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Belén Delgado

Plaza Mayor

Belén Delgado


La goma de los currantes

29/11/2021

Una de las muchas cosas que parecían haber acabado con la pandemia eran las calles incendiadas por las luchas obreras. No sé si por este aislamiento vital en el que vivimos, en el que no se comparte ni el miedo. O porque creíamos que ya no quedan obreros. Podría parecer que ya hemos alcanzado tal grado de satisfacción y reclamaciones de derechos cumplidos que no habría nada por lo que luchar.
Durante casi dos semanas, en las calles de Cádiz hemos visto barricadas, carreras y cortes de tráfico, además de tanquetas policiales que nos recordaban etapas superadas. Los trabajadores del metal de la provincia con el mayor índice de paro de España (por encima del 25 por ciento) han acabado arañando una pequeña subida salarial. «Se la hemos tenido que arrancar a la patronal, que no está dispuesta a dar nada», gritaba uno de sus negociadores.
En estas horas se intenta desactivar también la huelga de trabajadores de todos los supermercados de Castilla y León. Son esos mismos empleados a los que hace un año llamábamos héroes. Estuvieron al pie del estante reponiendo papel higiénico que la gente se llevaba desesperada. Soportaron tarascadas de clientes tensionados, colas y horarios interminables, algunos incluso repartían por las casas cestas de la compra a los que no podían salir. De ser invisibles, de repente descubrimos lo esenciales que son en nuestras vidas. Sus empleadores han ganado más millones que nunca. Pero les niegan un aumento que les permita llegar a los 1.200 euros... en ¡2025! 
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que nadie se sentía currante. En el que se usaba la palabra 'mileurista' como un sopapo que recibían los perdedores del sistema. Supuestamente cada vez menos. El que andaba por ahí parecía estar más cerca de la indigencia que del confort burgués que creemos haber alcanzado todos.
Ahora, es decir antes de fin de año, sabremos hasta dónde nos permite Europa la reconquista de derechos laborales perdidos a golpe de crisis. Y solo hay que mirar las estadísticas de riqueza para ver que, con cada una de ellas, la goma de los equilibrios sociales se tensa por los extremos: se encoge para unos y se estira para otros.