Las horas más largas

Leticia Ortiz (SPC)
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Los cimientos de la joven democracia española temblaron el 23 de febrero de 1981 cuando Tejero y sus guardias civiles irrumpieron en el Hemiciclo pistola en mano dispuestos a dar un Golpe de Estado

Varios guardias civiles zarandean al vicepresidente Gutiérrez Mellado (c) ante la indignación de Suárez (i). - Foto: MANUEL HERNÁNDEZ DE LEÁN

A las 18,23 horas del 23 de febrero de 1981 arrancaron las 18 horas más largas de la joven, y por entonces aún más, democracia española. Justo en ese instante, el diputado socialista Manuel Núñez Encabo debía emitir su voto en el Congreso en la elección de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno tras la sorprendente dimisión de Adolfo Suárez. Pero no llegó a hacerlo. Un grupo de 200 guardias civiles, muchos de ellos armados con subfusiles de asalto, se lo impidió. Al frente de ellos el teniente coronel general Antonio Tejero, viejo conocido entre muchos de los políticos que se encontraban en el Hemiciclo por su detención en la Operación Galaxia -germen del 23-F-. Fue él quien, pistola en mano, subió a la tribuna y pronunció una de las frases más recordadas de la Historia reciente del país: «¡Quieto todo el mundo!». Luego ordenó que todos los diputados se tirasen al suelo, una mandato que solo incumplieron tres políticos: Suárez, el vicepresidente Gutiérrez Mellado y, el por entonces secretario general del PCE, Santiago Carrillo. Años más tarde, el dirigente comunista confesó que se quedó sentado porque estaba convencido de que le iban a matar allí mismo y quiso afrontar ese trance con la máxima dignidad posible.
 Fue precisamente Gutiérrez Mellado, como militar de mayor graduación presente en el Congreso pues era teniente general del Ejército de Tierra, el que se levantó para ordenar a Tejero que le entregase el arma. Suárez hizo ademán de ayudarle, lo que derivó en un forcejeo con varios agentes. Los golpistas frenaron aquello disparando al techo del Congreso. Los millones de españoles que seguían aquella sesión de investidura por la radio contuvieron la respiración. El Congreso estaba secuestrado y nadie sabía realmente qué estaba ocurriendo.
Lejos de allí, los capitanes generales de las distintas regiones en las que se divide militarmente España hablaron entre ellos para fijar su postura, siempre bajo el mandato del Rey, que les ordenó mantenerse fieles a la Corona y la Constitución. Solo uno, el teniente general Milán del Bosch sacó los tanques a las calles de Valencia, tras lanzar un bando de Estado de Excepción.
Con los militares a su lado, y sin que el general Alfonso Armada (quien encabezaba en la sombra el el golpe de Estado y estaba señalado como el presidente del Gobierno resultante de aquella sublevación) hubiera podido llegar a la Zarzuela, el Rey, vestido con uniforme de Capitán General de los Ejércitos, se dirigió a la nación en un mensaje televisivo que se emitió a la 1,15 horas de la madrugada para situarse contra los golpistas, defender la Carta Magna, llamar al orden a las Fuerzas Armadas y desautorizar a Milans del Bosch.
A la vista del fracaso, el propio Armada intentó hacer entrar en razón a Tejero para que depusiera su actitud, ofreciéndole una solución intermedia: un Ejecutivo con militares y políticos de todos los partidos con el propio Armada a la cabeza. «Mi general: yo no he asaltado el Congreso para esto», le espetó el teniente, que seguía creyendo que el golpe podía triunfar. Pero nada más lejos de la realidad. La sublevación había fracasado.
Aún hubo que esperar hasta el mediodía del día 24 para que los diputados pudieran salir del Congreso. Fue después de que se firmase el conocido como pacto del capó, por el que Tejero se entregaba a cambio de que los guardias de menor rango, a los que habían obligado a ir al Hemiciclo, no serían juzgados.