el año 2013 no ha querido acercarse ni por curiosidad a un quirófano: "Ya no me acuerdo de nada", dice con sorna. Son otras ahora sus inquietudes, las propias de un jubilado feliz: divertirse con sus nietos -"pero nada de ser un abuelo esclavo"-, ir a su pueblo, disfrutar de la música y de la buena mesa (es socio desde hace 34 años de la Cofradía de la Buena Cocina) y pintar unos cuadros de realismo asombroso: "La gente me decía que cuando me jubilara me iba a hundir porque siempre me ha encantado operar y era muy activo pero por suerte no ha pasado nada de eso".