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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Regreso al futuro

28/01/2022

Es fácil juzgar con severidad hechos pasados tratados con el halo de modernidad que en su época carecían. Aunque nos resulte sorprendente, la esclavitud era consentida hace siglos con naturalidad por gente moralmente sensible; simplemente, en su tiempo, era difícil percibir la aberración moral. Las limitaciones tecnológicas, productivas o económicas explicaban la defensa de actos inmorales y curiosamente desde el principio solo el Cristianismo fue radicalmente contrario a su práctica.

La Iglesia Católica ha tenido momentos negros en su historia. Negar ese hecho es absurdo, pero magnificar la dimensión de sus errores, ignora las aportaciones que su existencia ha traído a la humanidad. Si no fuera por su amor a la Cultura o la Ciencia, desconoceríamos una infinidad de libros escritos por personajes no precisamente amantes de la Fe o de Dios. Podemos hablar hasta la extenuación de la Inquisición, pero objetivamente, el protestantismo alemán o anglicano mató a miles de brujas, mientras los países católicos vivían una paz social extraña. Los políticos americanos podrán echar pestes sobre el descubrimiento de América, pero la expulsión de los jesuitas provocó la miseria de los indígenas al no tener quién les protegiese; fue el gran éxito de los masones del continente y responsabilidad de las élites criollas.

Cierto es que ha habido guerras de religión, pero la gran pregunta es quién las ha provocado y por qué. Curiosamente, las más crueles han sido fruto de la ideología o el nacionalismo; en ambos campos la religión brillaba por su ausencia.

Desde hace unos años, la Iglesia Católica sufre la vergüenza infinita de la pederastia. Este estigma afecta a los sacerdotes, a los menores que pudieran ser llamados por el Señor para mejores tareas y a la responsabilidad de custodia de los padres. La verdad se esconde en muchos casos, porque es más fácil acusar que probar. Solo a la iglesia francesa se le ocurre hacer una extrapolación estadística de abusos, cuando los delitos hablan de personas no de números. La verdad es esquiva.

Pese a lo dicho, no es justificación. Jesucristo no tenía ningún problema en escandalizar para defender al débil o transmitir la palabra de Dios. En ocasiones, miembros de la Iglesia han preferido proteger a la institución frente a la víctima. Esta comprensión sobre el pecado es muy cristiana, pero errónea. Solo puede perdonar el afectado, no los demás. Me conforta saber que Dios es juez de nuestros actos, pues cuando intervenimos suele salir rematadamente mal.